2. Mugre encantada #2
Una milésima de segundo después, la puerta se abrió de golpe. Una mujer alta y huesuda con el cabello trenzado y gafas de cristal grueso apareció con las manos cubiertas de pintura. Sus ojos brillaban como dos farolillos y su piel oscura resplandecía bajo el sol de la mañana.
—Así que tú eres la nueva dueña de Dumont —dijo, tendiéndole a Luna una mano teñida de azul que ella aceptó sin dudarlo.
—Bueno, solo estoy de alquiler. Lo de dueña es… provisional, por decir algo.
Vivi y Margot se miraron con esa complicidad que solo se construye tras años de amistad.
—¿Nadie le ha contado que esa librería elige a sus dueños? —preguntó Margot con una sonrisa traviesa.
—Querida, llegó ayer. No la asustes.
Luna notó que Margot parecía arrepentirse un poco de su comentario y decidió quitarle importancia. Además, Dumont sí que le había hecho ya un comentario similar. Le resultó entrañable.
—Si se refiere al gato gigante, sí, me ha elegido. Aunque más como su esclava que otra cosa. Él es el verdadero dueño.
Ambas mujeres estallaron en carcajadas y Gato, como si entendiera a la perfección el momento, saltó con elegancia a una pequeña mesita que Margot tenía fuera, donde probablemente se fumaba sus cigarrillos en paz. Maulló con orgullo, lo que atrajo todas las miradas.
—Os dais cuenta, ¿no? Pues eso… —sentenció Luna, dando unos suaves toquecitos en la cabeza del animal.
Las tres charlaban animadas en la puerta sobre el clima, los turistas y el calor inusual para ser octubre. Fue entonces cuando Luna notó algo a través del cristal.
—Margot —dijo, señalando el interior del estudio—, creo que tienes… ¿alumnos? ¿Clientes?
Margot giró la cabeza como si de verdad se hubiera olvidado de ellos. Miró dos veces hacia la ventana antes de responderle con un gesto de la mano. Parecía a punto de decir algo importante cuando Vivi le apretó el brazo con un toque firme.
—Espero verte pronto por la tienda, querida. Ahora nos vamos. Luna tiene mucho que hacer antes de abrir, y todavía quiero presentarle a su posible nuevo archienemigo… y al panadero. —Hablaba rápido, con una sonrisa amplia—. Porque ya sabes lo que dicen: ¡hazte siempre amiga del panadero!
Mientras Vivi avanzaba, Gato la seguía con su habitual aire majestuoso. Margot alzó la voz desde la puerta, divertida:
—¡Nadie dice esa tontería, Viviana Tate!
—¡Yo sí! —respondió ella a gritos, sin detenerse.
Tras atravesar la plaza, hicieron una parada en la panadería.
El señor Harry, dueño de Los Panecillos de Harry, les regaló una hogaza recién horneada con un gesto amable que Luna agradeció con sinceridad.
Su siguiente destino fue una librería impecablemente ordenada, con un escaparate brillante que parecía gritar: «Entra y compra».
Luna entró con cierta reticencia y salió aterrada.
—¿Por qué la gente limpia tanto? Deberíamos poner de moda la mugre —le dijo a Vivi en tono conspirador, lo que le arrancó una carcajada.
Cuando regresaron a la Librería de Segunda Mano Dumont, Vivi se detuvo en el umbral y suspiró.
—Sé que prometí ayudarte a limpiar, pero, ay, hija, estas rodillas mías… Espero que me disculpes.
—Jamás se me habría ocurrido ponerte un delantal de Harry Potter para, acto seguido, darte un trapo y dos cubos de agua jabonosa.
¿Por quién me tomas? —respondió Luna, que le sostuvo la mano con cariño—.
Has hecho más por mí de lo que jamás habría soñado para mi segundo-primer día en la ciudad. Gracias, Vivi. Descansa esas rodillas.
La anciana sonrió, mirando la mano que Luna sujetaba con evidente afecto.
—De nuevo, Dumont no se equivocaba. Sé de alguien que te lleva esperando mucho tiempo. Abre bien los ojos, querida. —Y con ese enigmático comentario, se dio la vuelta y emprendió el camino hacia: tés nada corrientes para transeúntes nada especiales .
Justo cuando Luna estaba a punto de cruzar el umbral de Dumont, Vivi se giró y gritó:
—¡Bébete el elixir antes de enfrentarte al polvo y las arañas! ¡Te dará la energía que necesitas!
—¡Lo haré! ¡Gracias de nuevo!
Una vez sola, Luna se sentía llena de optimismo. Miró el pequeño frasco blanco con la inscripción «Una mano no hace daño» y, sin pensarlo demasiado, se lo bebió de un trago.
—No está mal, pero tampoco repetiría —murmuró antes de dejar el botecito vacío en el mostrador.
Cogió dos cubos que había encontrado la noche anterior en el baño, junto con unos productos de limpieza probablemente caducados, y se armó con un trapo que estaba claro que había conocido días mejores.
—Total, es para limpiar mugre, no para la cara.
Decidió empezar por el mostrador. Apartó con cuidado un grueso volumen de aspecto antiguo, Cuentos y leyendas vivas del Barrio Francés , además de unos papeles amarillentos que quería leer más tarde y un pisapapeles oxidado que pensaba tirar.
Comenzó a frotar mientras tarareaba la melodía que aún resonaba en la calle.
Fue entonces cuando notó algo extraño: el trapo, que al principio parecía inútil, comenzó a deslizarse con una facilidad inusitada.
El polvo desaparecía como por arte de magia y la madera del mostrador recuperaba un brillo cálido.
—Esto… no puede ser normal —murmuró, contemplando el trapo lleno de suciedad. Lanzó una mirada acusadora al frasco vacío—. ¿Qué demonios me has dado, Vivi? Muy maja y todo, pero me has drogado.
Desde una estantería alta, Gato la observaba con aire satisfecho.
—No digas nada, jefe. Ya sé que algo raro está pasando, pero no pienso quejarme.
El gato maulló con suavidad, como dándole la razón.
—¿Esto es lo que sienten las princesas Disney cuando cantan y los animales limpian por ellas? Porque este trapo mágico es lo más cercano a que entren unos ratoncitos monos y se pongan con el mocho.