Manual para tratar con hadas y otros incordios mágicos 3. El trapo está roto
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3. El trapo está roto

El trapo está roto

El sol apenas despuntaba cuando Luna se despertó.

Había dormido mejor que en años y, aunque el cúmulo de emociones de los últimos días aún le pesaba en el cuerpo, ver a Gato hecho un ovillo a sus pies, sobre un colchón increíblemente cómodo e imposible, le arrancó una sonrisa.

Se sentía en paz, con ganas renovadas de seguir trabajando en Dumont.

Se desperezó mientras observaba la forma en que los primeros rayos de sol atravesaban la ventana, iluminando las partículas de polvo que flotaban en el aire. ¿Alguna vez limpiaron esto los Dumont o adoptaron la política de «déjalo ser»?

Con el cabello casi hasta la cintura en un estado de caos absoluto, se vistió con rapidez, se hizo un moño desarreglado y bajó las escaleras con el mismo cuidado que el día anterior para no ser devorada por arañas gigantes, aunque esta vez con un propósito diferente: té.

Sonrió al recordar a Vivi, esa extraña y encantadora vecina que ya le había causado una impresión tan fuerte. Sin embargo, justo antes de salir, una idea la detuvo en seco.

—El trapo —murmuró.

Tenía que saber si seguía siendo mágico o había sufrido fuertes alucinaciones.

Fue a buscarlo y, de paso, decidir si era momento de pedir explicaciones.

Y de qué tipo. Localizó una pila de libros todavía cubiertos de polvo y atacó el más sucio sin piedad.

Nada pasó. El polvo se desplazó como debería y se esparció de forma incluso más caótica.

—Bueno, esto confirma aún más mi ordinariez —susurró, frustrada.

Con un gesto decidido, lanzó el paño a un cubo de basura que, a todas luces, debía reemplazar.

—Vamos, Gato —dijo mientras el felino daba un ágil salto y la seguía hacia la puerta—. Tú no eres un gato normal, ¿verdad? Igual que ese trapo no era un trapo normal y, definitivamente, el libro con gases no es un libro normal.

El gato maulló y alzó la cola con evidente dignidad.

—Deja de fingir conmigo, te tengo calado. Dime, ¿cómo te alimentas? ¿Cómo es que has vivido en una librería cerrada durante años? ¿Por dónde entrabas y salías?

Las preguntas brotaban en torrente mientras avanzaban por los adoquines que llevaban a la tienda de Vivi. Gato, imperturbable, no se giró ni una vez para mirarla. Se limitó a maullar un par de veces y a levantar aún más la cola.

—Tanto secretito me va a matar, ¿sabes? —bufó Luna.

Un cartel de chapa blanco y oxidado por los bordes le dio la bienvenida oscilando suave con la brisa.

tés nada corrientes para transeúntes nada especiales.

El aroma que desprendía la tienda le cortó de golpe el hilo de los pensamientos.

Vivi estaba fuera; regaba con mimo las flores del escaparate y secaba con un trapo el rocío de la encantadora mesita de hierro forjado que nada tenía que ver con la suya.

Gato se enredó con gracia entre sus piernas y la anciana se giró al notar su presencia.

—¡Luna, querida! ¿Qué haces despierta tan temprano? ¿Un té?

—Sí, por favor, buenos días. Y si puede ser con un extra de… algo, perfecto —respondió Luna, alzando una ceja con curiosidad.

Vivi captó el comentario implícito y sonrió con complicidad.

—Te tomaste el elixir ayer, ¿verdad? —preguntó, dándole un aire misterioso a sus palabras.

—Claro que sí. ¿Qué tenía? Confiesa, Vivi. ¿Era algo ilegal?

La carcajada de la aludida resonó con fuerza mientras negaba con la cabeza.

—Nada ilegal, cielo, pero tampoco lo encontrarás en una tienda normal.

—Se acercó un poco más y bajó la voz, a punto de compartir un secreto importante—.

Puedo… añadir ciertas propiedades a mis tés.

Pequeños toques mágicos, por así decirlo.

Ayudan a quienes los necesitan. En tu caso, fue un empujoncito para que te sintieras capaz de lidiar con el caos de Dumont.

Luna la miró boquiabierta.

—¿Un empujoncito, Vivi? ¡Ese trapo limpiaba solo! ¡Mis pies reparaban la madera! Y no hablemos de la ducha… o del colchón. Creía que me estaba volviendo loca, ¿sabes?

La anciana soltó una risita cálida.

—Ay, querida, entremos. Hay algunas cosas que creo que ya puedo contarte sin que salgas corriendo.

Luna asintió y la siguió con la sensación de que lo que estaba a punto de escuchar cambiaría por completo su forma de ver el mundo.

Los tres se adentraron en la tienda, y Vivi los guio detrás de unas cortinas verdes de terciopelo.

La casa apareció ante ellos tal y como Luna la había imaginado: pequeña, diminuta en realidad, pero cada rincón gritaba «hogar».

El suelo era de la misma madera que la tienda, pero todo lo demás era distinto.

En lugar de botes y estanterías de cristal, había alfombras suaves, cojines mullidos y cuadros que Luna dedujo que serían obra de Margot.

Las acuarelas de Nueva Orleans parecían susurrar: «Ven por aquí, síguenos».

Una vez atravesado el corredor de cuadros, se reveló un pequeño salón-cocina-comedor.

Luna notó que apenas había luz natural, ya que la única ventana que había en la estancia daba a un patio interior que le recordaba mucho al callejón que se veía desde Dumont.

