07. Lunes por la tarde
Lunes por la tarde
Pasan el resto de la tarde en el apartamento de Iván.
Repasan el caso desde el principio. Vuelven mentalmente sobre sus pasos desde que Segis, alias Levítico, entra por teléfono en directo en La calle es nuestra .
Revisan toda la documentación, todos los informes, todas las declaraciones, todas las anotaciones, todas las conversaciones, todas las fotografías, todas las reuniones, todas las idas y venidas, todas sus reflexiones y elucubraciones .
Una y otro se confirman, se matizan, se corrigen, se sorprenden, se corean, se admiran.
A iniciativa de Pilar, retiran la mesa de centro y, en su lugar, sobre la alfombra, despliegan como un abanico las imágenes de que disponen, desde las más inocentes hasta las más estomagantes de las autopsias.
Por unos instantes, Iván siente la tentación de incorporar a Nuria a este mínimo gabinete de crisis —ni por asomo piensa en Diosdado—, pero no, tengamos la fiesta en paz.
Andan y desandan el camino tantas veces que, en algunos momentos, se atascan y descubren en sus respectivas miradas su propia crispación, su misma decepción y hasta un rastro como baba de babosa de temor compartido.
—Si hay algo que estamos pasando por alto— dice Pilar en uno de esos momentos de hastío—, o está muy escondido o todo lo contrario: lo tenemos tan pegado a las pestañas que no somos capaces de verlo.
Iván recuerda el consejo de Marcos, el camello de Torremolinos: «Enfócate en primer lugar en lo más evidente». Y este pensamiento lo convierte en una cerilla con la que raspa la pared rugosa y húmeda de su cerebro, intentando una y otra vez prender una chispa que se niega a brotar.
—¿Has hablado con Alicia o con Rafa? —pregunta Pilar, señalando en dirección al dormitorio del hijo de Iván.
—Por wasap. Rafa se ha ido a pasar estos días a casa de su madre.
—Lo sé. Alicia me dijo que tu chaval quería recibirte cuando te dieran el alta, pero parece que hoy tenía algún lío que resolver. Ya vendrá, seguro.
—Con todo y con sus líos, mi hijo es mucho mejor persona que yo.
—Si no te gusta que te dé la razón, mejor no sueltes esas obviedades, jefe.
Se sonríen. De un modo demasiado recurrente estos días, a la mente de Iván vuelve la noche del incidente en LaRoux, el festi , que diría Rafa, donde murió Jhon.
Demasiado recurrente y demasiado doloroso.
Porque ¿qué habría pasado si Ventura, al igual que Jhon, hubiera sabido que Rafa era su hijo?
Solo pensarlo le eriza la piel y le provoca un escalofrío que, como una serpiente, le sube desde los talones, le recorre la espalda y le muerde en las sienes.
—Los dos han estado muy preocupados por ti estos días —dice Pilar, que parece haber visto la serpiente.
Iván apenas si escucha a Pilar. Está marcando el teléfono de Rafa. Le deja un mensaje en el contestador. Intenta sonar natural y relajado. Le invita a cenar pizza en casa esta misma noche.
—¿No es un poco tarde? —pregunta Pilar.
—Temprano, para su edad.
Y es que han dado las diez, se les ha pasado la tarde en un suspiro. Más de cuatro horas allí encerrados y aún nada en claro. Piden la pizza en cualquier caso; el frigorífico está (otra vez) vacío y algo tienen que cenar. Pilar tampoco se muestra apurada por volver a su casa.
Para sorpresa de ambos, apenas un par de minutos después de que se marche el de Glovo, el timbre de la puerta vuelve a sonar.
Rafa. Iván siente que se le eriza la piel de nuevo, pero el origen es una emoción muy diferente a la de unos minutos antes.
Los ojos se le humedecen en el largo abrazo en el que se funde con su hijo.
Han transcurrido demasiados días desde aquel otro abrazo en ese mismo salón.
—¿Cenamos? —La cara de Pilar es toda sonrisa.
Mientras Pilar e Iván se dedican a recoger los papeles de la alfombra, Rafa trae de la cocina los cubiertos, los platos y la única cerveza fría que hay en el frigorífico. Cuando regresa al salón, su padre está devolviendo las últimas fotografías a su carpeta.
—¿Y ese?
La imagen que Iván tiene en su mano es el retrato robot que días atrás, estando él aún hospitalizado, dibujó la Científica siguiendo sus indicaciones.
—En teoría es el cabrón que me ha hecho esto —responde pasándose un dedo por la brecha amoratada del cuello.
—¿Cómo? Trae. —Le arranca el papel de la mano.
—¡Cuidado, Rafa, joder!
—Espera, papá. Dame tu móvil. Vas a flipar.
Iván, aunque sorprendido, desbloquea su iPhone con la cara y se lo entrega.
—¿De qué va esto?
—¡Calla, joder! —Sin duda y por desgracia, se compadece Iván, tiene más de él de lo que cree.
