Manual para tratar con hadas y otros incordios mágicos 4. Na-hada #2
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4. Na-hada #2

—¿Se puede saber dónde narices estabas? —soltó, culpable por no haber notado su ausencia.

Vivi entró detrás, con una bandeja de galletas.

—Tranquila, querida. Gato vino a buscarme y logré descifrar lo que me maullaba. —Dejó la bandeja y fijó la mirada en el mostrador—. Algo sobre gritos y un libro soltando comentarios importunos… —Palmeó el lomo—. Hola, querido Wizz.

A Luna se le cayó la mandíbula al suelo.

—Sabía que eras especial —dijo Vivi.

—Espera, Vivi, por favor. Dos cosas: primero… ¿Gato te ha maullado qué? ¿Cómo? ¿También habla? —Iba de un lado a otro—. Segundo: ¿conoces a Wizz? ¿Por qué no me dijiste nada?

Decidió que era buena idea cerrar la puerta.

Gato se acomodó en su rincón habitual, con aire de suficiencia. Vivi la miró con ternura y complicidad.

—Entiendo que te parezca mucho. —Cogió una galleta y se la ofreció a Luna—, pero creo que hay cosas que no se pueden entender hasta que las vives en primera persona.

Sin duda, era mejor vivir a Wizz —dijo acariciando el lomo—.

Pero sí, querida, sabía que pasaría… Era cuestión de tiempo.

Y no, Gato no habla, pero somos viejos amigos, tenemos nuestros métodos.

—Espera, que me quede claro. ¿Sabías que había un hada atrapada ahí? —Señaló el libro como prueba—. ¡Hay un hada atrapada en un libro!

Wizz carraspeó, molesto.

—«Hada atrapada» suena melodramático. Sé que fue idea mía, pero quiero retirarlo. Prefiero «residente temporal del plano literario».

Luna puso los ojos en blanco. Vivi sonrió con cariño.

—¿Y qué se supone que tengo que hacer? ¿Leerle hasta que se aburra y decida salir? Mi otra opción es lanzarlo por un acantilado…

Vivi sonrió un segundo; al siguiente estaba seria.

—No exactamente. Wizz no puede salir solo, ya lo hemos intentado. Hay algo que te conecta con él… Hasta que no llegaste, tampoco podía comunicarse conmigo. Tendrás que buscar ese algo.

—¿Eso qué significa? —Luna comenzó a andar por la librería—. Lo único que se me ocurre es el contrato de alquiler. Ese es el algo que nos une.

Nadie dijo nada.

—Vamos a ver, hada —empezó a decir Luna.

—Wizz.

Luna se aclaró la garganta.

—Vamos a ver, Wizz. Si vosotros ya os conocíais —dijo señalando el libro y a Vivi con un dedo bastante afilado—, eso es que alguien previamente ya te había sacado. Tú, al menos —se dirigió al tomo—, tienes que saber cómo solías salir.

—Mmm… —sonó desde el libro—. No exactamente.

Yo entraba y salía; la familia Dumont heredaba la librería una generación tras otra y yo seguía siendo libre mientras la gente leyera…

—La voz había dejado de sonar irónica—. Leyera sin más o comprara libros…

Así que no, nunca hubo un «alguien» y, sinceramente, no sabemos cómo ocurrió. Yo lo deseaba y Dumont me lo concedía.

Vivi partió una galleta con calma. El crujido, por alguna razón, le puso los pelos de punta a Luna.

—Dumont no es un lugar cualquiera, ya lo sabes, querida.

—¿Y yo qué pinto en esto?

La mujer sonrió, enigmática.

—Eso tendrás que descubrirlo.

—¡Yo solo pago el alquiler de este local! —gritó Luna, abarcando con los brazos el espacio.

—Oh, claro —suspiró Wizz—. Qué casualidad que justo buscabas una librería y te apareciera una superbarata, y que desde ese momento todo fuera como la seda. Me parto contigo.

—¡No es gracioso! —Luna golpeó el mostrador. Gato alzó una oreja—. ¿Y tú cómo sabes eso? ¿Me espías? ¿Eres adivino?

Wizz se rio con ganas.

—Solo tengo orejas y escuché una conversación. Qué dramática.

Se le vino a la mente el anciano Dumont. ¿Conocería la existencia del hada?

—Cariño, no te enfades —intervino Vivi—, es bonito que un lugar tan especial como Dumont te haya elegido.

—Si Dumont me «eligió», ¿qué demonios hago ahora? ¿Alguien va a contestar sin misticismos?

Vivi dio un paso al frente y anunció con voz firme:

—Tienes un don, Luna. No solo eres buena con los libros, conectas con ellos de una forma que otros no pueden. Lees más allá de las palabras, sientes lo que hay entre líneas. Es raro y esencial aquí. Si quieres liberar a Wizz, tendrás que usarlo.

—¿Insinúas que soy una bruja? Venga ya, Vivi —bufó—.

Mi único talento hasta ahora ha sido quitar polvo con lo que pensaba que era un trapo mágico, pero que ha resultado que no, que lo mágico era la cosa esa que me diste y que meé, tristemente.

—Se llevó las manos a la cara y cerró los ojos un momento—.

¿Sabes lo que se me ocurre que puedo hacer?

Leerle Frankenstein . Lo recito casi de memoria. Es un don.

—¡Clásicos no! —gimió Wizz—. Algo con salsa.

—¡Salseo! —gritó Luna.

Vivi rio.

—No sé, querida, solo sostén el libro y a ver qué pasa.

Luna, incrédula, pero sintiendo que debía dar un paso y acabar con aquella locura, lo cogió con cuidado, no fuera a ser que le mordiera como si dentro hubiera un animal salvaje.

