Manual para tratar con hadas y otros incordios mágicos 2. Mugre encantada #3
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2. Mugre encantada #3

Siguió con los ventanales de detrás del mostrador.

El vidrio estaba tan opaco que apenas había percibido que el callejón deprimente también se veía desde allí.

Pasó el paño mojado y, al instante, los cristales recuperaron la transparencia.

Ahora veía con claridad el pequeño espacio exterior, que tenía su propio encanto melancólico.

Al menos, ahora parecía menos deprimente.

Luna pensó en decorarlo con plantas resistentes, quizá jazmines o helechos, algo que pudiera sobrevivir al clima y añadir un toque verde al rincón olvidado.

Mentalmente, añadió otra tarea a su interminable lista:

• Darle algo de vida al callejón.

Justo cuando empezaba a sentirse cómoda con la rapidez de los resultados, un sonido extraño rompió el silencio.

Algo entre un pedo discreto y un chirrido ahogado.

Luna dejó caer el trapo en el cubo y miró a su alrededor hasta que sus ojos aterrizaron en el libro que descansaba en el mostrador: Cuentos y leyendas vivas del Barrio Francés .

—¿Tú? —preguntó, señalándolo como si pudiera responderle.

El gato la miró desde lo alto de una estantería, aparentemente divertido con la situación.

Luna se acercó al ejemplar y trató de abrirlo. Las tapas no cedieron; parecían selladas con un mecanismo invisible. Frustrada, lo levantó y le pasó el trapo con algo más de impaciencia que cuidado. En ese momento, escuchó un susurro, apenas audible pero cristalino:

—Gracias.

El paño se le resbaló de las manos y Luna retrocedió un paso, contemplando el libro con el corazón latiéndole como un tambor. El gato bajó con agilidad, se sentó junto a él y le dedicó una mirada cargada de significado.

—Genial. Ahora también hablo con libros. Fantástico —dijo, tratando de no sonar tan asustada como se sentía.

Luna miró a Gato, que simplemente se estiró y bostezó con indiferencia.

Mientras intentaba recuperar la calma, siguió limpiando. Aunque cada poco rato echaba un vistazo de desconfianza al libro. «¿Vivi, de verdad me has drogado?».

En una caja polvorienta, escondida tras unos volúmenes antiquísimos, encontró una colección de vinilos de jazz. Las portadas, algo desgastadas, evocaban una época de música y noches de bailes de salón y vestidos voluptuosos.

—Definitivamente necesito un reproductor de vinilos —dijo más para sí misma que para el animal, en un intento de cambiar la dirección de sus pensamientos—. Sería perfecto para la librería —se dijo, y hasta visualizó cómo sonaría la música mientras los clientes hojeaban los libros.

En una estantería cerca de las escaleras, halló una fotografía enmarcada.

Era en blanco y negro, y mostraba a una pareja joven: los Dumont originales, posando el día de la inauguración de la librería.

La mujer sostenía un ramo de flores y el hombre, una gran llave.

Luna pasó los dedos por el marco y retiró con cuidado el polvo acumulado.

—Bueno, chicos, no sé si estarían orgullosos de cómo está ahora este lugar, pero haré todo lo posible por devolverle su encanto.

Continuó con las estanterías y trató los libros con sumo cuidado. De vez en cuando echaba una mirada recelosa al volumen del mostrador y, cuando se fijaba de nuevo en los lomos por los que pasaba el trapo con esmero, estos parecían brillar con un lustre nuevo.

Horas después, cuando por fin terminó con la planta baja, Luna decidió darse una ducha.

Subió con el cubo, la ropa de cama y las toallas limpias que, en un arranque de lucidez —suponía—, el señor Dumont había dejado para ella.

Estaba lista para enfrentarse a las viejas tuberías y a cualquier sorpresa que la aguardara.

Se desnudó y lanzó la ropa al cesto de mimbre oscuro.

Iba a poner un pie en la ducha cuando un destello la detuvo: la pequeña pluma que llevaba en el bolsillo.

Se sintió fatal por haberla olvidado y por casi perderla; la recogió y la guardó con sumo cuidado en un armarito aún vacío.

«Es demasiado bonita como para perderla» , pensó.

Para su asombro, al abrir el grifo, el agua salió con fuerza y a una temperatura perfecta. La ducha, que hasta entonces parecía un artilugio medieval, brillaba como nueva, y la presión le masajeaba los músculos cansados.

—¡Por favor, que esto no sea un sueño! —exclamó. Dejó que el agua le cayera sobre el cabello y se llevara toda la suciedad del día—. ¿Seré maga? ¿Bruja?

Envuelta en una toalla y con el cabello húmedo, Luna se dejó caer en la cama. El colchón, mugriento hasta unos segundos antes, se volvió blanco, mullido y tan cómodo como una nube. No cabía en sí de la emoción. Había sido un día agotador pero maravilloso, y se sentía… bien. Mejor que bien.

Pensó en llamar a sus padres y contarles todo aquello. Luego recordó la última conversación que tuvieron en Cayo Hueso y las ganas se le esfumaron tan rápido como las manchas de pis de gato del colchón.

Gato, que había observado a Luna como una sombra desde el umbral, maulló suavemente para anunciar su presencia.

Se acurrucó cerca de ella; irradiaba un calor reconfortante.

Luna sonrió, cerró los ojos y, antes de dormirse, notó cómo la música del saxofón que la había acompañado toda la tarde se volvía más y más tenue hasta desaparecer por completo.

Nada podía ir mejor. Tomó nota mental de buscar al músico que tanto la había inspirado y dar las gracias a Vivi (e interrogarla) por haber hecho todo eso posible.