Manual para tratar con hadas y otros incordios mágicos 1. Polvo y promesas
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1. Polvo y promesas

Polvo y promesas

Aparcó en un callejón que bien podría ser el set up de cualquier película donde se acabara asesinando a una jovencita despistada. Se bajó de un salto. Giró la esquina y tuvo que sonreír cuando la fachada de ladrillo amarillo envejecido apareció delante de ella.

El anuncio no incluía fotografías; aun así, y antes de leer el letrero oxidado que rezaba: librería de segunda mano dumont , supo de inmediato que aquel era su recién adquirido pedacito de Nueva Orleans.

Todo lo que conformaba aquel lugar gritaba abandono, desde los ventanales opacos hasta las macetas vacías en los balcones.

Así y todo…, Luna se llevó las manos a la boca; sentía las comisuras tirantes, no podía dejar de sonreír.

Estaba perdida en aquella dicotomía cuando una voz grave y ronca la devolvió a la realidad.

—Bienvenida al Barrio Francés, señorita. ¿Es usted Luna Holloway?

Luna buscó con la mirada el origen de aquella voz y se encontró con un anciano elegante y de porte antiguo, como sacado de otra época, sentado en una silla de hierro oxidada que sin duda había vivido momentos mejores.

Se fijó en la mesita, que tenía la misma mala pinta.

«¿Se estaba tomando un café? ¿Enfrente de una librería abandonada? ».

Dio por hecho que era el señor con el que había conversado por email, el dueño de la librería que estaba a punto de ser casi suya. No tenía otra explicación.

—Señor Dumont —contestó rápido mientras se alisaba el jersey y se colocaba los rizos que ya no serían rizos a esas alturas—. ¿Verdad?

Él sonrió con una amabilidad medida y señaló con la barbilla una silla que Luna juraría que no estaba ahí hacía un segundo. Tomó asiento.

—¿De Florida? —dijo el anciano, rompiendo el silencio.

Luna sonrió, agradecida de hablar con alguien después de tantas horas.

—Del punto más al sur del estado, señor. Cayo Hueso.

—Oh, vaya —dijo el anciano como si hubiera recordado algo de otro tiempo, uno que parecía feliz—. Recuerdo a los gallos. Estaban por todos lados. ¿Siguen siendo los dueños de las calles?

Luna rio de nuevo. Acababa de decidir que le caía bien el anciano.

—Lo son. Hace años que ni los gatos se enfrentan a ellos.

—Me alegro —dijo, llevándose el vaso de cartón a la boca—. Son criaturas maravillosas. Y los gatos —añadió con cierta picardía.

El silencio se instaló de nuevo entre ellos.

—Así que librera, ¿eh?

Librera , se repitió en la cabeza y se sorprendió al pensar en que era la primera vez que oía a alguien decirlo en voz alta, porque ni siquiera ella misma se había atrevido.

Solía usar términos como «he alquilado una librería» o «voy a vivir de vender libros».

Librera le gustaba mucho más. Y por si aquello era una especie de prueba, tomó aire con decisión, relajó los hombros y, recordando el enigmático anuncio, dijo:

—Sí, señor. Quiero ser librera. No creo que «ser librera» sea una profesión más. Esto no es solo un negocio para mí. Tengo el corazón abierto y…

—… ¿Y la mente? —añadió el señor Dumont con una sonrisa comprensiva.

—Sí, por supuesto —continuó ella—. Y no soy alérgica al polvo.

Tenía el corazón acelerado, le sudaban las manos y, entre pensamientos intrusivos en los que se imaginaba volviendo a casa con el corazón roto, pensó en que el color amarillo de la fachada era su nuevo color favorito.

—¿Sabes, niña? —dijo de repente el anciano, sacándola de nuevo de sus pensamientos, que iban a toda velocidad—.

Yo no soy más que un viejo librero. Y seguramente olvidarás pronto esta conversación.

—Mientras hablaba, se retorcía las manos.

Huesudas—. Yo no lo haré. A mi edad, aprendes a valorar las pequeñas cosas de la vida.

Como las conversaciones azarosas con jovencitas sureñas.

Luna no pestañeaba.

—Dumont elige cuidadosamente a cada persona que cruza su umbral —dijo señalando la puerta. Una puerta ligeramente abombada por la humedad y rodeada de cadenas ennegrecidas. Y preciosa, pensó Luna—. Y parece que ya ha hecho su elección.

El señor Dumont se puso en pie. Ella hizo lo mismo y se recolocó los vaqueros oscuros y el jersey mientras anhelaba lo siguiente que fuera a decir.

—A mí solo me queda decirte algo que de repente me parece importante, tanto o más que saber que no eres alérgica al polvo, claro.

Luna sonrió mientras el anciano se erguía por completo sin esfuerzo y rodeaba la mesa para situarse justo enfrente de ella. De fondo escuchaba el sonido de un saxofón que parecía imitar su propia respiración. «Y tú eres mi nuevo instrumento favorito», pensó.

—Lo que los libros dan a quien los lee no vive aquí —dijo, señalándose la cabeza con un dedo tembloroso—, sino más abajo.

Luna bajó la mirada. ¿Qué?

—Aquí —dijo, llevándose la mano al corazón.

