Manual para construir un infierno 03. Martes al mediodía. apenas media hora más tarde #3
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03. Martes al mediodía. apenas media hora más tarde #3

—Aquella tarde —continúa Tomás—, después de la comida, en la barra libre, íbamos ya todos pasados de todo.

La orquesta llevaba un buen rato tocando los grandes clásicos de toda la vida, los paquitos chocolateros, los sufre mamón, las chicas yeyés...

—Iván, que busca una postura más cómoda, un apoyo, palpa el suelo.

Se trata de un mortero seco, basto y agrietado a la espera del pulimento final.

El inspector comienza, muy despacio, con mucho tacto y prudencia, a restregar contra este suelo el precinto de sus muñecas.

El roce produce un ruido como de élitros de grillo, pero más seco y menos melódico: ris, ris, ris.

Un ruido ahogado por las palabras de Tomás—.

Ya sabes cómo son esas comidas de Navidad.

Con las copas, mucho hacer el ganso y hablar más de la cuenta.

Pronto comenzó el desfile a los baños: para mear, pero algunos también para meterse algo.

Y otros, los menos, para flirtear con algún compañero o alguna compañera en quien nunca antes se habían fijado y en quien no se volverían a fijar hasta la comida de Navidad del año siguiente —ris, ris, ris—.

Ventura fue a mear y volvió a la mesa muerto de la risa porque había visto cómo Jhon, Alberto y Quino se encerraban en uno de los aseos para hacer las dos cosas a la vez, drogarse y meterse mano.

Decía que no se cortaron un pelo, que se les escuchaba desde fuera —ris, ris, ris—.

Segis se lo tomó como algo personal. Se levantó de la mesa hecho una fiera para llamarles la atención —ris, ris, ris—.

Y no me preguntes por qué, pero fui detrás de él.

Quizás porque intuía lo que iba a pasar: que aquellos tres lo iban a poner en ridículo.

No sé, imaginé que le dirían tío, métete en tus asuntos, si tanto te molesta, avisa a los del hotel, ya verás el caso que te hacen, aunque siempre te queda tu Señor Jesucristo, dile algo, seguro que también te va a escuchar, seguro que sí.

O, mejor aún, guapo, ¿por qué no te tranquilizas y te unes a nosotros?

Aquí hay hueco para uno más, entra, que te vamos a relajar esa cara de palo que te traes, no será la primera vez —ris, ris, ris—.

Al pobre de Segis por poco le da un infarto.

No sabía dónde meterse. Estaba tan borracho que casi no se tenía en pie.

Pese a ello, amagó con golpear a uno de los tres, no recuerdo si fue a Jhon, a Quino o a Alberto, pero no atinó, se resbaló y fue a dar de boca en aquel suelo lleno de meados y de papeles usados —ris, ris, ris—.

Lo que se dice un numerito, vaya. Entre Ventura y yo lo sacamos a rastras al jardín para que le diera el aire.

Lloraba, apestaba y tiritaba. Poco a poco conseguimos que se fuera calmando —ris, ris, ris—.

A estos maricones los mataba yo a todos, fue la primera frase completa que consiguió articular.

Ventura, al principio se rio, pero, al ver que yo asentía muy serio, dijo que él también, que aquellos desviados —lo recuerdo bien, utilizó esa palabra que hacía mil años que no escuchaba— no tenían ni media hostia, que ya iba siendo hora de que alguien los metiera en cintura, que a ver qué coño se creían, que estaba hasta los huevos de sus chulerías, que nos tenían arrinconados, a los heteros, que ya ni chistes de maricones podíamos contar y bla, bla, bla...

Y ahí se me encendió la luz. Fue entonces cuando les hice la propuesta: yo me encargaba esa misma noche de Quino.

Dos o tres meses después, Ventura liquidaría a Alberto en Cádiz.

Y otros dos o tres más tarde, Segis se cargaría a Jhon en Sevilla —ris, ris, ris—.

Tres muertos a manos de tres asesinos de tres provincias distintas.

—Y un solo móvil: la fobia al maricón. Todo muy lógico y evidente.

—¡Pues claro que lo era! Pero demasiado para ti, ¿verdad? Tú no te lo has tragado nunca.

—Ha habido momentos en que, no sé... —Iván no se equivocaba: la coca es de primera.

La lengua no le cabe en la boca—. Pero todo ese rollo de la religión, de la homofobia...

