3. El trapo está roto #2
—Otra bruja me habló de Nueva Orleans, de cómo este lugar acoge a quienes el mundo llama raros.
Empaqué mis cosas, dejé mi vida anterior y vine aquí.
Nunca miré atrás. —Vivi sonrió, con los ojos ligeramente húmedos—.
Y aquí estoy, haciendo lo que amo y compartiéndolo con quien se cruza en mi camino.
Luna asintió mientras procesaba todo lo que Vivi le había contado. Luego, con una voz casi susurrante, confesó:
—Yo también hui. De una vida que no me hacía feliz. Te veo a ti… y solo pienso en lo valiente que fuiste. Yo, en cambio, me siento una cobarde.
Vivi chasqueó la lengua, ofendida por la idea.
—Oh, no, Luna. Hacer lo que hiciste requiere un valor inmenso. Empezar de cero no es para cobardes. Y, además, estoy segura de que tú también tienes algo especial, del tipo mágico, aunque aún no lo veas.
Luna soltó una risa suave, cargada de incredulidad.
—No soy especial, Vivi. Soy tan ordinaria que hasta Gato parece más interesante que yo.
La anciana ladeó la cabeza, estudiándola con una mirada astuta que hizo que Luna se removiera en el asiento.
—¿Estás segura? Hay algo en ti, Luna. Algo que tiene que ver con los libros. Siento que Dumont te eligió por una razón.
Luna parpadeó, sorprendida. Algo en esas palabras le resonó profundamente.
—Hablando de libros… —Luna dejó la taza en la mesa—. Hay dos en concreto que me están volviendo loca. Uno está en blanco, salvo por una frase misteriosa, y el otro emite ruidos extraños y no se deja abrir. ¿Qué hago con ellos?
—Cuéntame más.
—Uno es Puertas entre mundos ; en la primera página se lee: «Para quien busca más allá de lo visible», y el resto está vacío. El otro es Cuentos y leyendas vivas del Barrio Francés ; gruñe y…, bueno, otras cosas. Además, no se abre y…, sinceramente, me da mal rollo.
Vivi cogió aire, sopesando su respuesta e incapaz de esconder una sonrisa.
—Confía en tus instintos, Luna. Dumont no es un lugar común y corriente, y tampoco lo son sus libros, o al menos no todos. Quizá esos dos tengan algo que contarte.
—He pensado en eso, pero…, normalmente, cuando un libro especial llega a mi vida, lo leo. ¿Qué otra cosa, aparte de leerlos, coleccionarlos y quitarles el polvo, puedo hacer con ellos?
Vivi no respondió de inmediato. En lugar de eso, se levantó y desapareció tras la cortina que llevaba a la tienda. Luna la escuchó rebuscar antes de volver con una cajita metálica en la mano.
Vivi se la tendió con una sonrisa.
—Toma, querida. El té sorpresa que me has pedido. No será tan potente como el elixir de ayer, pero recuerda: la magia está en ti. —Sonrió con cariño antes de añadir en voz baja—: Me alegra que no hayas esperado cincuenta años para buscar tu lugar.
Luna sintió un nudo en la garganta al escuchar esas palabras. La calidez en el pecho era inexplicable, como si algo se hubiera encendido dentro de ella.
—Gracias, Vivi. Te lo pagaré, de verdad —dijo mientras se dirigía a la salida.
Vivi se giró con una expresión seria pero afectuosa.
—Nada de eso. Tu compañía es más que suficiente. —Le guiñó un ojo antes de despedirla con una mano—. ¡Buena suerte con los libros y… con todo lo demás!
Con la cajita en la mano y un millón de pensamientos dando vueltas en su cabeza, Luna salió de la casa de Vivi.
Entre los misterios de los tés mágicos, la charla sobre segundas oportunidades, enterarse de que su vecina era bruja y la revelación de que tal vez ella misma tenía algo especial, apenas podía ordenar las emociones.
Pero sí tenía una certeza nueva: «Tengo tres días para que Dumont parezca una librería y no un almacén embrujado» .
Mientras caminaba de regreso a su nuevo hogar, disfrutó de los primeros rayos de sol y se fascinó al ver cómo iluminaban el Barrio Francés. La melodía del saxofón seguía flotando en el aire, tan etérea como el día anterior, pero esta vez parecía más íntima.
De repente, Gato apareció de la nada con la cola en alto y el andar confiado de siempre.
—¿Ya has terminado de hacerte el rey del sofá? —bromeó Luna mientras el felino pasaba junto a ella y maullaba, como diciéndole que lo siguiera. Sin más preguntas, lo hizo.
Cambió el rumbo de sus pasos.
Gato la guio primero por un callejón donde la luz del sol se filtraba entre los balcones de hierro, proyectando intrincados patrones en el suelo.
Luna se detuvo un momento para admirar las flores colgantes que caían como cascadas.
El aire seguía impregnado de un olor a jazmín y especias que se mezclaba con los ecos lejanos de la música.
—Bueno, al menos tienes buen gusto para las rutas, jefe —comentó, mientras Gato maullaba y aceleraba el paso.
El siguiente destino fue un pequeño puesto de pescado. El vendedor, un hombre corpulento con una gorra descolorida, levantó la vista y, al ver al felino, sonrió ampliamente.
—¡Ah, el señor Gato! Justo a tiempo, como siempre —dijo el hombre, y sacó un pequeño pescado fresco que entregó al felino con la solemnidad propia de un rey al ofrecer su cetro.
