04. Martes al mediodía
Martes al mediodía
El pico de un lavabo elefantiásico penetra entre sus costillas mientras se inclina sobre la tapa de la cisterna para meterse una raya de cocaína.
Dentro del minúsculo cuarto de baño de la caseta de obra, el aire acondicionado ruge como un mosquito de dimensiones jurásicas.
Menuda gota de ámbar haría falta para conservar a tamaño bicharraco.
Una idea le empuja hasta otra, ese baño angosto es como su propia gota viscosa, sofocante y hedionda, y la metáfora, si alguna vez tuvo gracia, deja de tenerla.
Tira de la cisterna para disimular. Al compás de la tromba de agua, le viene a la mente la última imagen encadenada, la imagen de sí mismo semanas atrás en otro baño, el de la emisora de radio, con otras rayas por delante, segundos antes de salir al aire.
Parece que han pasado dos años, cuando apenas llega a dos meses.
Como entonces, también ahora llaman a la puerta:
—¿Se encuentra usted bien, jefe? ¿Necesita algo?
—Ya salgo, Juan. Solo ha sido un retortijón.
Iluso. De todos los polis con los que el segurata podría haber confraternizado ha tenido que ir a hacerlo con el que menos le conviene.
Juan Muñoz, tan manso, tan servil y tan crédulo, aún no sabe dónde se ha metido.
La mala suerte ha llevado a este pobre desgraciado a cruzarse con el inspector Iván de Pablos, de escasas virtudes conocidas.
Con la poco probable excepción de Diosdado y Ojeda, y no siempre, tampoco brilla por la lealtad a sus compañeros.
—Vamos. Tenemos una importantísima misión que cumplir —dice Iván cerrando la puerta del baño a su espalda y arrastrando a un Juan Muñoz exultante por servir a la madre patria.
El inspector lleva una hora echando bilis por la boca.
Hace una hora que Diosdado le ha dicho a Pilar que le ayude a montar el dispositivo de búsqueda de Tomás y Ventura y que cite en la comisaría al señor Jesús Hogaza para mantener con él una civilizada conversación en torno a las entradas y salidas de material de obra no documentadas ni registradas.
Y hace una hora que le ha pedido a Iván, más bien por quitárselo de en medio que por un interés genuino, que se dé una vuelta por la obra con el segurata, para inspeccionar dónde se almacenaba ese material irregular.
Hace una hora, el inspector estaba tan cansado y tan harto que, a pesar de la nueva dimensión que ha adquirido el caso con la información aportada por Juan Muñoz, no ha querido discutir con su jefe. Si lo que toca es pasear, se pasea.
—Tú mandas —dice Iván.
—¿Cómo?
—Que tú mandas, Juan. Coge las llaves de los trasteros, que yo te sigo.
—Aquí están. —La sonrisa del segurata mientras hace tintinear un llavero entre sus dedos es tan radiante que podría proporcionar a los ascensores del futuro hotel Sacramento Sevilla la electricidad de la que aún carecen.
Enfilan los pasos hasta la puerta principal del segundo de los dos edificios que componen el hotel.
El inspector alza la vista. A falta de los últimos remates, la obra está prácticamente acabada.
Hasta ahora no había caído en que la mole de cemento, acero y cristal parece un falo descomunal.
Hay que ver lo que nos gusta presumir. Se consuela pensando que dentro estará más fresco.
Error: la humedad aquí es untuosa, el olor a pintura es excesivo, se le hace un mundo la simple tarea de conducir aire a sus maltrechos pulmones.
En el silencio que se abre entre las pisadas de Juan y las suyas su respiración se descuelga con pitidos lamentables.
—¿Todo bien, inspector? —pregunta Juan.
Iván se sitúa en la zona donde se ubicará la recepción del hotel, justo en el centro del patio.
Desde ahí arranca una vertiginosa y esplendorosa espiral que se eleva y recorre las diez plantas por las que en nada circularán decenas, cientos de trolleys arriba y abajo, arriba y abajo, arriba y abajo.
—Lo siento, inspector, hay que subir a pie, no sé si usted...
—Tira.
Iván tiene que detenerse un par de veces.
Como un recuerdo para la posteridad, sobre las paredes recién pintadas ha ido imprimiendo aquí y allá la huella temblorosa y húmeda de la palma de su mano.
Una impresión que recordará, hasta que pinten de nuevo estas escaleras, quién sabe cuándo, que por aquí anduvo renqueante Iván de Pablos, un inspector de policía bisexual, politoxicómano y promiscuo, mal marido, peor amigo y pésimo padre.
—Adelántate tú y ve abriendo, Juan. Llego enseguida.
El eco de las pisadas briosas del segurata se pierde escaleras arriba.
El inspector alcanza la cima de este Everest, el rellano donde desemboca la escalera, jadeando y empapado por el esfuerzo y la química que exuda su piel.
Se lleva la mano al cuello. La herida le palpita.
Ha empezado a dolerle con mayor intensidad.
Necesita sentarse, pero no hay dónde, se tiene que conformar con acuclillarse.
Es un buen momento para recordar todos y cada uno de los miles y miles de cigarrillos que han ido depositando sus miles y miles de gotitas de alquitrán en sus pulmones negros y estrujados.
Para mantener el equilibrio, se apoya en la puerta cerrada de uno de los ascensores.
A su izquierda, una pared basta de ladrillo visto, donde se acumulan restos de materiales defectuosos y recortes de madera, plintos y marcos de ventanas.
A la derecha, la puerta de acceso a la zona de los trasteros está abierta.
Aquí no llega la luz exterior. Se puede oír a Juan enredando, debe de estar buscando alguna forma de iluminar la estancia.
—Date prisa, Juan —dice Iván con menos ánimo del que le hubiera gustado. Pero Juan no responde.
—Vamos, Juan —insiste mientras se pone de pie con esfuerzo y se introduce en la penumbra a la zaga del segurata. No ve nada, no puede hacerse una idea de las dimensiones del espacio. Un ligero vértigo le hace tambalearse.
—¿Juan?
El segurata no está. En su lugar, frente a sus ojos, una superficie marrón y más oscura que la oscuridad se mueve rápidamente, primero se aleja y, en solo un segundo, vuelve hacia él y le golpea en la frente.
El dolor es tan inesperado y tan intenso que casi agradece el segundo golpe.
Ya lamiendo el polvo blanco que recubre el suelo, el tercero, el golpe definitivo, trae la oscuridad, la calma, la nada. El descanso, por fin. El descanso.