05. Martes por la mañana. Media hora y tres minutos más tarde #2
—Hoy no he ido a trabajar. Ni yo ni nadie.
Jesús, el jefe de obra, nos explicó ayer que, con todo el revuelo que se ha montado tras la muerte de Segis y de los otros compañeros, ellos, los jefes, tenían que pensar cómo proceder con los proveedores, con los bancos, con los compradores, etcétera.
Y, claro, con ustedes, la policía y, por supuesto, con la prensa, que ya saben la que hay montada.
—Juan hace una pausa. Iván asiente. Le invita a seguir—.
En definitiva, que hoy no hemos ido al tajo.
Verán ustedes, yo no me considero una persona muy inteligente.
De haberlo sido, habría hecho lo que mis padres me decían una y otra vez, Juan, estudia, Juan, estudia, que la vida no es barata, que montar una familia, un hogar, cuesta mucho, el coche, los niños, la hipoteca...
Juan, estudia, pero yo, qué quieren que les diga, que tonto no soy, creo yo, pero muy listo tampoco, para qué me voy a engañar.
Y constante, pues tampoco, la verdad sea dicha.
Uno tiene que aceptar sus limitaciones. Y, sobre todo, uno tiene que apechugar con las decisiones que toma en la vida y tirar para adelante.
Porque de qué sirve arrepentirse, de nada.
¿Verdad, inspector? ¿Subinspectora? —Iván y Pilar suspiran, los ojos muy abiertos, las cejas alzadas, las paciencias al límite—.
Pues eso. Que yo no seré muy listo, pero tampoco tonto.
Y lo de ayer ya fue la gota que colmó el vaso, como se suele decir, y ya venía yo rumiando desde hace tiempo que algo raro estaba pasando en la obra.
Porque una cosa es una cosa y la otra, pues eso, la otra.
Y a mí, cuando Jesús me pedía que mirara para otro lado, yo obedecía.
Porque él es el jefe, es el listo, y yo pensaba que eso no le hacía daño a nadie.
Y porque así se funciona en todas las obras.
Y porque... porque yo me he llevado también mi pequeña comisión, como todos.
Porque esto funciona así, lo quiera uno o no lo quiera, y si te pones exquisito pues, al final, te señalan.
Y total, por nada, por una gilipollez. Por ejemplo, si va Jesús y pide más losas de las que se necesitan según el proyecto de obra, qué les digo yo, cincuenta o cien metros cuadrados más, solo por si acaso, nadie le va a decir nada, porque los jefes siguen ganando, todo el mundo gana.
Salvo que sea una cantidad desorbitada, claro.
Se dice así, desorbitada, ¿verdad? Ya les he dicho que muy listo no soy, pero me gusta leer.
Sobre todo, novela histórica. Son las mejores.
Lo que aprende uno, ¿verdad? Pues eso, que salvo que la cantidad que se compre de losas de más, o de material de agarre, o de fontanería, o hasta de electrodomésticos, sea desorbitada, todos salimos ganando.
Y eso es lo más normal, ya les digo. Tan normal como que la reforma del cuarto de baño que hice en mi casa el año pasado solo me costó la mano de obra.
El material, pues eso, que si unos pocos metros cuadrados de azulejos, otros pocos de solería, unos cuantos sacos de cemento y poco más.
Eso, para una empresa como SurConEd es peccata minuta —me encanta esa expresión, peccata minuta , es latín, ¿saben?
y se escribe con dos ces y significa que algo es poquilla cosa, un pecado venial, una falta sin importancia—.
Cuatro cajas de azulejos no se notan en una obra como la del Hotel Sacramento Sevilla.
Vamos, ni cuatro ni cuatrocientas. Lo que les decía antes, que, si la cantidad no es desorbitada, Salvador, el administrativo de la obra, ni se cosca.
Y, si lo hace, lo más que puede hacer es guiñarte un ojo y decirte Juan, no te pases, hombre, coge lo que necesites, pero no más, ya está.
Todos tan amigos. —Iván y Pilar permanecen como hipnotizados—.
Así que en la obra hay un trasiego continuo de mercancías entrando y saliendo, entrando y saliendo, entrando y saliendo.
La mayoría se registran en el libro correspondiente.
Y ahí es donde aparezco yo. Porque vigilar una obra, además de no tener mucha ciencia, es una tarea más bien escasa.
Que, gracias a Dios, hasta lo del pobre Segis, no había tenido nunca ningún percance.
Por eso me dijo Jesús Hogaza: mira, Juan, tú ayúdame con el libro de registro de entrada de mercancías, que estudios no tendrás, pero se te ve un tío con recursos, de los que se coscan de todo, tú solo tienes que apuntar el día, la hora, la empresa y la matrícula de la furgoneta o del camión, que el conductor te firme la entrada, y ya está, de lo demás nos encargamos nosotros.
Y así llevo haciéndolo prácticamente desde que comenzó la obra.
Y, como les he dicho, inspector y subinspectora, hasta el día de hoy todo ha ido como la seda —qué expresión tan bonita esta, dicho sea de paso, como la seda, tan suave, ¿verdad?
Fuera del despacho de Iván se produce un revuelo.
No muy lejanas suenan las gárgaras de Diosdado.
El inspector consulta su reloj. Es la hora de la rueda de prensa.
Lanza una mirada interrogadora a Pilar, quien se la devuelve encogiendo los hombros.
¿Vamos? No vamos. Nos quedamos con este, a ver dónde nos lleva. Y Juan Muñoz continúa. Está lanzado:
—Lo que de verdad me pone un poco nervioso es lo otro: lo de que fuese Jesús y solo él quien se encargase de determinados portes. Los que llama los suyos.
—¿Y eso? ¿Qué tienen de especial?
Juan Muñoz se arrellana en la silla. Parece que por primera vez en todo este rato toma conciencia de que no ha parado de hablar y de que hay dos pares de ojos y de oídos posados sobre él. Es su momento.