Manual para construir un infierno 05. Martes por la mañana. Media hora y tres minutos más tarde #3
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05. Martes por la mañana. Media hora y tres minutos más tarde #3

—Pues verá usted, inspector, y usted, subinspectora: para empezar, los portes suyos, los de Jesús, los da siempre el mismo vehículo, una Kangoo normalita, blanca, sin logotipo.

Ahora les doy el número de matrícula, lo tengo apuntado en mi móvil, porque, si no, se me olvida, porque listo no, pero tonto tampoco, ya se lo he dicho, ¿verdad?

Pues eso, una Renault Kangoo, insisto: nada del otro mundo, ni vieja ni nueva, ni limpia ni sucia, blanca.

Normal. Viene más o menos una vez al mes, aunque solo Jesús sabe el día exacto.

Me avisa la misma mañana, la entrega se hace por la tarde, cuando ya no queda nadie en la obra.

Para que no anden cotilleando, me dice Jesús, ya sabes, que a estos les gusta rajar y meterse donde no los llaman.

Como la cantidad de mercancía que trae no es demasiado voluminosa, entre cinco y diez sacos y cajas, es el conductor quien la descarga.

Que yo recuerde, solo ha habido un par de veces en que el porte ha sido un poco más voluminoso y Jesús ha descargado también.

La primera vez, al ver al pobre dejándose el lomo me ofrecí a echarle una mano, pero me dijo que no, que me quedara en mi garita vigilando.

Me extrañó, la verdad, porque qué quieren que les diga, yo estoy mucho más en forma que él, porque desde que es jefe de obra echa allí más horas que nadie, en la caseta, todo el tiempo sentado en su mesa, al teléfono, tratando con unos y con otros, con los de dentro y con los de fuera, y claro, moverse, más bien poquito, y eso de ir al gimnasio, hasta donde yo sé, menos todavía, porque el hombre está siempre apurado, como si el tiempo le mordiera los talones, que yo no sé para qué quiere entonces ser jefe, ¿verdad?

Pero donde hay patrón... en fin, perdónenme, que me despisto: que ninguno de los dos consintió que les ayudara, con lo que sudaban para llevar la mercancía a los trasteros de arriba...

De pronto, Juan Muñoz se queda callado. Como si acabara de darse cuenta de que toda su palabrería suena ahora mucho peor que antes, cuando solo bailaba en su cabeza. Se pone ceñudo. Debe de estar pensando también que siempre le pasa igual, que al final sí que es el más tonto.

Iván está a punto de decirle que la cárcel está llena de tontos.

Que los tontos casi nunca se libran. Que son pocos los tontos que, casados, juran por su vida, por la de su marido o por la de su mujer y por la de sus hijos si hace falta, que ellos de eso no saben nada, que nunca se han preguntado cómo tienen dos meses de vacaciones al año, a todo lujo, una casa propia y otra en la playa, dos coches de alta gama, cómo pertenecen a un club deportivo exclusivo y matriculan a los hijos en los colegios más elitistas y más caros, y todo con un solo sueldo que entra en casa, y ese sueldo, un sueldo normalito de empleado de una asesoría fiscal o de una aseguradora.

Usted dirá que mi marido (o mi mujer) es un criminal, señoría, pero yo nunca he visto nada raro, se lo juro por Dios, señoría: yo nunca he oído gritos en el sótano.

Esas cosas pasan, se dice Iván, y se acuerda de un famoso exjugador de balonmano cuya mujer, emparentada en línea directa sucesoria con un rey de un viejo país europeo, juró y perjuró ante el juez que ella tampoco sabía nada, que él recuerde, es de las pocas que se han librado de ir a la cárcel (no así su marido, algo es algo, no todo está perdido).

Borra ese pensamiento de inmediato. Aquí, todo el mundo es tonto y hace relojes, como suele decirse.

—¿Nunca le preguntaste nada, Juan?

—Si viera usted lo bonito que me ha quedado el cuarto de baño, inspector...

—Claro. Y gratis, no te jode...

—Inspector, yo... Todos en la obra lo hacen...

—Déjalo. No te molestes.

Juan se seca el sudor de la frente con la palma de la mano, y la mano en los pantalones. No hace tanto calor como el otro día, cuando Iván y él se conocieron y, sin embargo, el segurata está sudando el doble.

—Jefe, le juro por mi hija pequeña, que es lo que más quiero, que el día que usted y la subinspectora Ojeda aparecieron por la obra —dice Juan, como si estuviera pensando lo mismo que Iván—, ni se me pasó por la cabeza que la muerte de Segis tuviera la menor relación con lo que le acabo de contar.

Segis era maricón —perdóneme, quería decir gay—, todos lo sabíamos o lo sospechábamos, por mucho que él se empeñara en ocultarlo con la pesadez suya de la religión.

Ustedes no se pueden ni imaginar el coñazo que daba, si me permiten la expresión.

—Una sombra de humo negro se posa en su mirada—.

Pero con todo lo que ha sucedido después, yo ya no sé qué pensar.

Pilar e Iván se miran durante unos segundos. Que el tarado este vaya a proporcionarles la clave definitiva del caso es lo último que esperaban y, sin embargo, no les sorprende a estas alturas. Con todo, Iván habla con cautela:

—Y entiendo que esto que me estás contando y que te ha hecho cambiar de opinión guarda una relación estrecha con Tomás Plaza, ¿no es cierto, compañero?

La cara de Juan ha cantado bingo.

—Claro. Se lo acabo de decir, inspector: Tomás era quien conducía la Kangoo.

—No me puedo creer, Juan, que conocieras a Tomás.

—Por supuesto, jefe, ¡y ustedes también!

—La cara del segurata es la de alguien que ha triunfado en la vida.

Si su madre, que en paz descanse, lo viera...

—. Tomás es el capataz de la obra, ese al que Jhonatan le derramó la espuerta con agua sucia por la cabeza.

¿No se acuerdan? ¡Si este es, precisamente, el motivo por el que he venido a hablar con ustedes!