—Vale, allá vamos.

Dejó que los dedos recorrieran el lomo y los cantos; cerró los ojos para concentrarse. Al principio no sintió nada; luego, tampoco.

—¿Sientes algo? —susurró al libro.

—Aburrimiento —bufó el hada.

—Vamos a probar otra cosa —respondió, intentando no perder la paciencia.

Cogió el ejemplar con fuerza. Un poco por intentar algún tipo de conexión y otro poco por molestar al hada.

No tardó en notar una sensación… diferente.

Primero lo atribuyó al hada, pues era lo que más sentido tenía.

Pero luego… tuvo la sensación de que los bordes del mundo se suavizaban, como si todo se hubiera cubierto de un velo pálido, entre gris y nacarado.

El peso del cansancio desapareció de sus hombros y, en su lugar, apareció una claridad serena.

Sabía lo que tenía que hacer.

Se sentó tras el mostrador y apoyó el libro en las rodillas. El silencio se cerró alrededor de ella. Solo el saxofón lejano seguía existiendo, estirando las notas al compás de cada una de sus respiraciones tranquilas.

Inspiró hondo. El sonido la siguió.

Y entonces, con una intención clara y sin ejercer fuerza alguna, abrió el libro.

Las páginas se desplegaron con un brillo sutil; palabras e imágenes algo avejentadas la recibieron.

Luna no daba crédito. Bajo la atenta mirada de Vivi —y el silencio inusual de Wizz—, obedeció a su intuición.

Empezó a leer.

Primero por encima; luego, atrapada.

«Cuentan los que saben que, en Nueva Orleans, donde la humedad se pega a los secretos y los secretos no se van nunca, hay cosas que los mapas no recogen.

Una de ellas es la historia del incendio de 1788, que devoró la ciudad entera salvo una sola linterna de gas en la rue Royale que nadie supo explicar.

Siguió ardiendo sola entre las cenizas tres días y tres noches, sin aceite, sin mano que la sostuviera.

Los supervivientes dejaron de hacerse preguntas cuando entendieron que algunas respuestas cuestan más que la ignorancia.

Durante años, sin embargo, hubo quien insistió en haber visto algo junto a esa llama: una figura de tamaño imposible, con alas brillantes que contrastaban con el negro de las cenizas.

Allí donde la llama titilaba sin viento, allí había estado él: testigo, embustero y guardián.

Si Wizz te hablaba, era porque ya sabía algo de ti que tú aún desconocías.

Y eso, en Nueva Orleans, nunca ha sido buena señal. Ni mala tampoco. Solo inevitable».

El mundo pareció detenerse. Un destello cegó la sala y, un segundo después, Wizz emergió de entre las páginas.

Luna dio un respingo. Ante ella había un ser diminuto, tan real como los libros apilados por toda la estancia.

Y tenía…

—Alas… —susurró Luna, sintiéndose protagonista de una novela de fantasía.

Sus ojillos brillaban con sabiduría y travesura.

Llevaba un chaleco raído, parches de colores cosidos sin sentido, una camisa de lino arrugada y pantalones cortos sobre un par de botas gastadas.

Sus manos, nudosas y eléctricas, no paraban quietas.

Olía a papel viejo mezclado con menta y madera quemada.

—Por favor, dime que no vas a desmayarte. Si alguien debe estar conmocionado, soy yo —gruñó, ajustándose el chaleco en un gesto teatral—. Ah…, aire fresco. Bueno, relativamente. Esto aún huele a polvo, pero ¡estoy fuera!

Luna dejó el libro en el mostrador y dio un paso atrás.

—Eres… tan pequeño.

—Pequeño, sí. ¿Perfectamente proporcionado? También —dijo, orgulloso.

—Bienvenido de nuevo, Wizz. —Sonrió Vivi, encantada.

—Esto… no tiene sentido —balbuceó Luna.

Wizz voló hasta su hombro y se cruzó de brazos.

—Claro que sí: un hada en tu librería, un gato más listo que tú y un don que está claro que te viene grande. ¿Qué parte no entiendes?

—Todas. Ninguna.

Vivi, que no podía dejar de sonreír, cogió el bolso.

—Te dije que Dumont no era normal. Y que tú tampoco entrabas en esa categoría, querida. Me encanta tener razón. —Se acercó a Wizz y le acarició con cariño la cabeza con el dedo índice—. Nos vemos más tarde, tengo faena.

Vivi salió de la librería y con ella pareció llevarse todo el sonido.

Luna miró al hada con resignación y curiosidad.

—Muy bien, pequeña pesadilla alada. ¿Qué hacemos ahora?

—Lo de siempre. —Sonrió con brillo travieso—. Sobrevivir… con estilo.

Wizz flotó por la librería como un colibrí, inspeccionando cada rincón. Se detuvo ante una lámpara torcida y, con un chasquido, la enderezó. Una luz cálida se derramó sobre los lomos de los libros.

—Deprimente —dictaminó—. ¿Cuánto llevas aquí sin pensar en la decoración? Esto es un tributo al abandono.

—Llegué hace tres días… —protestó Luna, dolida y un poco divertida—. Además, mira la alfombra. Y las flores.

—Bueno, algo es algo…, supongo.

Gato, desde el mostrador, siguió el vuelo del hada con desdén felino.

—¿Qué miras, bigotes? —Wizz arqueó una ceja—. ¿Me extrañaste? Yo no, la verdad. Me encanta no tener pelo de gato en el chaleco.

Luna dejó caer la cabeza en la silla.

—Wizz, por favor, deja de insultar a mi librería y a mi gato cinco minutos. Me has agotado tú más en una hora que dos días de limpieza extrema. Pelos incluidos.