5. Manual de apertura #2
—¿Parchís? Qué audacia, pero acepto: alguien debe enseñarte a perder con estilo.
La partida se alargó. Wizz fingía indignación cada vez que Luna le bloqueaba una ficha.
Tras despedirse, subió las escaleras mientras se preguntaba dónde dormía él.
Se asomó por entre los barrotes y lo vio acurrucado en un cojín del rincón de lectura.
Se habían peleado el día anterior por él. A Luna le parecía muy caro.
Una sonrisa genuina tiró de su boca.
Quizá no había sido tan mala compra después de todo. Se prometió a sí misma prepararle un sitio mejor solo para él, qué mínimo.
Ya en la habitación, abrió Puertas entre mundos para escribir el diario. Al llegar a la última página, la que debería estar en blanco…
Cuéntame más.
Parpadeó.
Sus sospechas habían pasado a ser certezas. Alguien la estaba leyendo.
Pensó en la música que sonaba sola, en los tés de Vivi, que Wizz era…
¿un hada?, que Dumont respiraba como algo vivo.
El gato. Demasiadas cosas imposibles para seguir fingiendo normalidad.
Deseó que realmente existiera ese Manual para tratar con hadas y, de paso, que añadiera capítulos extras para otros incordios mágicos .
Abajo empezó a sonar una melodía suave y reconfortante. Wizz dormía; no podía ser cosa suya.
Luna se quedó sentada en la cama con el libro frente a ella. Podría haberse asustado. Podría haber cerrado la tapa y fingir que nada estaba ocurriendo.
En lugar de eso, apoyó la mano sobre la cubierta.
—Vale —murmuró—. Me estoy volviendo loca.
Y, por primera vez desde que llegó a Dumont, lo pensó sin ironía.
A la mañana siguiente, el sol atravesó los cristales y encendió el polvo suspendido. Dumont estaba más ordenada, más limpia, pero conservaba ese encanto ligeramente caótico que no se deja domesticar del todo.
Luna estaba tras el mostrador, hojeando el nuevo cuaderno de pedidos. Wizz flotaba cerca, como una abeja hiperactiva.
—¿Por qué sigues haciendo eso a mano? —Señaló el cuaderno—. Tardarías la mitad con algo digital.
—Nada de ordenadores. —Ella no levantó la vista—. Simplemente, no. El papel es más personal. Y no pienso llenar la librería de radiación.
—Ajá, «personal» —repitió él devolviendo con un gesto dos libros caídos a su sitio—. Me suena a trauma, pero no soy tu terapeuta. Si lo fuera, te cobraría caro.
Luna contuvo la risa. Wizz podía ser insoportable, pero su humor ácido la tranquilizaba. Se estaba acostumbrando.
—¿Qué haces ahora?
—Ajustando el flujo de la librería —dijo, teatrero—. Si esta sección no está bien equilibrada, los adolescentes elegirán lo más insípido.
—¿Insípido como…?
—Ya sabes, romances con vampiros brillantes y triángulos amorosos sin destino —chasqueó la lengua—. Aun así, te reconozco que esas novelas llevaron la fantasía a manos nuevas.
—No esperaba que defendieras Crepúsculo .
—Defender, no. Admitir el impacto, sí. Luego vino una ola entera. Algunos tenían sustancia. Pocos, pero bueno.
Entró un cliente y se detuvo en seco, perdido. Wizz sopló apenas y una corriente leve lo llevó hacia la recién estrenada sección de cozy fantasy.
—¿Otra vez? —Luna entrecerró los ojos.
—¿Qué sería de esta librería sin mi brillante talento de emparejar lectores y libros?
—Déjalos explorar. No puedes empujar a la gente.
—Si los dejo, se quedan en casa viendo series mediocres. —Cruzó los brazos y esbozó una sonrisa traviesa—. Admítelo: sin mí, esto estaría más vacío que tu agenda social.
Luna bufó e imitó su sonrisa. La dinámica con Wizz la sentía extrañamente familiar, como si siempre hubieran trabajado juntos. En general, la gente no lo veía ni oía; a ella le zumbaba al oído todo el día.
El resto del día fue un ir y venir de clientes, recomendaciones y risas. Acabó cansada, sí, pero feliz: la librería respiraba.
Al cerrar, tuvo de nuevo esa sensación de calor-frío que la envolvió un instante.
—¿Qué pasa ahora? —preguntó Wizz, alerta.
—Nada…, creo. Sentí algo frío. —Luna se encogió de hombros—. Probablemente es la librería diciéndome que haga el inventario.
—O un fantasma. Nunca se sabe con Dumont.
Luna encendió las guirnaldas del escaparate y apagó las demás luces. El día había sido agotador, pero increíblemente satisfactorio. Wizz revoloteaba, como siempre, mientras se ocupaba de detalles que ella decidía ignorar por salud mental.
—No ha estado mal, ¿eh? —murmuró Luna cuando fue a echar la llave.
—Tus bajas expectativas me encrespan el pelo —dijo el hada mientras revoloteaba junto a su cabeza—. Si me dejaras añadir más decoración…
—¿Más cojines?
—Nunca sobran los cojines —dijo con un brillo en sus ojos diminutos.
Se quedaron un momento mirando la calle en calma.
—¿Sabes? Empiezo a sentirme en casa.
Wizz flotó más cerca y, por un segundo, casi se puso tierno, pero no.
—Me alegra, porque no pienso hacerlo todo yo. Y si alguien va a lidiar con facturas y clientes gruñones, te toca.
Luna sonrió.
«Nada puede ser tan sencillo», susurró una voz que provenía de dentro.
«Es demasiado bueno para ser verdad».
Sin embargo, dijo:
—Buenas noches, Wizz.
—Buenas noches, Luna.
Abrió Puertas entre mundos , suspiró al ver la segunda frase que había aparecido sola y empezó a escribir:
Querido Dumont, hada madrina o genio de la lámpara, seas quien seas:
Estoy aprendiendo a escuchar este lugar. Hoy la librería olió a pan recién hecho toda la mañana, sonó a risas nuevas y al pasar de las páginas. Margot me lanzó una pregunta rara (la dejaré en «tema pendiente»), pero no me asusta. Aquí todo parece tener un motivo.
Wizz estuvo brillante e insoportable por turnos, o sea, en su línea. Aun así, empiezo a querer su caos; hace que Dumont brille, como él. El día de mañana me ilusiona: lecturas en voz alta con galletas caseras. Deséame suerte.
Hoy fue un buen día. Me siento parte de esto.
A la mañana siguiente, la rutina de nueva normalidad siguió hasta que el timbre sonó y dos figuras formales entraron cortando el ambiente.
—¿La señorita Luna Holloway? —preguntó una mujer alta, con traje gris y una tablet en la mano.
—Sí, soy yo —respondió ella desde el mostrador. Wizz se deslizó, pequeño, entre los cojines del rincón de lectura, invisible para ojos ajenos.
El hombre que la acompañaba, serio y de gafas gruesas, habló:
—Venimos en representación del ayuntamiento de Nueva Orleans. Según los registros, la Librería de Segunda Mano Dumont carece de propietario legal desde el fallecimiento de su último dueño, hace once meses. Consta como bien municipal a la espera de venta o demolición.
—Eso no puede ser. —Luna sintió que se vaciaba—. Alquilé este lugar. Firmé con el señor Dumont hace semanas. Me entregó las llaves en persona.
La mujer frunció el ceño y deslizó el dedo por la pantalla de la tablet.
—El último propietario, Jacques Dumont, falleció hace once meses. —Dejó un sobre sobre la mesa—. Esta es la notificación de requerimiento: dispone de treinta días naturales para aportar un contrato, recibos y cualquier prueba de posesión pacífica. Si no, el expediente seguirá su curso.
Se marcharon.
El saxofón dejó de sonar.
—Esto no tiene sentido —masculló Luna, sosteniendo la notificación.
Minutos después, estaba en un local con ordenadores públicos. Wizz se asomaba por la capucha.
—No hay ningún cargo automático —murmuró Luna ante la pantalla—. Ni una transferencia.
Llamó al banco.
—¿Cómo que no recibieron la orden? ¡La configuré!
Colgó. Le temblaban las manos.
—No entiendo nada, Wizz. Hablé con el señor Dumont. Lo vi. ¿Cómo puede estar muerto desde hace más de un año? —Giró el cuello de golpe—. ¿Tú lo sabías?
Wizz se sobresaltó, flotó a su altura y se cruzó de brazos.
—Claro que no. Llevo más de once meses atrapado… Y cálmate, porque quiero ayudar, ¿vale? Tal vez haya algo en los registros que pueda aclararlo —dijo—. Ven, sé exactamente a dónde debemos ir.
Para asombro de Luna, Wizz se deslizó de la capucha y salió volando en dirección a la calle.
El Archivo Histórico de Nueva Orleans olía a papel viejo. Con un susurro y un gesto diminuto, Wizz allanó el acceso sin levantar sospechas.
—¿Siempre haces trampa? —Luna arqueó una ceja.
—Hacer magia no es hacer trampa. —Sonrió él.
Horas después, encontraron lo que temían: el certificado de defunción de Jacques Dumont y el expediente que consignaba el inmueble a manos del ayuntamiento. Plazo administrativo: doce meses desde el fallecimiento. Quedaban treinta días.
Entre los legajos, Luna halló un libro de llaves antiguo: entradas escuetas con iniciales, fechas, cambios de cerradura. La última línea, torpe, decía «J. D.», seguido de un trazo que parecía cortado. Sin fecha. Wizz chasqueó la lengua como si entendiera un idioma que ella aún no hablaba.
—Otro cabo suelto —murmuró.
Luna dejó el papel sobre la mesa. Tenía un nudo en el estómago.
—Entonces… ¿con quién hablé? ¿Quién me dio las llaves?
Wizz bajó la voz y apuntó sin ironía:
—Tal vez no era alguien vivo.
Luna tragó saliva. No estaba lista para esto.
—¿Qué insinúas, Wizz?
—Insinúo que quizá quien te dio las llaves era un fiambre, un esqueleto, un…
—¡Basta! —gritó ella en un susurro—. No puedo ver a los muertos. Nunca he visto uno. Fin de la conversación.
—Yo sí… —respondió el hada, sin signos de sentirse ofendido.
—Enhorabuena —respondió ella con sequedad.
—Y no quiero alarmarte ni que hagas una escenita, pero con esta costumbre nuestra de que me lleves en la capucha…, mi magia podría hacer que tú también los vieras fácilmente.
Luna se quedó blanca. Pero luego cayó en la cuenta de algo.
—Mira, si por un casual la locura de la que hablas fuera verdad, no aplicaría. Cuando vi al señor Dumont, ni siquiera te conocía.
—Eso es verdad. Aun así…, ¿estabas cerca o muy cerca de la librería? ¿Cómo de cerca? ¿Dónde os reunisteis?
El color le abandonó de nuevo el rostro.
—Tan cerca como en la puerta. ¿Es posible que…? Mira, no, definitivamente no. Llevabas años, según tú, atrapado en un libro. ¿Cómo ibas a traspasarme, contagiarme o lo que sea, tus poderes desde otro plano? No tiene sentido. Que esté vivo, en cambio, sí tiene sentido.