Manual para tratar con hadas y otros incordios mágicos 1. Polvo y promesas #2
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1. Polvo y promesas #2

—En el fondo te entiendo, mamá —susurró mientras acariciaba el sello que rezaba: ink las páginas finas y amarillentas crujieron al pasarlas. La primera hoja estaba vacía, pero en la segunda, un mensaje manuscrito apareció en tinta negra:

«Para quien busca más allá de lo visible».

Luna parpadeó, tratando de entender lo que leía. Pasó una página más, esperando encontrar… ¿letras?, pero el resto del libro estaba vacío. Cada página, lisa y silenciosa, aguardaba a su autor.

—Vale, esto es… raro —murmuró, mirando a su alrededor como en busca de alguien que pudiera darle una explicación.

El gato, que había permanecido en silencio, dejó escapar un suave maullido. Luna giró la cabeza hacia él. Estaba sentado en el mostrador, observándola con una intensidad que le hizo sentir que había dicho algo importante.

—¿Qué sabes de esto? —preguntó, sin esperar realmente una respuesta.

El gato entrecerró los ojos y, con la elegancia que solo un felino podía tener, se tumbó sobre las patas dejando claro que, por su parte, la conversación había terminado.

Cuando Luna volvió a mirar el libro, percibió un destello por el rabillo del ojo.

Al lado de otros volúmenes tan decadentes como los demás, vio lo que parecía ser una diminuta pluma iridiscente, apenas del tamaño de una uña, que brillaba en la penumbra.

La cogió con delicadeza entre los dedos, maravillada por su fragilidad.

—¿Y tú de dónde sales? —susurró, preguntándose si destellaba debido a un efecto óptico del polvo y las luces.

Pero no, tenía luz propia, cuyos colores eran imposibles de ver dos veces en el mismo lugar.

Era tan ligera que apenas la sentía en los dedos. Parecía… viva, como si en cualquier momento fuera a alzar el vuelo.

—¿Qué eres? —dijo, esta vez casi esperando una respuesta.

Un suspiro del gato la hizo dar un brinco. Luna se acercó despacio al animal y le enseñó la pluma. El gato se acercó para olfatearla; parecía curioso, pero… No. A la siguiente respiración de ella, el gato se giró y le dio la espalda.

Sacudió la cabeza y decidió que ya había tenido suficiente misterio por una noche.

Se metió la pluma en el bolsillo del pantalón vaquero y se le ocurrió llevar también consigo el libro en blanco a la habitación.

Pensó que tal vez la pluma y el libro serían el comienzo de una colección de rarezas de la librería.

Y si no, siempre podía usarlo como cuaderno de apuntes o decoración, respectivamente.

Tenía hambre. Así que le pareció una buena idea comerse en la cocina los snacks que se había traído para ir familiarizándose con la casa.

Cuando entró, se arrepintió al momento y añadió mentalmente otra tarea importante:

• Limpiar la cocina y hacer la compra.

Esta vez sin chistes.

Contra todo pronóstico, se durmió del tirón. Y quizá, si hubiera estado más atenta, si hubiera abierto los ojos, habría visto que esa noche no dormiría sola; que una sombra pausada y curiosa velaba su sueño y que, además, el saxofón había tocado para ella una canción de cuna.