03. Martes al mediodía. apenas media hora más tarde #2
—No creo que estés en condiciones de exigir nada, hermano.
—Insisto, creo que sí... «hermano».
Ahora es Tomás quien mira con impertinente fijeza a los ojos de Iván.
Se incorpora y se asegura de que las ataduras —las bridas— de muñecas y tobillos se mantienen firmes.
Vuelve a sentarse sobre el cartón. Enciende otros dos cigarrillos y le pasa a Iván el suyo.
Se arrellana como puede en ese remedo de alfombra sucia antes de continuar:
—El noventa y nueve por ciento de los que curran en una obra no tienen ni dos dedos de frente.
La mayoría no ha terminado la ESO, pero si te lo montas bien, si no haces mucho ruido y te aplicas un poco, puedes ganarlo de puta madre.
¿Te has fijado en los coches y las motos que manejan?
No son baratos. Ni los tatuajes, hermano, ni los piercings de brillantes, ni las ropas de marca, ni las drogas, como tú bien sabes...
Estos niñatos, que a duras penas saben leer y escribir, miran por encima del hombro a sus amigos, a los que se han quedado en el instituto del barrio para —Tomás hace el odioso gesto de las comillas en el aire— «invertir» en su futuro.
Según ellos, estos amigos son unos desgraciados del sistema que no se dan cuenta de que da igual, de que por mucho que se formen, por mucho que den el callo en los libros, lo único seguro es que van a vivir peor que sus padres, es decir, que tú y los de tu quinta, hermano.
—Tomás escudriña alguna reacción del inspector, pero este prefiere dejarle soltar la chapa—.
Y, encima, con todo eso de la inteligencia emocional, de los autocuidados y demás mierdas, los tenéis amamonados todo el rato.
Unos lloricas hiperventilados, eso es lo que son.
Tan blanditos y tan frágiles. Tan ofendiditos y tan líquidos.
Con que alguien les dé un poco de cariño ya los tiene en el bolsillo.
—O sea, lo que tú hiciste con Segis y Ventura.
—Más o menos.
—Más con Ventura. Menos con Segis...
Tomás ríe con ganas, con el alivio de quien acaba de reventarse un grano de pus que lleva días rozando el elástico de sus calzoncillos.
—Ay, el buenazo de Ventura. Si supieras cuánto disfruto haciéndole feliz. El pobre llevaba toda la vida buscando una mano que le acariciara el lomo.
—La tuya, claro.
—Ahí está. No te puedes ni imaginar lo útil que es tener una mascota como él.
—No sé si él estará de acuerdo con esa afirmación.
—A él lo único que le importa es mi cariño.
—¿Quieres decir que...?
—¡No, hombre! ¡Nada de eso! Nosotros no... Anda que... como se entere de que le has llamado maricón, ¡te mata!
El capataz de la obra, sobresaltado por sus propias palabras, calla y se pone a buscar algo a su alrededor.
Abandona el foco durante unos segundos. Iván lo oye trastear aquí y allá en la oscuridad.
Arrastrar los pies en una dirección y después en otra.
Empujar algún objeto pesado. Hasta que reaparece con un saco vacío en las manos.
El brillo de sus ojos refulge en la penumbra.
La espalda de Iván se pone rígida. Tomás se da cuenta y sonríe con malicia.
—¿Sabes que a tu hijo Rafa le encanta leer?
Me lo comentó en la fiesta. ¿A ti también?
—Iván se limita a preguntarle con la mirada a qué coño viene esto ahora—.
No tienes pinta, pero, por si acaso, te voy a recomendar una novela estupenda de Alexis Ravelo, que en paz descanse, uno de los mejores autores de novela negra que ha dado este país.
Se titula Un tío con una bolsa en la cabeza y va de eso, de un tío que se despierta atado y con la cabeza metida en una bolsa.
¿Te lo imaginas? El hombre tiene que luchar por respirar a la vez que trata de averiguar cómo ha llegado a esa situación y quién es el culpable.
Como te digo, un novelón muy recomendable, muy por encima de la media, con tanta mierda como se publica —Iván no sabe si tomarse la perorata como un consuelo o una advertencia hasta que Tomás abre la boca del saco y comienza a verter dentro el contenido del otro, el del fondo roto—.
Pero no estamos aquí para lecturas. Te decía que Ventura no es maricón.
¿Sabes? Todos los fines de semana se va de putas.
Todos los fines de semana, religiosamente, si me permites la expresión.
Yo creo que se folla siempre a la misma.
Ahí donde lo ves, tan bruto y tan grande, es más sentimental que semental.
A mí me tiene en un altar desde que lo enchufé en la empresa.
No creas que fue fácil, con su aspecto y su, ya me entiendes...
muy listo no es, él mismo lo reconoce. Pero eso sí: a voluntad no le gana nadie.
—Tampoco es tan tonto: ha conseguido escapar del hospital.
—Con una pequeña ayuda —Tomás se señala el pecho con dos dedos tiznados de blanco y en forma de V—, en verdad, hermano el problema de tus compas es que deberían pasar más tiempo en las calles y menos en el gym ...
—Dejemos ese tema.
—Como quieras. —Precintado el saco, el capataz da por terminada la operación trasvase de cocaína con unas palmadas.
El aire se llena durante unos instantes de finísimos copos blancos que se elevan, se esparcen y hacen que Iván tuerza la nariz, a punto está de estornudar—.
Pues sí, Ventura me quiere mucho y, por otro lado, está Segis.
Nuestra relación con él era normal. Cordial, sin más.
Hola y adiós, ya sabes. Aunque, cuando se presentó la ocasión, no tuvimos que explicarnos demasiado.
El día de la comida de Navidad del año pasado...
—¡Claro, coño! ¡Ahí empezó todo! —interrumpe Iván.
—¿Ves lo que te digo? —pregunta Tomás, algo molesto—. No entiendo cómo puedes caer en las difíciles y que se te cuelen las más fáciles. Insisto: me juego lo que quieras a que son las drogas. Lo que tú quieras, hermano.
—Fue ahí cuando lo planificasteis todo.
—Hazme un favor, aparca ese plural. Planifiqué. Yo. Yo lo planifiqué.
—Por supuesto. ¿Me vas a contar cómo fue?
—En eso estaba cuando me has interrumpido.
—El capataz ha empezado a recoger restos de polvo blanco del suelo con una cuña que ha fabricado con el cartón y va llenando poco a poco una pequeña bolsa de plástico que ha sacado de algún bolsillo.
A ojo, Iván calcula que lo que ya ha metido debe de ser alrededor de medio kilo de coca, y que tiene, a pesar de las impurezas del suelo, pinta de primerísima calidad.
Joder, días sin meterse nada y para qué.
Todo ha ido a peor. Tomás capta su mirada escrutadora, le sonríe y le dice:
—No tienes arreglo. —Forma un montículo de tamaño considerable entre el pulgar y el índice y lleva la mano a la altura de la nariz de Iván—. Dale, hermano, no te cortes. Si total...
Una descarga eléctrica recorre la espalda de Iván y convierte su médula en un alambre magnetizado. Es la promesa cumplida de la química. Placer en estado puro.