Manual para construir un infierno 02. Lunes por la mañana. Tres semanas más tarde
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02. Lunes por la mañana. Tres semanas más tarde

Lunes por la mañana. Tres semanas más tarde

— ... y después de estos breves consejos publicitarios, volvemos con una última hora que acaba de llegar a la redacción de La calle es nuestra .

Se trata de una noticia relacionada con Gregorio Jesús Sánchez Sánchez, más conocido como Grego, el hasta hace poco centrocampista del Sevilla Fútbol Club y de la selección nacional que, como todos ustedes conocen, hizo pública su homosexualidad recientemente, protagonizando así una de las salidas del armario más sonadas que se recuerdan en este país y viendo cómo, poco tiempo después, el club prescindía de su ficha.

Tirando de tópicos, Grego pasó, de la noche a la mañana, de ídolo a villano.

Y es que, como ustedes nuestros oyentes saben, y por decirlo de un modo eufemístico y suave, el fútbol profesional es uno de los ámbitos menos permeables a la diversidad sexual.

Pues bien, según acabamos de saber, hace tan solo unas horas, esta misma madrugada, Grego ha sido víctima de un allanamiento en su domicilio.

Afortunadamente y por lo que conocemos hasta el momento, que no es mucho, no hay que lamentar daños personales, ni del propio Grego ni de su entorno familiar.

Esto es así, ¿verdad, Lola? Cuéntanos, ¿qué más sabemos sobre este suceso?

— Que no es poco, y sí que es extraño, Lola, sí.

— Bueno, bueno, bueno... ¡Esto sí que es una noticia bomba!

— Pero ¡bomba, bomba, bombaaaaaaaaa!

— Les recordamos a nuestros oyentes que ese nombre y esas cifras aluden a un versículo de la Biblia que se ha hecho muy famoso en las últimas semanas a raíz de los asesinatos cometidos en el entorno de Sacramento, una pequeña cadena de hoteles gay-friendly.

Fue en esta misma emisora, en este mismo programa de La calle es nuestra, donde salió a la luz todo un entramado criminal de asesinatos, narcotráfico y blanqueo de capitales que aún está en manos de la policía y de la justicia y sobre el que hablaremos largo y tendido en la siguiente hora.

Todo comenzó con la llamada de un oyente bajo el seudónimo de Levítico que...

Iván apaga la radio. La mirada asqueada de Pilar apoya la decisión.

Seguro que, como él, habrá estado a nada de posponer sus vacaciones por enésima vez cuando Diosdado la ha llamado para contarle lo sucedido en casa de Grego, pero solo habrá sido un momento de indecisión, seguro que después, como ha hecho él, habrá inspirado profundamente y habrá soltado el aire despacio y entonces se habrá dicho que no, que claro que la Costa Brava siempre va a estar ahí, pero que esta vez no va a volver a anteponer el trabajo.

Otra vez no. Ya no. Sin embargo, no puede evitar preguntarle:

—A todo esto: seguimos sin señalamiento, ¿no?

—Y va para largo. —Ya conoce el coche de Pilar, un Passat.

No es el último modelo, pero esta mañana, cuando ella lo ha recogido en la puerta de su casa, le ha sorprendido que todavía oliese a nuevo—.

El sumario está resultando más complejo de lo esperado.

El fiscal calcula un mínimo de dos años de instrucción.

Me ha dicho que tienen abiertas dos líneas de investigación simultáneas, la económico-financiera y la criminal.

Por un lado, y en palabras más o menos textuales: el tinglado societario y contable que ha montado esta gente se parece a un estropajo de níquel.

Así de enredado. El crecimiento de SurConEd estaba siendo tan rápido en gran medida gracias a que el grupo Sacramento se dopaba con el pastizal del narco que blanqueaban.

Y, por el otro, cada vez tienen más claro que Jhon, Quino y Alberto fueron víctimas de su curiosidad.

Algo debió de averiguar Quino de ese entramado y contárselo a los otros dos, lo que provocó que los tres miembros de la trieja sentimental fueran eliminados uno tras otro por Tomás y su vasallo, Ventura.

Lo de Segis ya lo conoces: un arrepentimiento en el último momento, motivado por su cáncer terminal y por haber tenido un affaire con Jhon y Alberto, algo que no podemos demostrar, pero que nos encaja a la perfección.

Lo que más rabia me da es que, como el juez instructor no ha visto riesgo de fuga, tus amigos de SurConEd y Sacramento van a seguir disfrutando de un veraneo sin fin. A l'estiu tot el món viu.

Iván se queda durante unos minutos mirando las líneas discontinuas de la carretera y masticando el resumen de Pilar.

Valientes hijos de puta. Él sabe, como ella sabe, como el comisario sabe, como el jefe superior sabe, como el ministro sabe, y como el mismo señor juez sabe, que los de Sacramento, SurConEd y su puta madre se irán de rositas.

Limpios e inmaculados, los de su clase nunca terminan chupando reja.

Lo peor de todo es que, igual que todos ellos lo saben, la gente de la calle también lo sabe, pero aquí nunca pasa nada.

Tragamos lo que no hay en los escritos. Tenemos lo que nos merecemos.

—Por lo menos, nos queda el consuelo de que muy tranquilos no deben de dormir —dice Pilar, como si hubiera llegado a la misma conclusión—, con el loco de Ventura por ahí suelto. Al final, va a ser verdad eso de que el dinero no da la felicidad.

—Ese es un pensamiento de tiesos —replica el inspector con un chasquido de la lengua—.

Si algún día me baño en una piscina de billetes de quinientos, opinaré.

Mientras tanto, permíteme que lo dude. Esos hijos de la gran puta duermen más a gusto que tú y que yo.

Si algo les inquieta por las noches es qué ropa se van a poner al día siguiente para no repetir modelito.

Pilar sonríe. Él, tímidamente, casi a su pesar, la secunda y a continuación echa una mirada al asiento de atrás, donde Rafa está tumbado y enchufado a los sempiternos auriculares.

—¿Todo bien por ahí abajo? —Su hijo se limita a levantar el pulgar—. Si tienes alguna información sobre el caso que desees compartir con nosotros, somos todo oídos, chaval.

—Tranquilos, compañeros, os mantendré al tanto —responde con un aire de solemnidad que no le puede pegar menos.

Ni que decir tiene que, aunque la escena reproduce algunos aspectos de la que tuvo lugar hace más de un mes, cuando los tres se dirigían en ese mismo coche a Torremolinos, ahora el destino y las circunstancias son bien distintos.

Vacaciones en la Costa Brava, por fin. Con su compañera —su amiga—, y su hijo.

Buen rollo. Aunque cuesta creerlo. Por ejemplo, cuando Iván ha llegado tarde con la excusa de que había ido al cementerio a visitar a un compañero de terapia, un tal Manu que trabaja allí, Pilar ha resoplado, ya estamos, ha dicho, ¿de verdad quieres que me trague que tienes un amigo enterrador?

Pero Iván le ha jurado y perjurado que le ha contado la verdad.

Que no es amigo suyo, y que solo ha ido a darle un recadito de parte de Felipe y Ramón, los dueños del Cakes&Run, y ella que si no ha podido decírselo por teléfono, y él, pues que no, que algunos asuntos solo se pueden solucionar en persona.

—Y el Manu ese, si no es amigo tuyo ¿de qué lo conoces? —pregunta Pilar.

—Te basta con saber que es un mal bicho que se merece todo lo malo que le pase. —Iván esconde las manos, tiene los nudillos desollados—. Le va a costar reconocerse en el espejo durante un tiempo. El recadito no le ha gustado mucho.

Pilar asiente despacio. Por esta vez, mejor dejarlo estar.

—Quien lo está pasando realmente mal es Juan Muñoz —dice la subinspectora.

—Lo sé, y mira que he hablado con él una docena de veces, pero el pobre no levanta cabeza.

Le he dicho por activa y por pasiva que todos estamos de su parte, que se ciña a la versión oficial, es decir, que fui yo quien, en defensa propia, lanzó a Tomás por la ventana, que él no vio ni oyó nada porque estaba inconsciente en el suelo con una brecha en la cabeza, que la fiscalía se lo ha tragado y está por la labor de no menear mucho y que, si lo meneara, que no lo creo, contamos con nuestra Nuria, que está al tanto de todo...

—Pero se siente culpable —interrumpe Pilar.

—Normal. Ha matado a una persona y eso marca como pocas cosas en la vida. Tomás era un mal bicho, un asesino y todo lo que tú quieras, pero lo que hay es lo que hay: Juan Muñoz lo mató. Y eso, para alguien como el segurata, tan, no sé, tan blandito...

— Pobre home.

—Cuanto más cerca, más catalana, compañera.

— Ves-te'n a la merda.

Al cabo de un rato, para espantar la bandada de pensamientos que tratan por todos los flancos de regresar al caso, Iván vuelve a encender la radio.

En cuanto la voz de la Candau asalta el aire, gira el dial, pero en este tramo de carretera todo son ruidos e interferencias.

La única emisora que se escucha medio decentemente y en varios canales es La Purísima Radio.

Un cansino predicador con marcado acento eslavo se está dejando las cuerdas vocales para explicar a sus feligreses radiofónicos los peligros del fornicio y de la lujuria.

El inspector apaga la radio con un joder cansado y apenas susurrado.

—¿Te duele?

—Solo cuando respiro.

La risa de Pilar le pilla desprevenido, pero se le contagia.

—¡Mucho más cuando me río! —exclama apretando una mano sobre la boca del estómago.

—¡Lo siento! —Pilar no puede contener las carcajadas, al tiempo que se apura por mantener la vista en el asfalto y las manos firmes en el volante.

Iván agradece ese momento relajado. No hace ni dos horas que salieron y, aunque ella no se ha quejado, él no ha sido precisamente un buen copiloto.

—Mejor conecta el móvil y pon música. Pero a ver qué me pones.

—Algo muy marica —responde Iván. Pilar, a su vez, le devuelve un gesto de exagerada perplejidad.

Él, sonriendo, empieza a trastear con los mandos del navegador del coche y con el móvil. Involuntariamente, vuelve a encender la radio: