Manual para tratar con hadas y otros incordios mágicos 5. Manual de apertura
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5. Manual de apertura

Manual de apertura

Quería dormirse. De verdad que sí. Pero entre saber que existían vampiros, gatos inmortales y náyades en el río, a tres calles de su cama, que su vecina preparaba elixires que no aparecían en ningún catálogo farmacéutico, que un libro con gases había resultado ser un hada atrapada desde hacía décadas... , el sueño no llegaba.

Cogió Puertas entre mundos de la mesilla (otra de las maravillas de su nueva realidad) y releyó la palabra que había aparecido de la nada o «de la magia», mejor dicho, y que claramente no debería estar allí.

Lo más sensato sería cerrar el libro y fingir que nada había pasado. Como haría una persona razonable.

Así que tomó una decisión: si alguien al otro lado de aquel libro iba a leer sus palabras, que al menos la conociera bien.

Abrió una página en blanco, cogió el lápiz y escribió la que sería la primera entrada en su nuevo diario.

Quizá era un hada madrina. Quizá un genio de lámpara atrapado en papel.

Fuera lo que fuera, había alguien que escuchaba o eso había elegido creer.

Y Luna llevaba demasiado tiempo hablando sola.

Primer día garabateando en “Puertas entre mundos”

Estoy en la habitación, que huele a papel y madera, con Gato hecho un ovillo a mi lado. Intento ser objetiva… y me sale mal, porque estoy fascinada. Dumont parece vivo. No es solo «más que encantado» (gracias, Vivi): cada estante respira y cada lámpara tiene opinión.

Y hay un hada. Una de verdad, sacada de un libro, literalmente.

Creo que me cae bien, aunque es el ser más sarcástico que he conocido nunca.

Se ha pasado la tarde en modo director de arte: reorganizó estantes y libros con un gesto de las manos hasta que todos los lomos quedaron a la misma altura.

También reparó la mesita y las sillas de la entrada.

Pasaron de ser negras y opacas a rosas y brillantes.

«Estética —dijo—. Este lugar necesita estilo».

¿Un hada preocupada por la estética? Pues sí, y encima acierta.

En mitad del caos, me mandó a comprar flores —«Vida.

Tú, yo y un gato no podemos ser los únicos que respiremos aquí o nos asfixiaremos», sentenció— y volví con un ramo de flores sencillo que multiplicó o dividió, ni idea.

No sé cómo lo hizo, pero ya no intento buscarle explicación a todo.

El caso es que ahora hay helechos creciendo en las macetas de los balcones que yo no he comprado.

Y la música… Ese es otro de los misterios maravillosos de la librería. Anoche empezó a sonar un jazz suave, como si la librería tocara para mí. No bajé a comprobar si había sido Wizz, aunque algo me decía que la letra, lenta y tranquila, no encajaba con los gustos del hada.

Dentro de muy poco abriré las puertas. Me siento en el lugar correcto, como si Dumont y yo nos estuviéramos reconociendo. Si es un sueño, no pienso despertarme jamás.

Una semana después (séptimo día en Dumont)

Los días previos habían sido una vorágine de limpieza, reorganización y preparación para la apertura.

Vivi y el propio Wizz se aseguraron de que todo estuviera en su sitio, aunque, por supuesto, con el hada las cosas siempre llegaban con un toque excéntrico.

Luna aún recordaba el susto monumental cuando Wizz proyectó una ilusión de sí mismo sobre el mostrador, a escala humana y sin alas, para hablar con un proveedor.

—¡¿Qué demonios es eso?! —gritó Luna, apuntándolo con el plumero como si fuese un arma.

—Tranquila —replicó Wizz mientras hacía unos ajustes—. Es una ilusión barata. No dreno la magia de la librería. Además, los proveedores se llevan mejor con «señores» que con seres del tamaño de una taza.

A pesar de lo raro que era convivir con un hada, Luna tenía que admitir que Wizz sabía lo que hacía.

Fue idea suya añadir una mesa central con libros que, según él, «revivieron pasiones literarias en adolescentes y madres por igual».

Crepúsculo , Cazadores de sombras y compañía.

Alrededor, secciones nuevas: cozy fantasy , romance paranormal y comedias románticas, pensadas para atraer a públicos diversos.

El día de la apertura fue una locura. La mañana arrancó con un rumor de pasos en los adoquines.

Harry, de los panecillos de Harry de la esquina, entró con una bolsa tibia «para un buen estreno» y dejó la librería con olor a harina y suerte.

Una turista, cámara en mano, pidió «algo rápido para el viaje de vuelta en avión» y salió con un libro en edición de bolsillo.

Un músico callejero se detuvo ante el tocadiscos, pasó los dedos por la carcasa con una familiaridad casi reverente y salió con Rayuela , de Cortázar, bajo el brazo.

Vivi apareció con una tetera ambulante y tacitas de colores imposibles: tres sorbos gratuitos y una ristra de «mmm… ¿esto qué lleva?» que se transformaron en risas entre los clientes.

Gato eligió establecer su trono en el alféizar y ofició de juez mudo: aprobaba con un parpadeo, desaprobaba con la cola.

Wizz, discreto, afinaba corrientes de aire que colocaban a las personas justo delante del libro correcto: una chica con chaqueta vaquera se topó con una novela de brujas medievales y, sin saberlo, estaba un paso más cerca de encontrarse a sí misma.

Luna, detrás del mostrador, tomaba notas de encargos junto con promesas de volver a recogerlos en unos días.

Dumont vibraba por fin en la nota adecuada, la de las casas que, después de mucho tiempo, vuelven a estar habitadas.

El rincón de lectura fue el gran protagonista del día.

A media tarde, una niña se sentó en el puf mostaza que Luna había conseguido en una tienda de segunda mano y empezó a leerle en voz alta a su abuela sin que nadie se lo pidiera.

La voz aguda tamborileó contra las estanterías y algo se acomodó en la madera.

Luna lo sintió: el lugar escuchaba. Wizz dejó de hacer comentarios durante un minuto entero, su récord mundial, y dijo bajito:

—Más de esto, librera. Dumont se está llenando de polvo plateado.

Luna apuntó en su cuaderno:

• Lecturas de los viernes, 18.00.

• Hornear galletas (no olvidarse de la harina).

Wizz «ayudaba» a su manera: un toque de magia menor, apenas perceptible, para empujar a los clientes hacia las estanterías adecuadas.

Luna lo pilló desviando sutilmente a una mujer mayor hacia la sección de dark romance .

Se enfadó… y acabó riéndose cuando la clienta salió con tres libros bajo el brazo y una sonrisa satisfecha.

—Wizz, no puedes hacer eso —dijo de brazos cruzados.

—Oh, claro que puedo —canturreó él, antes de desvanecerse entre los estantes.

La gente entraba curiosa, cálida. Incluso Wizz, con su sarcasmo, parecía disfrutar.

Luna sonrió al servir otra ronda de té de bienvenida, que dejó sobre una mesita oscura de la entrada.

Recordó con cariño lo que le dijo el hada cuando escogió el juego de té: «A conjunto con la alfombra, jefa, enhorabuena por esa única buena decisión».

Luna se sentía agradecida. Todo encajaba con una naturalidad nueva. Hasta empezó un cuaderno nuevo de encargos cuando el rosa chicle llegó a su fin. No quería la librería llena de cables; disfrutaba de las cosas de antes, de lo sencillo, de lo que pedía tiempo y atención plena.

La tarde fue un torbellino y, aun así, una calma inesperada la envolvió mientras colocaba los últimos libros. Bajó del taburete de madera que ahora era rosa, cortesía del hada, y entonces sonó la música.

El vinilo empezó a girar, regalándole una melodía alegre y envolvente. Sonrió al instante. No la conocía, pero le gustaba.

En Dumont, todo era tan extraordinario que decidió no estropear la magia con demasiadas preguntas.

A la hora de cerrar, apagó las luces principales, pero dejó las guirnaldas del escaparate encendidas. Se acercó al tocadiscos y deslizó los dedos por la carcasa.

—Apuesto a que te apagas en cuanto salga —murmuró. Apenas había cruzado el umbral cuando la música cesó.

Esa noche, Vivi insistió en cenar fuera. Gato, por supuesto, se apuntó. Wizz se escondió en la capucha de Luna.

El restaurante era cálido, con luces tenues y fotos antiguas del Barrio Francés. Los esperaba Margot, que abrazó a Vivi y miró a Luna con intensidad.

—¿Alguien cercano ha muerto recientemente? —preguntó con una seriedad desconcertante.

—¿Perdón? —Luna parpadeó.

—Discúlpala, querida —intervino Vivi, tocándola en el brazo—. A veces se le olvida que no todo el mundo vive con sus rarezas.

Disfrutaron de la cena, hablaron del barrio. Luna escuchaba encantada, deseando empaparse de todo y comenzar a sentir que entendía aquel pequeño lugar del mundo. Estaba ensimismada escuchando a Vivi hablar sobre sus primeros años en Nueva Orleans y de cómo se enamoró no solo de la ciudad.

—Ay, amiga mía, esa mujer solo te iba a traer desgracias —apuntó Margot con cariño y cogió las manos de su amiga—. Hiciste bien en dejarla marchar.

—Sé de buena mano que es feliz; consiguió ser madre.

Una voz que comenzaba a ser el preludio de todas las pesadillas de Luna llegó desde la capucha.

—La estética de este sitio pide auxilio.

Y aun así, no dejó de aceptar trocitos de postre que ella le pasaba con disimulo. Luna se quedó con la duda de si Margot había llegado a ver al hada o si ahora pensaría que estaba loca y hablaba sola.

De regreso, dejaron a Vivi en su casa.

Una vez de vuelta en la librería, Luna se quedó un momento junto al mostrador, con las lámparas de las esquinas encendidas.

Los puntos cálidos de luz dibujaban sombras titilantes sobre los lomos dispares.

Se sentía tan agradecida como abrumada. Aquello crecía; sentía cada vez más el peso de la responsabilidad sobre los hombros.

«¿Estoy haciendo lo correcto? ¿Podría esforzarme más?».

Wizz, somnoliento, flotaba por una estantería cercana.

—¿Quieres pasar un rato conmigo antes de dormir? Encontré un parchís —propuso Luna. No había meditado aquello. Solo lo dijo.

Wizz se quedó helado un segundo; luego recuperó el gesto.