4. Na-hada
Na-hada
Trató de ignorar el eco persistente de la frase que había aparecido por arte de magia la noche anterior en lo que se suponía que era un libro en blanco.
Una frase que no debería estar ahí, que no tenía ningún sentido.
Lo había cerrado apresuradamente, algo asustada, y se había acurrucado con Gato mientras intentaba convencerse de que todo era producto de su imaginación.
Pero esa mañana, apenas abrió los ojos, corrió a revisarlo.
Seguía ahí.
«¿Respondo? ¿O mejor lo ignoro, como haría una mujer sensata de treinta?».
El pensamiento le dejó un regusto amargo: le recordó todas las veces que había reprimido sus instintos por miedo al rechazo. Su adolescencia había sido una coreografía de silencios incómodos, de ocultar partes de sí misma hasta ser auténtica solo en su cabeza.
«¿Voy a hacer lo mismo ahora?».
Gato la observaba con ojos penetrantes, como si ya supiera qué decidiría.
Suspiró, dejó el tomo sobre la cama (pesaba más de lo normal, o así lo sentía) y se fue a la cocina para prepararse el té que le había regalado Vivi. Definitivamente no era tan mágico, pero le hacía sentirse bien.
Decidió empezar el día con uno de los libros que había seleccionado por el frívolo hecho de que el título le llamaba la atención y, sin nada de culpa por la faena pendiente, volvió a la cama a leer y beber su té.
Estaba sumergida por completo en la historia cuando escuchó de nuevo ese… ¿gas?, ¿silbido?, ¿resoplido? Venía de abajo.
—¿Qué mierdas es eso…? —refunfuñó, entre curiosa y molesta.
Dejó el tomo abierto sobre la cama y la taza de té ya frío en el alféizar, y bajó la escalera de caracol con Gato pegado a sus talones.
El sonido se repitió. Gato alzó la mirada y, tras captar su atención, maulló un clarísimo: «Ese libro habla».
Luna le devolvió otro comentario imaginario con la mirada: «No pienso hablarle».
Podría deshacerse de él. Cuanto antes, mejor.
Decidida, cruzó los pocos metros que la separaban del volumen y lo agarró sin mucho cuidado. Se lo dejaría a Vivi en la puerta… o lo tiraría al primer cubo que encontrara.
Salió a la calle con pasos firmes, pero se detuvo en seco: la cubierta emanaba un calor extraño. No quemaba, pero era… antinatural.
—¿Qué clase de brujería es esta?
—Brujería no —dijo una voz seca, con ironía—. Ha-da atrapa-da para ser exactos. Pero no estamos aquí para discutir semántica. Haz el favor de devolverme a la librería. No puedo salir de allí.
Luna dio un respingo y el tomo cayó al suelo.
—¿Qué…? ¿Cómo…? ¿Estás hablando? ¿Un libro que habla? ¡No, no, no, esto no puede estar pasando!
—Sí, sí, sí, está pasando —replicó el libro, paciente a regañadientes—. ¿Por qué los humanos reaccionáis siempre así? Gritos, dedos acusadores, el inevitable «Esto no puede estar pasando». ¿Puedes aceptar que tienes un ejemplar fabuloso delante?
—¡No eres fabuloso! —gritó Luna, con la cordura en la cuerda floja.
Estaba vociferando en mitad de una calle lo bastante concurrida como para ganarse miradas inquisitivas.
No quería parecer una loca, aunque se sentía exactamente así.
Con dos dedos y mucha prisa, lo recogió y corrió de vuelta a Dumont, donde lo dejó de golpe sobre el mostrador.
Durante el corto tramo le habían llegado quejidos y palabras ininteligibles.
—Tienes…, tienes gases. ¡Y ahora hablas! ¡Esto no es normal!
—Perdona si no cumplo tus estándares de normalidad. Puedo intentar quedarme en silencio y acumular polvo, como el resto de los libros aburridos de aquí —chistó la voz.
—¡Ni siquiera tienes boca! ¿Cómo demonios haces eso?
—Magia, querida. Esa cosa que te cuesta procesar, aunque vivas en una librería que grita «encantada». ¿Puedes calmarte? Lo último que necesito es que a mi libertadora le dé una crisis existencial.
—¿Libertadora? —Luna alzó una ceja—. ¿Cómo te he liberado? Hasta donde sé, solo pasé un trapo por la cubierta.
—Qué momento heroico, por cierto, pero no fue el trapo. Fue tu ¿energía? ¿Tu magia? O lo que sea que tengas. Aunque, si te soy sincero, me gustó lo del trapo, me diste un buen masaje: llevo décadas con contracturas.
Se le subieron los colores. Si por vergüenza o pura frustración, no lo supo.
—Esto no puede estar pasando —murmuró Luna, dejándose caer en una silla.
—Si prefieres pensar que es un sueño raro por exceso de té de bruja, adelante. Pero si te pellizcas y sigues aquí, al menos sé amable. Llevo atrapado desde hace años, cuando el último Dumont echó el cierre. Un poco de empatía no mata.
—¿Empatía? ¿Atrapado? —Luna entornó los ojos—. ¿Eres una persona? ¿Un genio? ¿Concedes deseos a quien te frota?
—¿Deseos? ¿Qué crees que soy, un genio de lámpara con descuento? Solo pido un poco de libertad y aire fresco. ¿Es mucho? Oh, espera, sí, porque ahora estoy atado a tu presencia. Genial.
—¿Atado… a mí? —Le subió el tono sin querer.
—Ajá. Y antes de más preguntas absurdas, no soy un libro parlante.
Soy un hada, ¿no lo había mencionado ya?
