05. Martes por la mañana. Media hora y tres minutos más tarde
Martes por la mañana. Media hora y tres minutos más tarde
Iván ha ignorado las miradas, las medias sonrisas y las murmuraciones de sus compañeros.
Los mismos mierdas de siempre: bolsas hinchadas bajo sus ojos de sapo, insanas barrigas embutidas entre sus escritorios y sus sillas, manchas de café con leche y mantequilla rancia condecorando sus uniformes reglamentarios.
Cuando todo esto acabe les recordará esas miradas, esas palabras y esas sonrisas de mierda.
Se encuentra con Pilar en la puerta del despacho de Diosdado, inusitadamente solo y misteriosamente callado.
Ni una tos. Ni una mucosidad pidiendo pista para aterrizar en su garganta.
Si no fuera por que su comisario es casi tan ateo como él, Iván pensaría que está rezando: cabizbajo, la boca entreabierta, las palmas de las manos juntas rozando los labios, los pulgares sujetando la barbilla, los ojos cerrados.
Los abre en cuanto los presiente, expectantes, bajo el dintel de la puerta. Dice:
—Coño, Iván. Tienes mejor cara que yo.
—A riesgo de cabrearte, te voy a decir que eso no es muy difícil, jefe.
—No me cabreas. Por una vez en tu vida tienes razón. —Se frota los ojos. Si aprieta más, se los va a sacar de sus órbitas—. Llevo días sin pegar ojo. Esta mierda de caso.
Primeras toses. El color rosa empieza a escalar por sus mejillas.
Malo, se dice Iván. Se compadece de su jefe, pero también quiere quitarse de en medio cuanto antes.
Su día no ha amanecido demasiado soleado, no necesita un chaparrón de Diosdado.
Además, si está fuera, está fuera. Si el comisario quiere que vuelva a esta mierda de caso, que no le dé la bienvenida con una bronca.
—Se ha convocado una rueda de prensa para dentro de una hora, antes del cierre de los informativos. Somos tantos los que vamos a comparecer que no vamos a caber en la mesa de prensa. Lo único que sé seguro es que, entre tanto jefe, me va a tocar hablar solo a mí.
—La cola de león —apunta Iván.
—El mayor gilipollas —corrige Diosdado—. Dicen mis jefes que me va en el sueldo.
—Y porque eres el más guapo de todos.
—No me toques los huevos, Iván. ¿Qué vamos a hacer ahora?
Con todo, milagro, aleluya, el comisario mantiene la laringe expedita como la de un niño de San Ildefonso.
—Lo primero es solicitar al juez la orden de búsqueda y captura contra Ventura —dice Pilar. Se ha sentado en una de las dos sillas de confidente y ha abierto la carpeta con el dosier del caso, de donde extrae las fotos que coloca sobre la mesa—. Y contra Tomás Plaza Herrero.
—No me subestimes, subinspectora. Eso ya está hecho. Si no fuera porque conozco los gustos de este —señala a Iván sin dejar de mirarla con fijeza—, pensaría en aquello de los dos que se acuestan en el mismo colchón.
—Un comentario muy desafortunado, jefe. —Pilar le devuelve la mirada fija, pero el doble de afilada—. Aparte de que a Iván le va la carne y el pescado.
Iván se pregunta en qué momento se ha vuelto invisible.
Y, aunque se dice que no le importa, también se pregunta en qué momento y cómo se habrá enterado Pilar de su revolcón con la doctora Isla.
¿Se lo ha contado ella en plan confidencia de amiga a amiga?
No le pega nada y, aunque se repita que le importa un carajo, siente un leve pinchazo en la boca del estómago.
—Cuando os canséis de hablar de mi vida privada seguimos trabajando, si os va bien.
Diosdado alza la mirada y le indica con un gesto de la mano que tome asiento junto a Pilar. Iván ha creído leer una disculpa entre líneas. Haya o no haya sido, la acepta.
—Todavía estamos hechos un lío, más que al principio incluso, pero tengo el presentimiento de que vamos desenredando la madeja. —Iván gira los dedos índices en el aire.
—No estamos para presentimientos, sino para hechos. Datos. Pruebas. —Este Diosdado de voz cristalina, casi transparente, inflexible pero inalterable, le tiene desconcertado.
—Lo sé, jefe. Pero estoy convencido de que en breve daremos con la clave de todo. Aunque sea por mera eliminación. Y estoy seguro de que esa clave la tiene Tomás. Por eso es tan importante atraparlo.
—¿Quién es el asesino, Iván?
El inspector guarda las manos en los bolsillos del pantalón.
No es solo su forma de replegar velas ante el temporal de Diosdado, que más pronto o más tarde va a comenzar a arreciar.
Se trata también de algo más práctico: secar el sudor de las palmas.
Sudor no solo fruto del calor. La pregunta del comisario ha sido tan directa, tan sencilla, tan sin dobles sentidos que a Iván solo le queda en la recámara la bala del a por todas. Dice:
—O la asesina. O los asesinos. O las asesinas. O...
—Como sigas por ahí —le corta Diosdado—, te la cargas.
Si no sabes a estas alturas la respuesta, no sé qué carajo haces aquí.
Ya te puedes tirar a las calles cagando leches.
Y, por tu bien y por el mío, ni se te ocurra volver hasta que no me traigas arrastrando a ese o a esa o a eso.
Me da igual. Pero vete. —Por fin, en el despacho principal de la comisaría, más cerca del infierno que del cielo, estalla la tormenta de toses acumuladas. Rayos y centellas.
Tormenta que Iván deja a su espalda mientras abandona el despacho como un perro mojado. Con todo, reconoce que su jefe no ha hecho sino lo que tenía que hacer, lo que él mismo habría hecho en su lugar. A ninguno le queda tiempo para alternativas. A él, menos que a nadie.
Quizás ese sea el motivo por el que la aparición de Juan Muñoz atravesando el patio de la comisaría a una velocidad tan fuera de lugar para ese sitio, a esa hora y, sobre todo, para esa persona, le pille desprevenido. ¿Qué coño? Parece que hace una eternidad que se conocieron.
—Inspector De Pablos, con el debido respeto.
—Juan Muñoz viste el mismo uniforme con el que recibió a Iván y a Pilar en la obra.
El uniforme de la empresa de seguridad que le contrata para vigilar la obra del hotel Sacramento Sevilla, tarea en la que, como los diarios de alcance nacional se encargaron de divulgar, ha fracasado estrepitosamente.
Vaya usted a saber los motivos por los que no lo han despedido todavía.
Quizás porque las sustituciones no resultan tan fáciles en esta época del año.
O, lo más seguro, piensa Iván, porque es hijo, hermano, sobrino o amigo del dueño de alguna de las decenas de contratas que operan en la obra.
Uno de tantos inútiles con suerte—. Me he permitido presentarme aquí, ante ustedes, perdón, ante usted, porque creo disponer de cierta información que, en mi humilde opinión, podría serle de utilidad.
Iván lanza una rápida mirada alrededor, como una advertencia o una pregunta a los compañeros que los están observando.
¿Veis? Me busca a mí, gilipollas. No a vosotros, ni a Pilar, ni siquiera a Diosdado.
A mí, cabrones. Lo conduce hasta su despacho y le invita a pasar.
De un salto va en busca de Pilar. Mientras se sientan, Iván concluye que este hombre es un roedor.
Pequeño. Peludo. De inquieta respiración.
Su mirada salta de un lado a otro. Contrae la nariz como si el despacho oliera raro (huele raro).
O como si un gusano llevara días corroyéndole el tabique nasal.
Se ha transformado desde la primera y última vez que se vieron.
Porque su uniforme es el mismo, pero el cuerpo de Juan Muñoz no.
Ha adelgazado tanto en menos de dos meses que parece haber encogido.
Una sombra gris le afila los pómulos, y ahora su cara es la de un enfermo de sida, de un yonqui, de alguien que no ha pegado ojo en demasiado tiempo.
—Qué alegría me das, compañero. —Iván recupera el tono de camaradería que hace que el guardia de seguridad se sienta importante. Le palmea el hombro con una mano amiga. Nota su omóplato afilado y tembloroso como huesecillo de gorrión—. Recuerdas a la compañera Pilar, ¿verdad?
—Cómo no, subinspectora Ojeda. Un placer volver a verla.
—Juan estrecha la mano de Pilar con una efusividad a la que ella responde con un desganado asentimiento, odia este tipo de excesos.
Tan pegajoso—. Le pido disculpas también a usted por esta intromisión.
Sé que debería haberles avisado antes...
—No te preocupes, hombre —intercede Iván. Sonríe—. ¿Para qué estamos los colegas, si no es para ayudarnos unos a otros? Anda, amigo. Relájate y cuéntanos qué te trae por aquí.
Juan Muñoz inspira y espira profundamente. Mira a Iván. De ahí su mirada salta a Pilar y rápidamente vuelve al inspector. Se humedece los labios. Y comienza a contar con un hilo de voz débil pero constante. Lo trae hilvanado: