Manual para construir un infierno 03. Martes al mediodía. apenas media hora más tarde #4
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03. Martes al mediodía. apenas media hora más tarde #4

El capataz se vuelve. De algún lugar ha sacado un cuchillo.

Podría ser el mismo con el que le rajó la garganta a Iván.

Al inspector le palpita la yugular, en su interior la sangre galopa como si un disparo acabara de dar en Ascot la salida de la última carrera, la definitiva.

Le falta tocarse con un sombrero ridículo para rematar el cuadro.

—Lo dicho, inspector: eres un crack .

—Esto no es necesario, Tomás —responde Iván, dispuesto a apostar en la carrera—. Así no vas a conseguir nada. Ellos seguirán arriba y nosotros abajo. Y si me matas será mucho peor. Acabarás en la cárcel. Y ellos, gracias a sus abogados y a su dinero, de rositas. Ellos siempre ganan.

—Bla, bla, bla, inspector... ¿Qué te crees, que no lo sé?

Cuando me deshice de los tres estorbos para el negocio que eran Alberto, Quino y Jhon, mis jefes no supieron reconocérmelo.

No se creyeron que fui yo quien lo orquestó todo.

Han seguido ninguneándome. Pero esta vez va a ser distinto, porque tú eres Iván de Pablos, el famoso inspector de policía.

Una buena pieza. Si te liquido, comprenderán de una vez por todas que voy en serio.

Me van a tener que respetar sí o sí, hermano. Sí o sí.

—Eso no es respeto, sino miedo.

—Mejor. Más eficaz y más duradero.

Ris, ris, ris.

Ris, ris.

Ris.

Todo se precipita y se acelera a la velocidad del relámpago: Iván consigue rasgar el precinto hasta provocar una holgura de apenas un par de milímetros, suficiente para liberar una mano.

Es su última oportunidad. O la aprovecha o se acabó.

La mano duele hasta sacarle las lágrimas.

Con todo, consigue abrir los dedos y un punto de apoyo en el suelo, joder, cómo duele.

Se incorpora. Tomás se queda impávido. Iván no las tiene todas consigo, se tambalea.

Los pies, también atados, no le responden, pero se ancla lo suficiente en el suelo para impulsarse y abalanzarse sobre Tomás, en cuyos ojos, abiertos hasta lo imposible, puede ver que el temor ha emigrado de bando. Es su última oportunidad, se repite.

Sin embargo, es Iván quien siente la punzada.

Otra vez. Es a él a quien le duele. Otra vez.

Es su piel la que atraviesa el cuchillo que Tomás blande con firmeza.

Otra vez. Es él quien exhala un suspiro acuoso, casi untuoso.

Son sus manos las que se empapan de sangre, la suya.

Otra vez. Y es él, el inspector Iván de Pablos quien cae de bruces al suelo, agotado, tembloroso, frío e incrédulo.

Con un último impulso, sacado de quién sabe ya dónde, se da la vuelta, boca arriba.

Como un escarabajo que, por puro instinto, se afana en recobrar su posición.

Allá arriba, como un coloso, se yergue Tomás, con la más fría de las sonrisas.

Una sonrisa de plata. Lo ha conseguido: el capataz de la obra ha llegado adonde quería estar, a lo más alto, mientras que él, Iván, poco a poco se va hundiendo más y más abajo que nunca.

No puede apartar la mirada de esa boca que se ríe de él y del mundo.

Por mera inercia, pasa una última vez la lengua por las encías, de las que extrae el sabor metálico de los últimos coletazos de la química.

Ojalá una última raya. Morir dopado. Morir gozando.

Quizás sea ella, la química, la causa por la que ya no le duele.

Ni siquiera cuando Tomás extrae el cuchillo clavado en la boca del estómago del inspector.

La causa por la que Iván también esboza una última sonrisa, para que, allá en su cima, el capataz sepa que a él le da igual acabar así.

Claro que se acabó, hermano ... Y menos mal.

Hasta aquí hemos llegado. Y puede que también la coca sea la razón por la que, cuando Tomás vuelve a esgrimir el cuchillo en el aire y se dispone a asestar la puñalada definitiva, a Iván le importe ya todo un carajo.

Ya está bien, se dice. El inspector De Pablos cierra los ojos.

Con los ojos cerrados no ve que alguien aparece entre las sombras y, aunque renqueante, a su favor juega el factor sorpresa.

Juan Muñoz da un empellón rápido y arroja, lejos de su alcance, el cuchillo de Tomás.

El siguiente empujón lanza al propio capataz a escasos diez centímetros de la ventana pintada de gris que, encajada como está, se abre de golpe a la calle.

El fogonazo de luz es imposible e insoportable aun con los ojos apretados.

Iván tampoco ve el tercer golpe, con el que Tomás queda suspendido en el aire, apenas una milésima de segundo, no más, con el único y débil apoyo del dedo pulgar del pie izquierdo en el suelo, un paso de baile imposible que se desliza entre la penumbra muerta del interior y la luz excesivamente viva que acaba de arramblar con todo desde el exterior, y el gesto torcido y ciego de qué coño está pasando.

Por último, Iván, dejándose ir, tampoco asiste al definitivo, el último toque, ya suave, casi flácido y desganado, aunque dirigido con certeza y precisión hacia el vacío.

Caída libre de diez pisos, casi treinta metros de puro vértigo por los que se precipita el capataz ante la mirada atónita de su ejecutor, el segurata.

Pero, lo dicho, al inspector De Pablos todo eso ya le es ajeno.