Manual para tratar con hadas y otros incordios mágicos 5. Manual de apertura #3
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5. Manual de apertura #3

—No me gusta darte la razón, pero te la voy a dar. —Se encaramó en el borde de la tela y echó a volar—. Ven, sígueme, salgamos de aquí.

—Pues eso. Tiene que haber otra explicación. Una mucho más lógica y no tan absurda como que esté muerto y yo haya visto a su fantasma.

—Desde luego. Eso o mi presencia en Dumont es incluso más arrebatadoramente fuerte. —Se giró hacia ella y le guiñó un ojo.

—Siento ser yo la que te lo diga, pero ya pasaban cosas en Dumont antes de que aparecieras… —Dudó un momento. ¿Existía un verbo, adjetivo o sustantivo aplicable a lo que pasaba en la librería?—. Cosas raras.

Esto pareció captar la atención del hada.

—¿Qué cosas?

—Cosas como las que pasan ahora, aunque menos… ¿evidentes? No lo sé, pero se encendían las luces solas e incluso a veces parpadeaban al ritmo del saxofón. Vamos, como ahora. No eres tan especial.

—¿Como ahora? Yo no he visto que eso pase.

—No me vaciles.

—No te vacilo. Vaya lengua, qué modales, qué vulgar.

—Cállate.

—No.

El característico olor a incienso que desprendía Nueva Orleans los recibió cuando por fin salieron del Archivo. Wizz volvió a su legítimo lugar: La capucha.

Los dos permanecieron en silencio. Luna pensaba en qué más podía hacer o dónde podía buscar para encontrar esos dichosos recibos. Consultaría su teléfono de nuevo.

—Volviendo al tema —dijo Wizz, interrumpiendo los pensamientos de Luna—.

Dumont es un sitio especial. Y no es por tirarme flores con esto que te voy a decir ni nada, pero el único capaz de despertar la magia de la librería hasta el momento he sido yo.

Para que me entiendas: me siento alimentado, por así decirlo, de su magia y ella puede manifestarla a través de mí.

—No lo creo.

—Créeme, listilla. En realidad, no sabes nada.

—Eso es cierto; podrías contarme más: cómo funciona todo eso, tu abracadabra, y que las cosas y las personas hagan tu voluntad.

Wizz se rio.

—Intento explicártelo, pero no me escuchas.

Sin mí como ancla hacia la dimensión donde se encuentra la magia, en Dumont no puede haberla.

—Cogió aire de manera exagerada—. Para que tu cabeza humana y tremendamente anodina lo entienda: imagínate Dumont como un portal —chasqueó la lengua ante la mirada desconcertada de Luna—.

Como una puerta, si «portal» sigue siendo muy mágico para ti.

—Ajá.

—Pues eso. Solo es una puerta, y la magia está al otro lado.

Tú no puedes verla, por el motivo anodino del que acabamos de hablar.

Yo, como ser increíblemente maravilloso y mágico, la veo, la uso y la disfruto.

Cojo un poquito por aquí, otro poquito por allá y voy haciendo mi…

¿cómo lo has llamado? Ah, sí, mi abracadabra —resopló de nuevo—. Qué básica.

Luna se paró, sacó al hada de la capucha y la sujetó entre las manos. Sabía lo que había vivido y sentido desde el minuto uno en que puso un pie allí. Y definitivamente era magia. ¿Qué otra cosa podía ser?

—No te estoy mintiendo, Wizz. Antes de ti pasaban cosas. Quizá era porque tú, aunque en otro plano, estabas allí.

—No lo creo. Y suéltame.

Luna lo hizo.

—Solo para que quede claro —continuó diciendo el hada mientras volaba a la altura de la oreja de ella—, si yo estaba dentro del libro… A ver cómo te explico esto… —Se quedó callado unos segundos para luego gritar—: ¡Ah, sí! Pregunta de examen.

—A ver, dispara.

—Si Dumont es una puerta, yo soy una varita mágica. ¿Me sigues?

—Te sigo, pequeña molestia alada.

—Voy a obviar tu insulto, aunque lo guardaré para más adelante.

—¡Continúa!

—Dumont, puerta. Yo, varita. Si yo estoy dentro de un libro en un mundo mágico…

Silencio.

—¿¡Qué!?

—Pues que no hay varita. No hay magia, no hay polvito plateado, no pasan cosas maravillosas porque yo estoy en el lado de la magia.

—Lo pillo.

No lo había pillado en absoluto.

Aun con esa explicación, era algo que ella se veía incapaz de discutir; tampoco quería alargar más esa conversación de besugos, ya que no los iba a llevar a ninguna parte.

Retomó el paso rápido hacia Dumont pensando en todas las cosas extrañas de antes de Wizz.

Se le mezclaban un poco con el presente y el hecho indiscutible de que, desde que el hada había aparecido, había abarcado toda su vida de tal manera que ahora le costaba pararse a pensar en el «antes de Wizz».

Tomó nota mental de los sucesos: la música, las luces, el libro de Wizz que no se podía abrir, el libro en blanco que usaba de diario y por el que alguien respondía, el té de Vivi y…

—¡Dios mío, Wizz! ¡Para! ¡Mírame!

El hada detuvo el vuelo y se quedó suspendido en el aire, agitando con rapidez sus diminutas alas.

—¡Para!

—Estoy parado. ¿Estás loca?

Luna, a punto de perder la paciencia, estiró el brazo y extendió la palma de la mano hacia arriba.

—Ven, pósate aquí.

—¡Eh! No soy una abeja. No me poso.

—Venga, Wizz, ven, por favor —dijo, suplicante.

Refunfuñando algo ininteligible, Wizz accedió y se posó con solemnidad en la palma de la mano de Luna.

—Si me vuelves a agarrar, te muerdo.

—Dios mío —repitió.

—Lo sé, soy impresionante. Pero deja de mirarme así; estamos en medio de una calle peatonal y la gente te va a mirar raro.

Luna cayó en la cuenta de lo que decía, cerró el puño con Wizz dentro y corrió los últimos metros que le quedaban para llegar a la librería.

—¿Qué haces? ¡Estás loca! ¡Secuestro!

—Volvamos a Dumont —dijo—. Necesito comprobar algo. ¡AAAAAUUU! —gritó Luna—. Me has picado.

—¡Mordido!

—Joder. ¡Me has mordido!

—Te avisé.