Sin embargo, cuando Vivi pulsó el interruptor, la habitación se llenó de una cálida luz anaranjada que hacía el espacio increíblemente acogedor.

Gato saltó de un brinco al sofá bergamota, como si fuera suyo, y adoptó una postura que lo confirmaba.

—Tras esa cortina —dijo Vivi, señalándola—, están mi habitación y un pequeño aseo. No es mucho, pero es todo lo que necesito.

—Es preciosa, Vivi. Me siento como en la casita de jengibre de cualquier libro de fantasía —respondió Luna, que miraba a su alrededor con admiración.

La anciana sonrió satisfecha mientras, en dos pasos, llegaba a la cocina y ponía una tetera al fuego.

—¿Alguna preferencia, niña? ¿Té verde, té negro…?

—Esa pregunta… abre un mundo de posibilidades, ¿no es cierto? —respondió Luna con una sonrisa traviesa.

—En efecto —asintió Vivi, solemne.

—Sorpréndeme.

No pasaron ni cinco minutos cuando Vivi regresó con dos tazas humeantes. Las dejó sobre la mesita baja frente a Luna y se sentó con cuidado.

—Nunca pongas azúcar a ninguno de mis tés —dijo, seria—. Arruinarías la magia.

Susurró la última palabra como si acabara de deslizar un secreto por debajo de la puerta.

—Nada de azúcar. Anotado —respondió Luna—. Y ahora dime…, ¿qué eres, Viviana? ¿Bruja? ¿Hechicera? Por favor, no me digas que una científica loca o me llevaré una gran desilusión.

Vivi soltó una carcajada tan franca que estuvo a punto de derramar el contenido de su taza.

—Ay, hija… Ojalá fuera científica. Me habría ahorrado muchos disgustos. Pero no. —La miró con picardía—. Soy bruja.

Luna se quedó inmóvil durante una fracción de segundo. Después se levantó de un salto.

—¡Vivi! ¡Eres una bruja!

El gato abrió un ojo y le dedicó una mirada cargada de juicio.

—Calma, querida. No por decirlo en voz alta va a aparecer una escoba voladora en el salón.

—¡Jamás podré calmarme! —exclamó Luna—. Dime, ¿qué más puedes hacer? ¿Vuelas? ¿Lanzas hechizos? Porque visto lo visto con…

—No soy esa clase de bruja —la interrumpió Vivi, con una sonrisa tranquila.

—… los tés —terminó Luna, bajando el tono, fascinada.

Vivi apoyó la taza en la mesita y se acomodó en el sillón orejero, como si esa conversación llevara décadas esperando su momento.

—Me considero bruja porque puedo. Porque quiero. Y porque durante siglos quemaron a mujeres por mucho menos de lo que yo hago… o por mucho más. Quién sabe.

Se encogió de hombros.

—El caso es que no vuelo, no tengo varita y no lanzo hechizos espectaculares. Mi magia vive aquí —añadió, señalando la taza—. Y aunque no es mucha cosa…

—¿Que no es mucha cosa? —Luna negó con la cabeza—. Ese trapo… No dejo de pensar en él. ¿Qué más pueden hacer tus tés?

Vivi la observó con ternura.

—Te ahorraré quebraderos de cabeza con una regla sencilla: la magia de los elixires es puntual. Actúa durante unas horas y se apaga al amanecer. Potencia lo primero que tocas con una intención clara. Si limpias, todo se deja ayudar. Por eso el paño, la ducha, el colchón…

Luna parpadeó mientras encajaba las piezas.

Vivi continuó:

—Un elixir como el que bebiste ayer puede hacer que seas capaz de leer cien libros de una sentada, si lo primero que haces nada más tomarlo es leer.

Los ojos de Luna parecían estar a punto de salirse de sus cuencas.

—Eso explica por qué hoy el trapo no ha hecho nada —murmuró—. La magia estaba en mí.

Se llevó una mano al pecho y abrió los ojos.

—¡He meado la magia!

Vivi no pudo contener la risa.

—Aunque no la hubieras… expulsado, tampoco habría durado mucho más —aclaró—. Los elixires son potentes pero breves. Además, apenas puedo preparar unos pocos: requieren ingredientes difíciles, mucha concentración y… demasiada energía.

Hizo un gesto vago con la mano.

—Los tés, en cambio, acompañan. Calman, enfocan, sostienen. No hacen milagros, pero ayudan. Y eso también es magia.

—Entendido —dijo Luna tras beber un sorbo. Le supo distinto—. ¿Siempre pudiste hacer esto?

El gato se desperezó entonces, emitiendo un sonido tan satisfecho que ambas giraron la cabeza hacia él.

«Si yo fuera Gato —pensó Luna—, me mudaría aquí hoy mismo».

Vivi, con la mirada fija en el ventanal del patio interior, habló con un deje melancólico:

—No siempre supe que podía hacer esto. Durante mucho tiempo fui…

distinta, y no en el buen sentido. En mi pueblo natal, en Oregón, decían que estaba loca porque aseguraba que sentía cosas .

—Hizo una pausa; los ojos se le nublaron—.

Tuve un matrimonio largo pero infeliz. Mi marido me prohibía tocar la cocina porque, según él, «hacía cosas extrañas».

Pasé décadas tratando de encajar, hasta que un día decidí que ya era suficiente.

Luna la escuchaba en silencio, absorta, con admiración y tristeza.