Me suena que sí. El tema es que necesitamos reglas básicas si no piensas liberarme pronto: no me dejes cerca del café, no me uses para calzar mesas y, por favor, no intentes abrirme otra vez a la fuerza. No funcionará.
—Esto es ridículo. —Se frotó las sienes—. Ni siquiera sé qué hacer contigo. ¿Un hada, has dicho?
—Sí. Y yo sí sé qué hacer contigo: cálmate. Respira y acepta que tu vida ahora es infinitamente más interesante gracias a mí y, por favor, no seas tan dramática. Me agotas.
—Voy a necesitar más té para esto.
—Buena idea —dijo el libro, casi burlón—. Y tráeme compañía: quizá un diccionario. Llevo años queriendo debatir la evolución etimológica de «fantástico» y «ridículo».
Luna resopló. Y pensar que hace unas horas todo empezaba a encajar…
Suspiró, se levantó y fue a prepararse una segunda taza de té.
Cuando la tetera, que casi se le podía considerar una reliquia, comenzó a silbar, infusionó el té y removió despacio. Con el primer trago le vino a la mente su vecina. «No me estás drogando, ¿verdad?».
De repente y tras el primer trago, no le parecía tan absurda la idea de estar hablando con un hada. Ahora quería respuestas.
«Definitivamente, la anciana maja me droga».
Volvió a su silla tras el mostrador, esta vez más cerca del libro. Estaba cerrado, igual que lo había dejado.
—Muy bien, libro-hada-lo-que-seas. Vamos a hacerlo simple. —Cruzó los brazos—. ¿Qué haces aquí, por qué puedes hablar y cómo salimos de esta… relación?
La voz rio por lo bajo con una mezcla de burla y diversión.
—Directa al grano. Me gusta. ¿Que qué hago aquí? Me quedé atrapado cuando dejaron de entrar lectores. ¿Por qué hablo? Encanto del paquete. ¿Cómo salimos? Hmm…, no salimos. Parece que somos compañeros de por vida. Enhorabuena.
Luna se pasó una mano por la cara.
—¿Compañeros de por vida? ¿En serio? ¿Y las instrucciones?
—Sin instrucciones.
—¿Ni un manual?
—Lo hay. Búscalo —resopló la voz con impaciencia—. Manual para tratar con hadas . Sección dieciséis, estantería cuatro.
— Manual para tratar con hadas… —dijo mientras pasaba los dedos por los lomos de la estantería que le había indicado el libro parlante.
Una risa diabólica la detuvo en seco.
—Vale, ¿no existe tal manual, no?
Del libro, Luna intuyó un: «No ». Pero no pudo distinguir bien el monosílabo entre las risas y los ronquidos que acompañaban a las carcajadas.
—Genial. —Puso los ojos en blanco—. ¿Al menos me vas a decir tu nombre? ¿O prefieres que te siga llamando «libro con gases»?
La voz carraspeó, ofendida. Ya sin asomo de diversión.
—Una humana no podría pronunciar mi nombre sin que se le cayera la lengua.
El hada se quedó en silencio unos segundos para luego decir con voz teatral:
—Llámame Wizz.
Luna se inclinó, arqueando las cejas.
—¿Y entonces qué, Wizz? ¿Piensas salir?
—Oh, sí, me encantaría; por eso sigo aquí dentro, a-tra-pa-do.
Luna no pudo evitar reírse. De verdad. La situación era de lo más absurda.
—De acuerdo, no puedes… ¿Y qué haces en un recopilatorio de leyendas del Barrio Francés? ¿Eres un personaje viejo y charlatán?
—¡Qué observadora! —dijo la voz de entre las páginas—.
Resumen fácil para que lo entiendas: sí, soy el personaje de una historia escrita.
Mi libro fue olvidado; aquí sigo. Mi último compañero de aventuras dejó esto tan abandonado que hasta el polvo se aburrió.
Así que yo sin escapatoria y sin acceso a la magia y tú escapando de tu vida.
Dos almas destinadas a… bla, bla. Lo importante es que estás aquí, Luna.
—¿Y qué se supone que tengo que hacer?
—Hacer, hacer… —bufó—. ¿Por qué los humanos siempre hacéis? Por ahora, existe. Algo en ti ha despertado chispas aquí, y eso no pasa desde hace años. Tienes algo. Así que aquí estamos. Conviviendo. Sin hacer.
—¿Y si digo que no quiero estar en esto contigo?
—Qué graciosa. Como si esto fuese opcional. Estamos juntos en esto, humana. Acostúmbrate.
Luna apoyó las manos en el mostrador y se acercó a él.
—¿Y qué quieres de mí, Wizz? Déjate de rodeos y habla claro. —Apoyó una mano en el lomo para enfatizar sus palabras—. QUÉ HAGO.
—Nada complicado: no me uses de posavasos y procura no matarme de aburrimiento mientras averiguamos cómo me sacas de aquí. Porque no eres una bruja, ¿no? Y, si no es mucho pedir, léeme algo en alto. Pero, por favor, Cumbres borrascosas no. Algo con salsa. Llevo siglos aburrido.
Luna parpadeó; detrás del sarcasmo percibió un atisbo de tristeza.
—No, no soy una bruja. Y querrás decir algo con salseo —respondió, sin poder evitarlo, y reprimió la risa.
Luego suspiró.
—Está bien. Pero no esperes que lo acepte tan rápido. Necesitaré… tiempo.
—Tranquila. No tengo prisa. Bueno, técnicamente sí, pero me gusta más tu versión reflexiva que la exasperada.
El timbre sonó y Luna dio un respingo. Echó una última mirada al libro.
—Compórtate.
Corrió a abrir, aliviada por la interrupción.
Gato entró como un torbellino, inquieto. Saltó al mostrador y apoyó la cabeza en el maldito ejemplar.