06. Martes por la mañana
Martes por la mañana
Los párpados pegados y legañosas sus comisuras, un reguero blancuzco, seco, la almohada en el suelo y un ligero tufo a sudor y a penumbra de persianas bajadas le dan los buenos días.
Antes de meterse en la ducha y arrancar el día, Iván tiene que sentarse en el filo de la cama durante unos minutos.
Como para coger impulso, como para encontrar el valor, un día más, de seguir adelante.
Está cansado. Otro día más. Le duelen las heridas.
Ni él mismo le da el menor crédito a esta involuntaria sentada de cabeza.
Deja que el agua caliente le escalde la espalda y que, a continuación, la fría volatilice las telarañas en su cabeza.
La templada no es una opción. Nunca lo ha sido, la templanza.
Correr o correr. Solo eso, correr. Correr y química.
Ahora se tiene que apañar con ibuprofeno para el dolor y Bepanthol para las cicatrices, la del cuello, sobre todo, la más visible, la más memorable.
Meras cosquillas. Para seguir alimentando la mentira, desayunar antes de la hora del desayuno.
Porque aún no han dado ni las ocho. Un logro.
Un hito. Un aparente punto y aparte que el inspector De Pablos siente como tres puntos suspensivos.
Tres migajas de la tostada con aceite y jamón de york que se echa al coleto.
Porque también, por esta vez, valiente precedente, vuelve a haber jamón de york en la nevera. Y Rafa no está.
Suena el teléfono. Solo puede ser ella a estas horas de nadie.
—¡Lo tenemos! —Ha acertado—. Anoche, de camino a casa, les envié la foto, no podía esperar más. Aunque yo ya sabía que aquests cabrons no me iban a contestar.
—Buenos días, Pilar.
Suspiro extendido al otro lado de la línea.
—Buenos días, jefe. Discúlpame. ¿Mala noche?
—No demasiado, pero me cuesta arrancar. —Iván sabe que no debe decir lo que va a decir y, aun así, lo hace—: Me hago mayor.
—Como todos.
—Ya... mejor sigue contándome. ¿A quién le enviaste anoche la foto con tanta ansiedad?
—Yo lo llamaría eficacia.
—Vale, PP.
—¿Cómo?
—Nada. Sigue. ¿A quién?
—A nuestros amigos de SurConEd y Sacramento.
—Íntimos.
—Y tanto. Como que han pasado de mí.
—¿Entonces? ¿Tanta felicidad?
—Hace un rato llamé a un amigo. Me ha pasado una versión beta de una app .
—Un hacker .
—Un amigo. —Iván sonríe y se mete el último bocado de la tostada.
Antes ha rebañado con ese trozo de pan el aceite del plato—.
Simplificando, se trata de un programa de reconocimiento facial a través de una IA.
Cómo son estas máquinas, Iván. En menos de un minuto lo ha identificado.
¡Cómo son! —Su entusiasmo es contagioso. El inspector no puede evitar sonreír.
—¿Vas a decirme su nombre o voy a tener que preguntarle a tu amiga esa, la IA?
—...
—¿Pilar?
—Dudo que pudierais llegar a entenderos. Vuestros coeficientes intelectuales están muy lejos el uno del otro.
—...
—No sé cómo te aguanto, te juro que no lo sé.
—Porque el roce hace el cariño.
—Y la distancia el olvido, no lo olvides, valga la redundancia.
—¡Pilar, coño!
—Tomás. Tu hijo iba bien encaminado. El sospechoso al que buscamos se llama Tomás. Tomás Plaza Herrero, veintinueve años de edad, nacido y residente en Sevilla, en el barrio del Polígono San Pablo.
—¡Me lo dijo! No me acordaba...
—Va a ser verdad que estás mayor, jefe.
—Voy a hacer como que no te he oído... Continúa.
—Este Tomás parece tener la mano floja. Se le va rápidamente.
Tiene antecedentes por peleas, delitos de lesiones, por maltrato a su mujer (esta pone y retira las denuncias contra Tomás como quien juega al mus).
Pero no suman gran cosa, nunca ha llegado a dar con los huesos (¿se sigue usando esta expresión?) en prisión.
Ha trabajado como yesero desde que abandonó la ESO con dieciséis y más repeticiones de curso que Pretty Woman en la tele.
Yesero fue su padre y yesero es su hermano.
Los últimos dos años ha sido capataz en la obra de un hotel en Sevilla cuya apertura, si no sucede ninguna otra desgracia, está prevista para las próximas navidades.
—Pilar teatraliza una pausa—. ¿Adivinas de qué hotel hablo?
Todo está en el principio. Todo pasa por esos hijos de la grandísima puta de Sacramento y de SurConEd.
Iván no quiere ni recordar que los conoce desde antes de que Jhonatan falleciera.
No puede permitirse el lujo del remordimiento.
Eso lo convertiría en víctima. Igual que Segis.
El maricón homófobo de Segis, asesino y víctima.
Y él, el inspector, no puede ser también el culpable de la muerte de Jhon.
De ninguna de las maneras. Eso no puede ser.
Él no cree en Dios, ni en Yahvé ni en Alá ni en Ganesha.
Él, jamás. Él, nunca. Él, no. Como san Pedro, tres veces no.
—Quiero que sepas —Pilar suena exultante.
Iván busca por todos los rincones el primer cigarrillo del día, solo encuentra pelusas y otras cosas sin identificar— que voy a pasarme por Sevilla 2.
Para volver a interrogar a Ventura. Me da a mí que el tornillo que le falta a este lo guarda el otro, Tomás.
—Lo que quiere decir...
—Que Ventura no es sino la marioneta de Tomás.
—Tiene sentido.
—Mientras, ¿qué vas a hacer tú?
—Voy a chupársela a Diosdado.
—Qué animal eres.
—Es lo único que se me ocurre para que me deje volver.
—Buena suerte, jefe. Ya me contarás.
Que Iván se engancha a cualquier sustancia que le produzca un mínimo placer con una facilidad radiactiva lo sabe cualquiera que lo conozca.
Pero solo él sabe que lo mismo le sucede con ciertas personas.
Pilar es una de ellas. Como con la coca, la mefe o hasta con el speed, lleva tanto tiempo disfrutando de su compañía que ya no puede pasar mucho tiempo lejos de ella.
El inspector se viste sin prisa. Hay ropa limpia y planchada de sobra en el armario, otra novedad.
La casa huele bien. Su vida, en esta mañana cálida de verano, a pesar del humo del tabaco, a pesar de las muertes a su alrededor, a pesar de Tomás, de Ventura, de Sacramento y de SurConEd, a pesar de su cansancio, huele bien.
El iPhone vuelve a sonar. El nombre en la pantalla: Pilar Ojeda.
—No te lo vas a creer: se ha fugado.
—¿Cómo?
—Ventura, ¡que se ha fugado! ¡Escapado!
—Pero ¡cómo! —Trata de retener el aroma a limpio en su nariz, pero Iván nota que gota a gota se está, también, fugando—. ¿No estaba en el módulo de tarados?
—Lo llevaron muy temprano al Virgen del Rocío para un chequeo médico completo.
Teóricamente iba a pasar todo el día allí, entre neurólogo, infectólogo, oculista y alguno más que no recuerdo.
Aunque la información que me han dado es poca y confusa, lo que sí parece seguro es que aprovechó un descuido del compañero que lo custodiaba cuando fue al baño.
—¿Quién fue al baño? ¿Ventura o el compañero?
—El compañero.
—Qué listo el tonto. Y qué gilipollas el listo.