Luna, sorprendida, no pudo evitar reírse.
—¿Me estás diciendo que tienes fama de «señor Gato» en el barrio? —preguntó mientras observaba al felino aceptar su premio con una dignidad que rozaba lo teatral y alejarse hacia un rincón para disfrutarlo.
El hombre rio con entusiasmo.
—Este gato es una leyenda por aquí. Anda por donde quiere y siempre consigue lo que necesita. Me atrevería a decir que conoce el Barrio Francés mejor que cualquiera de nosotros.
Luna sonrió, agradeció la explicación y siguió a Gato, que ya estaba en marcha de nuevo.
Mientras avanzaban por las calles cada vez más bulliciosas, Luna notó que la música del saxofón seguía presente, pero no parecía provenir de ningún lugar en particular. Era como si flotara a su alrededor y llenara el aire sin tener un origen definido.
—Esto empieza a ser inquietante —murmuró, mirando a su alrededor. Cada músico callejero que encontraba tocaba algo diferente y ninguno llevaba un saxofón.
«Entonces… ¿de dónde vienes?».
Gato, ajeno a sus reflexiones, la guio hasta una pequeña plaza abarrotada de turistas frente a un puesto de beignets. Luna no pudo resistirse y compró un par. Tras darle un mordisco al primero, le ofreció un pedazo al felino, quien lo rechazó con un bufido de desdén.
—Ah, claro. Tú eres más de pescado fresco.
La música la seguía envolviendo como un eco intangible. Cerró los ojos por un momento para intentar concentrarse. No importaba cuánto caminara, el sonido no se hacía más fuerte ni más débil. Estaba ahí. «¿De dónde vienes…?».
De regreso a Dumont, algo en el escaparate de una tienda de segunda mano le llamó la atención. Un reproductor de vinilos antiguo, con detalles dorados y madera desgastada, estaba colocado junto a una pila de discos. Luna se detuvo, maravillada.
—Esto…, esto sería perfecto.
Entró en la tienda y, tras una breve negociación, salió cargando su nuevo tesoro.
Cuando llegó a la librería, lo primero que hizo fue conectarlo en el mostrador.
Escogió uno de los discos que había encontrado por allí y colocó la aguja con cuidado.
Los primeros acordes inundaron el espacio, suaves y melancólicos.
Luna cerró los ojos por un momento y dejó que la música envolviera la habitación, sintiendo cómo el ambiente cambiaba con cada nota.
De repente, un ruido seco interrumpió la melodía. La aguja se saltó un compás y una brisa fría y cálida cruzó la sala. Al abrir los ojos, vio que el libro Puertas entre mundos había caído de la estantería donde lo había colocado esa misma mañana.
—¿Qué pasa contigo? —preguntó, levantándolo con cuidado.
La frase en la primera página seguía siendo la misma: «Para quien busca más allá de lo visible». Pero había algo que la hacía sentir que no era un simple objeto.
—Vale, hagámoslo a mi manera. —Sin pensarlo demasiado, cogió un lápiz y escribió en una de las páginas en blanco:
Hola.
Esperó unos segundos.
Nada sucedió.
Con un suspiro, cerró el libro y lo devolvió a la estantería.
Volvió a poner en marcha el reproductor de vinilos y, tras horas hojeando y seleccionando libros, decidió salir de nuevo al Barrio Francés con Gato como guía.
Recorrieron calles salpicadas de tiendas esotéricas; compró velas aromáticas y una pequeña figura de búho que la hizo sonreír sin un motivo concreto.
En un puesto eligió un ramo de flores secas, lleno de color, para darle algo de vida a Dumont.
Su compra favorita, sin embargo, fue una alfombra de cuadros en tonos vivos. Le costó un riñón y, desde el primer momento, se la imaginó como el corazón de la librería: mostaza, azul profundo, verde salvia, rosa empolvado y beige. No había duda. Era perfecta.
Regresó a Dumont cargada de nuevos tesoros y con la frente perlada de sudor. Encendió de nuevo el tocadiscos y dejó que la música se filtrara entre las estanterías mientras, a base de paciencia y fuerza mal distribuida, conseguía arrastrar la alfombra hasta su sitio.
Colocó las flores sobre una mesita de madera antigua, frente a dos estanterías repletas de libros ya listos para vender. El búho encontró su lugar entre varios ejemplares de lomos grisáceos, como si siempre hubiera pertenecido allí.
Cuando se disponía a subir las escaleras, regresó sobre sus pasos para observar el conjunto desde la distancia.
Le gustaba lo que veía: la madera oscura, los libros desiguales, los colores vivos, la alfombra que reclamaba atención y alegría. Empezaba a sentirse peligrosamente cómoda en Dumont.
Estaba a punto de darse la vuelta cuando algo la detuvo.
Puertas entre mundos.
Desde aquel ángulo, el libro destacaba más de lo razonable. Luna lo observó un instante y tomó una decisión poco práctica y de lo más inevitable. Lo cogió del estante y decidió llevárselo arriba.
Ya en la habitación, se puso el pijama de Harry Potter, se metió en la cama y, justo cuando iba a apagar la lamparita hortera y preciosa de cuadros vichy, echó un último vistazo al libro sobre la mesilla.
Lo abrió.
Bajo el «Hola» que había escrito, ahora había una nueva frase:
Hola, Luna.