Excesivo. Y no porque no se siga dando, por supuesto que se da, solo tienes que escuchar las barbaridades que sueltan por la boca la viuda y el padre de Segis...

—Iván rememora en silencio la mirada y los silencios de niña vieja de Samara—.

Pero para que te hagas una idea de lo que de verdad he pensado todo este tiempo: cada cadáver que ha ido apareciendo ha sido como un bolso que venden los manteros de la calle Tetuán.

A mí me pones uno cualquiera de esos al lado del original y soy incapaz de diferenciar cuál es cuál, te lo digo en serio.

Pero los ves allí amontonados en el suelo y sabes que no pueden ser originales, que ni de coña, que valen veinte pavos, joder. Ni de coña.

—No sé por dónde vas, inspector. —Ris, ris, ris.

—Pues que hay quien se agacha en mitad de la calle Tetuán, le regatea al negrito de turno, compra el bolso, se lo cuelga al hombro y listo, a presumir de Prada, Chanel o Louis Vuitton.

—Pero el bolso no deja de ser falso.

—Más que Judas.

Iván se queda rumiando la conversación unos segundos.

Se pasa la lengua por las encías adormecidas.

Le invade esa sensación que, aun vivida mil y una veces, le produce mil y una veces un pequeño gran placer.

Se muere por meterse otro tiro, al tiempo que un carrusel de ideas ha comenzado a centrifugar dentro de su cabeza.

Tiene que esforzarse un momento para detenerlo y decir:

—Pero vuestros trapicheos sí son reales.

—¡Bingo, hermano! —exclama el capataz—. ¿Ves cómo eres el más listo de la clase? Coño, inspector, es que me caes de puta madre. En verdad te lo digo, hermano. ¡De putísima madre!

Eso ha sido un relámpago de los grandes. El cerebro de Iván ha recibido un fogonazo como la cámara secreta de una pirámide recién descubierta por un explorador. Hágase la luz.

—Una pena que estés en el otro lado —dice Tomás, interrumpiendo las iluminaciones de Iván.

—¿Otro lado?

—Claro, cojones. Siempre hay dos lados en la vida. El hombre y la mujer, el bueno y el malo, el que manda y el que obedece.

—El hetero y el homosexual.

—Bueno, eso ya no lo tengo tan claro, con toda esa mierda nueva de los bisexuales, los pansexuales, los no binarios y su puta madre.

—Como Segis, ¿no?

—A ese pobre le habían fundido el cerebro. Estaba hecho un lío.

Silencio. Bien. Iván tiene que pensar. También necesita tiempo. Ris, ris, ris.

—¿Y cuál es tu lado, Tomás?

—No te hagas el tonto, que no te pega. ¿Cuál va a ser?

El mismo que el tuyo, hermano: el lado de los pringados.

El de los tiesos. El de los que llevamos toda la puta vida deslomándonos.

El de los gilipollas que, por muy temprano que nos levantemos para ir a currar, y por muy reventados que nos acostemos para volver a darlo todo al día siguiente, ni llegamos a oler eso que llaman una vida digna —ris, ris, ris—.

A ese lado, inspector. Lo que pasa es que yo, a diferencia de ti, no me resigno a seguir ahí. Ya no, hermano. Ya no.

El rostro de Tomás se ha teñido de rojo, como si de un momento a otro un torrente de sangre y de ira fuera a desbordarse por sus oídos y sus ojos. Aun a riesgo de acelerar ese proceso, y a pesar del dolor de garganta, del bombardeo en las sienes, de la carne viva en sus muñecas, Iván dice:

—De vuelta al dinero.

—Pues claro, hermano. El dinero. O lo tienes o no lo tienes, no hay más. Y tú y yo ya podemos matarnos a trabajar toda la vida que nunca lo vamos a tener. Eso es así.

—Pero hay quienes sí lo tienen. Y eso tú no lo puedes soportar, es superior a tus fuerzas.

Tomás se vuelve, le da la espalda con un punto de teatralidad. Por un instante Iván lo nota cansado. O más bien harto. Un líquido caliente y viscoso —ris, ris, ris— ha empezado a humedecer los huecos entre sus dedos. Pero el inspector sigue restregando las muñecas contra el suelo. Y sigue hablando:

—Déjame adivinar quiénes son: Miguel Marín y Antonio Lupiáñez. Tus jefes.