Manual para tratar con hadas y otros incordios mágicos 2. Mugre encantada
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2. Mugre encantada

Mugre encantada

Luna despertó con la sensación de haber dormido dentro de un tambor de lavadora en pleno programa de centrifugado. Apenas amanecía. Lo supo por los débiles rayos anaranjados de sol que le daban directamente en la cara, sin filtros, como si el polvo se hubiera desvanecido solo para molestarla.

Se giró, todavía enredada en una manta demasiado fina para otoño en Nueva Orleans, y se quedó mirando el techo.

Como no podía ser de otra forma, una de las esquinas estaba plagada de telarañas.

Solo de imaginar el tamaño de las arañas que podrían haberlas tejido, decidió que era hora de levantarse y empezar a trabajar en su lista.

El panorama no mejoró mucho al mirar por la ventana: las vistas desde la habitación daban al mugriento callejón; desde allí, podía ver su vieja furgoneta roja que no desentonaba con el ambiente.

—Genial. Una vista de ensueño —murmuró, retrocediendo y esquivando cajas de libros mientras se dirigía a las escaleras—. Necesito café.

Agachó la cabeza, con cuidado de no tropezar y bajarlas rodando para convertirse en el desayuno de las arañas, cuando un sonido alegre y agudo llamó su atención.

Levantó la mirada hacia la puerta de la librería.

Una sombra desdibujada esperaba al otro lado del cristal.

Sus ojos se dirigieron automáticamente hacia el gato, como para preguntarle en silencio: «¿Abro? ».

El felino, que descansaba con aire de rey sobre el mostrador, le devolvió la mirada primero a ella y luego a la puerta. Lo tradujo en un: «Sí, abre, esclava».

El timbre sonó de nuevo y Luna no pudo evitar sonreír. «Una cosa de la que no debo encargarme: suena fenomenal», pensó, aunque terminó diciendo:

—¡Ya va, ya va!

Cuando abrió, una anciana bajita y de pelo blanco le sonrió con amabilidad, ojos incluidos. Traía consigo una bandeja con dos tazas de peltre que contenían lo que parecía ser té, acompañadas de unos panecillos que olió antes de verlos.

—¿Eres tú la nueva? Hazte a un lado, querida, esto pesa un quintal y hoy hace tanto calor que creo que estoy a punto de desintegrarme cual vampiro de cine barato.

Luna se apartó de inmediato, algo atónita.

—Eh…, sí. Soy Luna, Luna Holloway —respondió, intentando sonar educada. No quiso parecer cortante, pero no se esperaba que nadie tocara a su puerta cuando la librería llevaba un cartel invisible que decía: «Cerrado por crisis existencial».

Cerró la puerta una vez que la anciana pasó. Lo que más la sorprendió de la visita fue cómo el descomunal gato negro la saludaba con un ronroneo y un restregón afectuoso antes de saltar del mostrador con agilidad y desaparecer entre un montón de libros apilados al fondo de la estancia.

—Buen chico —dijo la anciana con una sonrisa mientras veía alejarse al felino—. Siempre tan educado con las visitas.

Después, giró la cabeza hacia Luna.

—Ah, querida, perdona mis modales. Supongo que en realidad me siento como en casa.

¿Luna, dijiste? Soy Viviana Tate, tu vecina y, por lo visto, tu hada madrina —dijo con una sonrisa tan amplia que Luna se contagió de ella—.

Y sí, veo que necesitas la teína tanto como un buen mocho.

Por cierto, llámame Vivi; me hace parecer más joven.

Sintiendo una vergüenza terrible por lo desaliñada que debía verse, Luna se apresuró a decir:

—Es un placer, Vivi, y sí, gracias por esto —añadió, señalando la bandeja y rehaciéndose el moño—. Justo pensaba salir a buscar un café.

—Ay, esta juventud… Nada de café, cariño.

Té. Nunca subestimes una buena taza. A partir de ahora, aunque es cierto que a pocos locales hay una maravillosa cafetería, aún más cerca te queda mi tienda, y te sorprenderá la gran variedad de brebajes que tienes a tu disposición.

Hoy te he traído uno que creo que te será muy útil —dijo con una sonrisa enigmática mientras cogía una de las tazas y se la ofrecía.

Luna, desconcertada, la aceptó. Desprendía un aroma dulce y especiado.

—Gracias —dijo, todavía algo perdida—. De verdad, no tenías que molestarte.

—Oh, querida, claro que sí. «Té de Ataraxia», así lo llamé cuando lo preparé por primera vez hace años. Quienes lo prueban dicen que calma la mente y despierta el alma. Me pareció perfecto para este nuevo comienzo.

Luna sonrió y se sintió extrañamente reconfortada.

—Huele como…, como si un jardín de rosas hubiera decidido mudarse a una nube. ¿Qué lleva?

—Pétalos de rosa, lavanda, un toque de miel y pimienta blanca —respondió Vivi con orgullo—.

Cada ingrediente tiene su propósito, pero basta decir que te ayudará a empezar el día.

Ahora, ¿qué te parece si damos un paseo?

Puedo enseñarte mi tienda, presentarte a algunos vecinos y, si luego te apetece, puedo echarte una mano con…

—Hizo un gesto amplio con los brazos, abarcando toda la librería—. Con todo esto. ¿Nos vamos?

El té caliente le estaba sentando de maravilla; de repente se sentía ligera, optimista, como si todo fuese posible.

