4. Na-hada #3
—Vamos a ver —dijo el hada mientras pasaba junto a una fila de marcapáginas que se ordenaron solos como si lo hubieran ensayado—. Si te agoto, es que estás viva. La base de cualquier relación duradera.
Luna respiró hondo. Luego se incorporó y, casi sin pensarlo, empezó a ordenar una mesa: novelas a un lado, ensayo al otro, una pila de infantiles en el centro.
—Wizz…, ¿qué relación tienes con Vivi? —dijo con curiosidad.
—Cordial. Me cae bien. Huele a mantequilla. —Revoloteó hasta un marco torcido y lo alineó con una precisión imposible—. Es interesante. Y tiene magia. Eso la hace mucho más intrigante —resopló—. No somos muchos.
—Muchos ¿qué?
—Seres como yo.
—¿Hay más como tú?
Ante la mirada acusadora que le lanzó desde la lámpara del techo, Luna hizo por explicarse mejor.
—Ya sabes lo que quiero decir, más seres mágicos.
—Los suficientes. —Wizz encogió un hombro—. No tantos como vosotros, claro. Tampoco hace falta. Aunque no sé aún en qué categoría entras tú; me resultas bastante anodina a simple vista.
Luna decidió ignorar el insulto.
—¿Existen las sirenas?
La risa de Wizz le burbujeó en el pecho.
—Claro. Y náyades. Y vampiros. Concéntrate.
Luna pensó en los vampiros de sus novelas de fantasía favoritas. Le dio un vuelco el estómago, en el mejor de los sentidos. Pero no se lo iba a confesar a Wizz.
—¿Náyades? —dijo en cambio.
—Son una especie de ninfas que viven en los ríos. Y no hagas más preguntas. Ya te iré recomendando libros ilustrativos.
—Una más.
—Venga —dijo el hada con un resoplido de aburrimiento.
—Y los Dumont… ¿cómo eran? ¿Tenían magia? ¿Cuántos han pasado por aquí?
—Muchos más de los que te imaginas. Y no, ni una pizca.
—Con un gesto, hizo que una ventana encajara por fin en su guía y dejara de chirriar—.
Los primeros abrieron con ilusión y flores.
Luego vino otra generación más práctica: cuentas claras, ferias del libro, noches de jazz y un gato negro.
Después, un heredero inquieto que prefería viajar…
—chasqueó la lengua—. Y, por último, el Dumont que te alquiló: elegante, correcto, cansado.
Terminó por arruinar el legado. Nunca se casó.
—Gato, entonces… —Luna miró al felino, que bostezó con descaro—. ¿Cuántos años tiene?
Ante la mirada de Wizz, Luna optó por ponerle ojitos. Quería saber más, quería saberlo todo. Y aun así, no le parecía suficiente.
—Gato fue la mascota de la primera hija del matrimonio Dumont original.
Sospecho que ella sí que tenía algo de magia, quién sabe —dijo Wizz con naturalidad—.
Y cuando sus nietos aprendieron a leer, el gato seguía aquí.
Y cuando dejaron de hacerlo, adivina. También.
Tiene tantas vidas que perdió la cuenta.
No mide el tiempo como tú. —Se inclinó hacia el animal—.
Y sí, te está juzgando constantemente; no es un efecto óptico. Pero creo que le caes bien.
Gato respondió con un parpadeo lentísimo y volvió a acicalarse.
Luna apuntó «gato inmortal» en su lista mental de criaturas mágicas.
—¿Cuánto tiempo llevabas… atrapado? —preguntó Luna, bajando la voz.
Wizz se apoyó en el tirador de un cajón como si fuera un balcón.
—Demasiado.
Ella colocó un florero en la mesita y cambió de sitio la cesta de novedades. «Quiero que aquí se lea en voz alta. Quiero voces, risas, portadas manoseadas».
—¿Y por qué yo? —se atrevió a decir Luna—. ¿Por qué justo ahora?
—Porque tocaste el libro como si fuera algo valioso, más que un objeto.
Lo sentí de inmediato —respondió Wizz con voz monótona—.
Y porque cuando lees… no solo recitas palabras.
Es un don raro pero útil, por lo visto. —Hizo flotar una etiqueta y la pegó recta sobre un tarro de clips—.
Por alguna extraña razón, tu presencia ha despertado la magia.
Además, trajiste un tocadiscos. Buen gusto.
Luna sonrió. Sabía que no era una bruja, pero le gustaba la idea de tener cierta magia con los libros.
Empezó a alinear los lomos de una estantería; Wizz, al lado, iba reparando pequeñas muescas y grietas.
—Vale. Trato: yo ordeno y tú vas haciendo milagritos pequeños —dijo ella.
—Trato. Pero nada de milagros grandes. No puedo…, bueno, abusar de la magia.
—Magia… —repitió Luna, pensativa.
—Ya sabes a lo que me refiero —dijo Wizz, contando con los dedos—: Tés que te dan un empujoncito, elixires mágicos que mueren al amanecer, libros que se abren si los tocas y los lees de verdad…
—No pensaba en eso.
—Ah.
—Pensaba en el color. ¿De qué color es la magia, Wizz?
—Plateada, vaya pregunta. ¿De qué color es el cielo, Luna? Buff.
Decidió pasar por alto la burla.
—¿Y por qué no usar magia grande ahora?
—Porque gastaríamos la casa —respondió el hada sin rodeos, abarcando la librería con las manos—. Con lectores, la magia fluye; sin ellos, se agota. Mejor usar la cabeza que fuegos artificiales.
—Entiendo —mintió Luna con la firme convicción de que jamás llegaría a comprender la magia. Ni la que hacía Vivi ni la de Wizz, y mucho menos la que generaban los humanos cuando leían.
Dejó un hueco junto al mostrador, en una balda solitaria.
—Aquí pondré una cesta para las lecturas en voz alta. Los viernes, niños; los sábados, quien quiera.
—Y los lunes, brujas y hadas —remató Wizz.
Luna rio y notó cómo se le aflojaba el pecho.
«Puedo hacerlo» .
Trabajaron un rato en un silencio cómplice: Wizz enderezaba marcos, convencía a una bombilla indecisa para que diera luz, hacía encajar una balda; Luna fregaba el mostrador, ordenaba pilas, ponía separadores con letras.
Desde fuera, un riff de saxofón se coló por la rendija de la ventana como una promesa.
—Gracias, Wizz —dijo ella, sin darle importancia.
Se la daba, y mucho.
—De nada, librera. —Flotó hasta el timbre, que parecía sacado de una película de terror, y lo hizo brillar en un segundo—. Empieza a parecer… Dumont.
Luna apoyó las manos en la cadera, cansada y contenta.
«Librera» .