Manual para construir un infierno 03. Martes al mediodía. apenas media hora más tarde
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03. Martes al mediodía. apenas media hora más tarde

Martes al mediodía. apenas media hora más tarde

Una voz a su espalda dice que se acabó. Se acabó, repite.

Dos palabras que funcionan como un abrelatas para sus párpados.

Le quiere sonar de algo, esta voz, pero el dolor de cabeza y el mareo tan intensos inhiben el lujo del pensamiento.

Poco a poco enfoca la mirada. El primer impacto es el cuerpo inerte de Juan Muñoz tumbado boca abajo con la cara hundida en un charco de sangre.

Pobre hombre. Puta vida de mierda. Haces tu trabajo lo mejor que sabes, que puedes o te dejan, realizas las tareas que te encomiendan, evitas los problemas, no discutes, no malmetes, ves, oyes, callas y hocicas, y cuando menos te lo esperas terminas comiendo tierra y con una brecha que un cabrón despiadado te ha abierto en la cabeza y por la que tu alma, esa cobarde malnacida, huye despavorida.

Se acabó lo que se daba. Sayonara, baby.

A escasos centímetros del cuerpo de Juan Muñoz, arranca un reguero de polvo blanco que continúa en paralelo a las piernas de Iván —que está sentado en el suelo, piernas y tronco en ángulo recto forzado, pies atados al frente, manos atadas a la espalda— hasta escurrirse y desaparecer por detrás del rabillo del ojo del inspector.

Iván trata de girar la cabeza en esa dirección, pero el pinchazo de dolor extremo en el cuello le hace desistir. La voz sigue ahí atrás.

—Se acabó, hermano —repite en un murmullo cada vez más inaudible.

—O nos vas a enterrar como en las películas, o eso no es cal —dice el inspector.

Por unos segundos ha dudado de su propia voz.

Suena vieja y perra. Como del más allá, una casi no voz que araña a su paso la garganta en carne viva como una lija de sesenta.

Decir que siente como si un estropajo de esparto se hubiera alojado en su laringe en carne viva es un lugar común, pero qué coño, es justo así.

—En verdad, hermano, resulta que ni eres tan tonto como yo creía ni tan listo como tú te crees. Pero ya ves. Has llegado hasta el final.

—Eso parece —susurra Iván. Delante de él, la puerta por donde ha accedido y por la que entra un rayo de luz blanca que, paulatinamente, va iluminando la escena.

Las sienes le van a reventar. Tiene que descansar los párpados.

Intenta imaginar el espacio a su espalda, pero no le da lugar: Tomás agarra a Iván por los hombros y hace girar su cuerpo sobre el culo sentado, el suelo basto y terroso, ciento ochenta grados hasta colocarlo frente a él.

A la izquierda, el lateral de uno de los ascensores sin servicio.

A la derecha, el marco de una ventana pintada de gris oscuro.

En medio, la larga sucesión de puertas de los trasteros, una decena, todas abiertas.

Por lo poco que puede atisbar de momento, todos están vacíos, menos uno.

En su interior se apila un número indeterminado de sacos hinchados, apretados a rebosar de polvo blanco.

Entre los trasteros y el inspector hay otro saco volcado y desfondado.

Han debido de arrastrarlo con mucha prisa y poco tacto, de ahí el reguero—.

Pero me jode no haberme dado cuenta antes de toda esta puta mierda.

—¿Cómo dices?

Iván se recoloca como mal puede en el suelo.

Le duele hasta esa alma que él asegura no tener.

Sus pupilas, poco a poco, se abren a la penumbra.

Ahora alcanza a ver a Tomás, el capataz de esta puñetera obra, con algo de claridad.

Joder, todo el tiempo ha estado ahí delante, detrás, arriba, abajo, a un lado y al otro.

Y él, sin percatarse de su omnipresencia, comportándose como un niño que juega a perseguir su sombra, brincando aquí y allá, tratando de pisarla y de atraparla bajo la planta de sus pequeños piececitos. Qué torpe. Qué cansado. Dice:

—Nos empeñamos en buscar los móviles más rebuscados para explicar los comportamientos de los criminales: traumas infantiles, sexualidades reprimidas, ollas mentales a presión, secretos inconfesables que de repente salen a la luz... pero, al final, siempre es lo mismo: la pasta. El puto dinero.

Tomás, que está evaluando las posibilidades de recomponer el saco roto, se detiene a mirar a Iván con un gesto entre condescendiente y perdonavidas.

—¿Verdad que sí, hermano? Un año.

—...

—Un año entero he pasado con el miedo aquí metido —se señala el plexo solar—, con el temor a ser descubierto.

—Abre y cierra el saco roto, lo sopesa, lo vuelve a depositar en el suelo, se seca el sudor de la frente con el dorso de la mano—.

Para mí era todo tan evidente que no me lo podía creer.

En verdad que no daba crédito, hermano. Tú, que eres el más listo, ¿puedes explicarme cómo he podido moverme todo este tiempo delante de las narices de todo dios, incluidas las tuyas, y que no hayáis sospechado ni una sola vez, ni un solo segundo de mí?

¡El día que vinisteis, cuando el mariconazo del Jhonatan me tiró la espuerta encima, casi me cago de miedo, hermano!

Pero nada. Era invisible para todo el mundo.

Iván calla. Asiente. Suspira y relaja el peso de los hombros, acomoda las manos en el suelo rugoso antes de decir:

—Supongo que lo que nos ha pasado es que toda la historia de Segis... su familia, su fanatismo... era un cuento demasiado jugoso. Incluso para mí. Al final, uno no puede evitar el espectáculo. O el morbo, si lo prefieres.

—Ay, inspector, qué pena, hermano. De cualquier otro me lo esperaba, pero ¿de ti?

Nunca. Coño, no te voy a regalar el oído, pero eres el único poli con los cojones para llamar a las cosas por su nombre.

Todo serio en tu programa de radio por las mañanas, como debe ser, y tus sonadas juergas por las noches.

—El capataz paladea la última frase antes de continuar—.

En cierto sentido, hermano, eras un referente.

—Exageras.

—Hablo en serio.

Tomás se palpa en busca de un cigarrillo que no encuentra. Lanza una mirada de súplica a Iván. El inspector señala con el mentón hacia los bolsillos de sus pantalones.

—Ni se te ocurra jugármela —advierte mientras saca el paquete de tabaco y el encendedor. Iván cabecea en silencio y se deja hacer.

—Mira —continúa el capataz al tiempo que enciende dos cigarrillos y coloca uno entre los labios cuarteados de Iván—, cuando empecé a darle forma a esta historia, a planificarlo todo, entre las muchas preocupaciones y objeciones que yo mismo me puse y que tuve que vencer, surgió una a la que, en un primer momento, no le presté demasiada atención.

No era una prioridad, pero visto ahora, con todo lo que ha sucedido después, creo que me equivoqué: debería haber estado más avispado.

¡Joder, que eras el poli maricón de la radio!

Como mi plan también tenía un componente homófobo que yo quería airear, la probabilidad de que te asignaran a ti este nuevo caso era muy alta.

—Tomás da una larga calada al cigarrillo y, dejándolo a medias, lo lanza a la oscuridad.

La colilla ilumina un arco fugaz en el aire, como de vuelo de luciérnaga fulminada—.

Te temía, hermano, pero en verdad te digo que también ha sido un reto y un honor lidiar contigo.

—Me parece que me sobrevaloras —dice Iván levantando el hombro derecho con la exigua movilidad que le permiten las ataduras.

No puede verlas, su campo de visión en esta oscuridad húmeda es muy limitado, pero el tacto le dice que son de plástico duro.

Bridas como los precintos de los sacos apilados en el trastero.

—En parte sí y en parte no. —El capataz toma una caja de cartón vacía, la despliega, la sacude y la extiende en el suelo.

Sobre esa alfombra improvisada se sienta frente a Iván, a menos de un metro—.

Quiero decir que no has sido tan rápido como yo esperaba, aunque estoy convencido de que nunca te has terminado de creer toda la patraña del Levítico y su puta madre.

—Demasiado evidente.

—¿Verdad que sí? Pues, aun así, mira los medios: se han puesto cachondos con el asunto.

—Bueno, ya sabes cómo son los buitres. Hoy están lamiendo ese caramelito, y mañana, cuando se sepa la verdad, tratarán de convencer a su audiencia de que ellos siempre dudaron, de que tenían sus sospechas, de que incluso lo venían avisando de algún modo...

y lo peor es que su público se lo creerá a pies juntillas, sin rechistar.

Lo hace siempre. Y si mañana, por los motivos que sean, se produce otro giro de guion, las mismas reinas de las mañanas que un rato antes se rasgaban las vestiduras por un relato se las rasgarán por otro, como si no hubiera sido con ellas.

Y una vez más, la audiencia las seguirá como las ratas al flautista.

—En eso, tu amiga la Candau es una experta.

Tomás se ha recostado en el cartón. Se sacude sin mucho afán las perneras de los pantalones chinos azul marino que, a pesar de sus esfuerzos, se han puesto perdidos de polvo.

Pantalones que, por cierto, le quedan de puta madre, Iván no se acordaba de lo bueno que está el cabrón este.

No le extraña que la otra noche se dejara seducir por él.

Este pensamiento intruso le lleva a reconducir la conversación:

—Y, sin embargo, lo que no termino de tener claro del todo, Tomás, es por qué y cómo.

A ver, veo que hay un caso claro de blanqueo de dinero de la droga en el que tú participas, pero no entiendo la conexión con Jhon, Alberto y Quino, ni el papel de Segis y Ventura.

Bueno, lo de Ventura me da más igual, es tu esbirro y tú te has aprovechado de él, pero ¿lo de Segis?

—Joder, Iván, no me digas eso.

—Te lo digo en serio.

—Hermano, tienes que dejar las drogas. No te dejan pensar con claridad...

—Será eso, pero —Iván mira con fijeza al capataz durante un par de segundos para asegurarse de que le está prestando atención— si me vas a liquidar aquí y ahora, creo que me merezco una explicación completa, ¿no te parece?