Manual para tratar con hadas y otros incordios mágicos Prólogo
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Manual para tratar con hadas y otros incordios mágicos

Manual para tratar con hadas y otros incordios mágicos

Por Rocio Sanabria

© inepub.com

Prólogo

«Nueva Orleans o quiebra emocional, esas eran mis opciones y el GPS parecía inclinarse por la primera».

Luna conducía su vieja camioneta con más esperanza que gasolina mientras disfrutaba de cómo las interminables carreteras de Florida se iban transformando en paisajes más vibrantes.

Atrás quedaban su vida en Cayo Hueso, sus padres y su tercer año en Gestión Hotelera.

Además de su bien más preciado: su librería.

Le hubiera gustado meter en el maletero todos y cada uno de los libros que había leído en su vida, pero, siendo realistas, le había parecido suficiente cargar solamente con toda la colección de fantasía.

Además de una maleta con el resto de su vida.

Había leído tanto sobre Nueva Orleans durante la última semana que ya no distinguía qué imágenes eran propias y cuáles reales.

Una ciudad que prometía música, decadencia y segundas oportunidades.

Trompetas en cada esquina y balcones repletos de flores.

Lo más probable era que le esperaran alquileres imposibles y tráfico caótico.

Pero, por primera vez en mucho tiempo, Luna quería creer que esta vez sería mejor.

Que encajaría.

El café llevaba frío demasiados kilómetros. Aun así, le dio un sorbo y arrugó la nariz. El aire ya no olía a salitre ni a gasoil, Luna empezó a percibir un aroma a carretera y a cansancio. A malos recuerdos.

A…

«Algo práctico, Luna».

«Algo con salidas».

No pensaba que el viaje fuera a ser tan largo, pero no había contado con que su antigua camioneta no podría ir a la misma velocidad que Google Maps.

Era la tercera vez, ¿la cuarta?, que sonaba su canción favorita, «My Way» de Frank Sinatra, y cuando se reprodujo «La vida es un carnaval», tuvo claro que no debería ser legal escuchar a Celia Cruz hasta el hastío.

No quería acabar aborreciendo sus discos favoritos.

Así que decidió que había llegado el kilómetro en el que era mejor seguir sin música.

Ahora lo único que oía eran sus pensamientos en bucle.

«Leer no da de comer».

«No te puedes dedicar a los libros, de eso no se vive».

Cuando empezaba a pensar que iba a volverse loca, vio la señal que anunciaba que estaba llegando a Nueva Orleans.

La ciudad la recibió con un cielo teñido de tonos naranjas y dorados.

El aire vibraba con música, las calles parecían contar historias y los colores y las flores en los balcones de hierro eran tal y como los había soñado.

Por un momento se olvidó de que todavía tenía que convencerse de que aquello era una buena idea.

Se sentía de buen humor y, sin darse cuenta, estaba sonriendo.

«Ha llegado a su destino. Trescientos sesenta y seis de St. Ann Street».