Asintió con entusiasmo y, tras desaparecer escaleras arriba para ponerse la misma ropa que usó en el viaje (un vaquero oscuro y un jersey ancho de rayas), regresó con la taza vacía y tomó un panecillo al que arrancó un trozo para probarlo.

Con la boca llena, preguntó:

—¿Este pan también es mágico?

—Oh, no, querida. Solo el té. Vamos. ¿Te vienes, Gato?

—¿Se llama Gato? —preguntó mientras miraba al felino estirarse con la calma de quien sabe que el mundo está bajo su control.

—Fenomenal —dijo Vivi, abriendo la puerta—. Sí, ese es su nombre —susurró cuando Luna pasó a su lado—. Es un animal… especial.

—Y que lo digas —murmuró ella con un deje de complicidad, antes de seguir a Vivi al exterior.

El aire fresco de la mañana la envolvió, cargado de los aromas únicos del Barrio Francés.

Era temprano, apenas las ocho, y las calles adoquinadas brillaban bajo la luz suave de un sol otoñal.

El dulce olor a flores de los balcones se mezclaba con un toque especiado; le recordaba a una cocina donde se horneaban galletas de jengibre.

A lo lejos, el sonido de unas trompetas flotaba como un eco distante.

Vivi, con su porte elegante y la bandeja vacía bajo el brazo, lideraba la marcha con confianza.

Su andar seguro contrastaba con el de Luna, más lento y curioso, mientras absorbía cada detalle de los escaparates pintorescos y las fachadas coloridas.

Aunque su favorita seguía siendo la amarilla de Dumont.

—Primera parada: mi pequeña cueva de alquimia. Tés Nada Corrientes para Transeúntes Nada Especiales —anunció Vivi, e hizo una floritura con el brazo libre para señalar su tienda.

El escaparate, un mosaico de frascos y latas de todos los colores imaginables, parecía contener más secretos que unas simples hojas de té.

—¿Has dicho… pequeña? —preguntó Luna, deteniéndose frente al cristal. La luz matinal jugaba con los reflejos en los frascos, lo que creaba destellos mágicos. Dentro, vio estanterías de madera oscura repletas de tarros, latas, pequeños cuencos y libros que parecían recetarios antiguos.

—Bienvenida al corazón de mis días felices —dijo Vivi mientras sostenía la puerta para que entraran. Gato, con la cola alzada, se adelantó con aire altivo.

—Esto es… mágico —murmuró Luna, girando sobre sus talones para contemplar cada detalle. Las etiquetas, escritas a mano, añadían un toque personal y encantador—. No sé si quiero beberme todo esto o mudarme aquí.

—Siéntete como en casa, querida. Pero cuidado: te recomiendo preguntarme antes de sumergir cualquiera de esas hojas en agua hirviendo —bromeó Vivi con una risa que parecía iluminar aún más la tienda.

Tras unos segundos buscando entre cajones y maldiciendo su «mala cabeza», Vivi encontró un pequeño frasco blanco y se lo ofreció a Luna.

—Huele —ordenó con una sonrisa cómplice mientras lo destapaba con un suave clic.

Luna aspiró y abrió los ojos con asombro.

—¿Canela y algo fresco como… menta?

—¡Exacto! Y algún que otro ingrediente secreto que me guardo para mí. —Vivi le guiñó un ojo—. A este lo llamo «Una mano no hace daño». No es el nombre más brillante, pero encaja con su cometido.

Por un instante, Luna notó una chispa de juventud en los ojos de Vivi, como si todo su esfuerzo y amor estuvieran destilados en ese frasco.

—Es un regalo para ti —dijo Vivi, interrumpiendo sus pensamientos—. Ya está listo para beber. Es fuerte, pero espero que te encante.

Luna lo cogió agradecida y se lo guardó en el bolsillo trasero del vaquero.

—¿Sabes qué? —soltó con energía. Vivi y Gato la miraron con atención—. Con el alquiler de la librería están incluidos todos los libros. ¿Por qué no eliges uno o dos como agradecimiento?

—¿Cualquiera?

—¡Cualquiera!

Vivi sonrió con calidez.

—Mejor espera a desempolvarlos, querida. Quizá alguno te sorprenda.

Luna asintió; se sentía feliz y lista para conocer más del Barrio Francés.

Los tres salieron de la tienda de Vivi y, tras avanzar unos pasos, tomaron un desvío hacia un callejón que desembocaba en una pequeña plaza.

El lugar era un remolino de colores y aromas: puestos callejeros ofrecían flores frescas, beignets recién hechos y velas artesanales de cera de abeja y soja.

La música parecía brotar de cada esquina, creando un ambiente tan encantador que Luna se detuvo un momento para empaparse de todo.

Miró a los perros que paseaban atados con correas elegantes junto a sus dueños y sonrió al imaginar lo bien que se lo pasarían en Cayo Hueso persiguiendo a los gallos. Se sentía como en un escenario de película, pero uno real, con bordes imperfectos que le daban más vida.

La segunda parada fue un pequeño estudio de arte, cuyo escaparate estaba a rebosar de lienzos con bocetos rápidos pero cautivadores de la ciudad.

Vivi llamó con los nudillos al cristal, siguiendo un patrón que Luna memorizó casi sin querer: golpe, golpe, pausa, golpe, pausa, golpe.

«¿Un código secreto? Nunca se sabe», pensó divertida.

—¡Margot, sal! ¡Quiero que conozcas a Luna!