Eso no lo esperaba. Esperaba unas palabras de ánimo o unas palmaditas en la espalda, no un discurso capaz de cambiarle la vida. Luna se llevó la mano al corazón, conmovida.

—Exacto. Ahí. No lo olvides. Porque incluso cuando seas tan vieja como yo y no puedas leer ni recordar los libros, esas historias siempre te pertenecerán y te acompañarán.

Luna ya no podía aguantar más las lágrimas. Ni el hipo, desgraciadamente.

—Creía que era importante que lo supieras.

Trató de serenarse, de sonar firme cuando dijo:

—Muchas gracias, señor Dumont. Ha sido… lo que necesitaba escuchar, creo.

El anciano sonrió con amabilidad y rebuscó en el bolsillo interior de una chaqueta tres cuartos.

Sacó un manojo de llaves. Estaban oxidadas y desgastadas, demasiado viejas para alguien tan pulcro y bien vestido, pero totalmente acordes con la estética de la librería.

Se las tendió con una rapidez que sorprendió a Luna.

Al igual que el hecho de que se apartara de ella justo en el momento en que Luna le tendió la mano como gesto de despedida.

De repente parecía que deseaba librarse de ese peso cuanto antes.

—Aquí tiene. Toda suya ahora. Buena suerte, señorita Holloway. Creo que encajará en esta ciudad. No parece alguien a quien Nueva Orleans pueda asustar.

Antes de que Luna pudiera responder, el señor Dumont ya se estaba dando media vuelta. La dejó sola en medio de la calle, con la sensación de que algo había incomodado al anciano, pero sin saber qué.

Respiró hondo. Miró a ambos lados. La acera bullía con turistas, repartidores y artistas callejeros que se disputaban el ruido y el aire. Pero nadie parecía haberse percatado de su extrañísima interacción.

Música.

La melodía suave de trompetas y saxofones que la habían acompañado desde que bajó las ventanillas seguía resonando como un eco.

Sonrió al recordar a Louis, el protagonista de Entrevista con el vampiro , y la frase que casi se tatuó: «Nueva Orleans era mi ciudad, mi hogar, y su decadencia y belleza reflejaban mi propia alma».

Aún no se sentía así, pero algo en su intuición le decía que aquel sí podría ser su lugar.

Cogió aire y se dirigió a su recién adquirido trocito de Nueva Orleans.

Lo primero que encontró fue una pila de periódicos amarillentos y un candado oxidado.

Tras forcejear con este durante lo que le pareció un lustro, finalmente logró abrirlo.

El interior estaba oscuro, con un aire rancio y una nube de polvo espesa.

Desde luego, la librería no gritaba «entra y compra», sino «entra y limpia».

—Por favor, que no esté embrujada… Al menos, no demasiado —susurró.

En ese instante, un descomunal gato negro saltó desde una estantería y se situó detrás de ella. La miró con una mezcla de desaprobación y curiosidad. Luna sintió la necesidad de romper el silencio.

—Soy Luna —dijo, intentando mostrarse amigable con el felino, pero una bocanada de polvo la hizo toser.

Para su sorpresa, el gato no reaccionó. La evaluaba desde una distancia inquietantemente pequeña.

—Perdón. Creo que tengo que limpiar esto a fondo.

Un clic fantasmagórico sonó a su alrededor y unas luces cálidas iluminaron la estancia.

Luna se volvió hacia el gato.

—¿Tú?

No, era evidente que el animal no había encendido las luces. Luna suspiró y miró a su alrededor.

Los libros cubrían cada rincón, unos estantes inclinados desafiaban la gravedad y una silla antigua parecía prometer el crujido perfecto de película de terror.

«Bueno, al menos no hay telarañas gigantes. Una pequeña victoria» .

Luna caminó lenta y decidida hacia el mostrador. Sentía la mirada del gato en la nuca mientras tocaba un volumen tan cubierto de polvo que era imposible leer el título. Suspiró y recordó al anciano señor Dumont:

«No vas a encontrar un alquiler más barato con estas dimensiones en toda la ciudad».

—Obviamente, señor propietario, gracias por esto —murmuró antes de dejar el libro con cuidado en su sitio ancestral.

Giró sobre sus talones y se fijó en la estrecha escalera de caracol. Al menos era de hierro y, aunque no sabía nada de construcción ni de materiales, se sintió un poco mejor.

Subió con la esperanza de encontrar la habitación, la cocina y el baño equipados por completo que Dumont le había vendido como otra razón para alquilar el local:

«Así no tendrá que pagar un dinero extra por una habitación. Podrá vivir arriba; es cómodo y acogedor».

Y allí estaban: tres puertas cerradas, repartidas sin mucho sentido. Las abrió. Eran tal y como esperaba: polvorientas, anticuadas y tan acogedoras como una cueva abandonada.

«Nada que un par de alfombras de flores y mucha (mucha) limpieza no puedan arreglar».

De nuevo abajo, mirando al gato —que parecía lo más esperanzador de aquel lugar—, Luna decidió pasar a la acción.

Salió de la librería en dirección al callejón.

Sacó del maletero sus libros y las pocas pertenencias que llevaba consigo.

En una de las cajas, el sello borroso de la vieja librería de su madre le manchó los dedos.

Lo de su madre con los libros era mucho peor que cuando hay un instalove en un romance que promete un enemies to lovers.