Rafa desliza el dedo sobre la pantalla varias veces hasta que, mostrando una sonrisa triunfante, pulsa sobre ella y, con un gesto un tanto teatral, gira lentamente el móvil hasta poner frente a su padre la imagen que ha buscado. Pilar, sin dudarlo un segundo, se asoma también.
—¿A ver? Dame el móvil.
—No —dice Rafa. Iván y Pilar cada vez más intrigados—. ¿Reconocéis la foto?
Iván mira la pantalla arrugando los ojos, como si acabase de descubrir que padece de presbicia y que necesita gafas para ver de cerca.
—Claro. Es la que me envió Jhonatan desde el festival. Los dos tenéis cara de haberos fumado el Rif. Al resto de vuestros amigos no los conozco.
—¿Estás seguro de eso? —pregunta Rafa con impaciencia—. Venga, papá, que no se diga. ¡Que eres el inspector De Pablos, coño!
El inspector le arranca el móvil de un zarpazo. Lo último que necesita es que el jodido niño le ponga a prueba. Cabecea, suspira inquieto y consigue, por fin, enfocarse. Lo ve.
—No me lo puedo creer. ¿Se puede saber...?
—No tengo ni idea, papá. Éramos muchos. Ya sabes cómo son estas cosas. Ese tipo era el amigo de alguien, creo que de Jhon, pero...
—¡¿De Jhon? ¿Y me lo dices ahora?!
—¡Joder, papá! ¡Y yo cómo coño iba a saberlo!
—¡Claro! ¡¿Cómo ibas, cómo ibas, cómo ibas a saber nada, ¿no?! Claro que sí, Rafa. Muy mayor para los porros, pero ¡qué inmaduro eres, tío!
—¡Mira quién fue a hablar! No sé ni cómo tienes el valor de decir eso.
—¡Ya está bien! —exclama Pilar—. ¿Podéis decirme, si no es ninguna molestia para ninguno de los dos, què cony passa, si us plau?
Padre e hijo se miran. Callan. Y, si no fuera porque la situación no lo era, la perplejidad de Pilar y su llamada de atención, coño en catalán incluido, les parecería cómica. Iván es el primero en reaccionar. Pasándole el móvil, le responde:
—Fíjate en el tipo que está detrás de Jhonatan y de Rafa. El más serio de todos. —Pilar se lleva una mano a la boca. Sus ojos se han transformado en dos ventanales—. Es él: el hijo de puta que casi me mata la otra noche.
Pilar amplía la imagen del móvil y lo coloca sobre la mesa de centro.
Iván hace lo propio con el retrato robot.
No hay ninguna duda, se trata de la misma persona.
De hecho, en ambas imágenes el tipo tiene un rictus serio que, en el caso de la fotografía, contrasta, con mucho, entre las risas ebrias y festivas de las demás caras.
Si se pudiera subir un par de tonos el color en el dibujo de la Científica, los rostros resultarían gemelos.
—¡Y no me creíste, Pilar! Te lo he dicho por activa y por pasiva, que me sonaba muchísimo.
Pero nada, como yo iba colocado y borracho, me decías no sé qué sobre mi credibilidad ante un juez...
¡Pues aquí lo tienes! —dice victorioso Iván, permitiéndose un abrazo inesperado a su compañera—.
¿Qué? ¿Se parece el de la foto al dibujo o no?
Pilar asiente muy despacio, zafándose del abrazo jactancioso y satisfecho del inspector que, sin embargo, prefiere no hacer sangre.
—Me he pasado, Rafa. Lo siento, no tenía que haber reaccionado así.
—Con una mano agitada al aire, el muchacho rechaza las disculpas de su padre—.
Cuéntame todo lo que recuerdes de él, por favor: cuándo llegó, de qué iba, si hablasteis de algo, si hizo algo que te pareciera raro o fuera de lugar.
Todo. Lo que sea, por favor. Es muy importante. Cualquier detalle puede ser crucial.
Rafa se sienta en el sofá, exhala un suspiro y se pone a mordisquear una cuña de pizza , un gesto que Iván interpreta como un vale, papá, déjame en paz un rato y ya veré yo si me acuerdo de algo y si me sale de los huevos contártelo.
Su padre ni por asomo piensa en comer, tiene un nudo en el estómago, pero sabe que ahora la táctica con su hijo es hacerle entender que vale, Rafa, tío, tómate el tiempo que necesites.
Y acierta.
—¿Te acuerdas —empieza a preguntar Rafa— lo que te dije de que, en un momento de la fiesta, Jhon, muy serio, me contó que sus jefes lo tenían cogido por los huevos, pero no me dijo el motivo, y que después se fue y volvió al rato sonriendo y como si no hubiera pasado nada?
—Iván asiente. Claro que lo recuerda. Es uno de los agujeros del caso, donde cada vez que se ha asomado solo ha encontrado oscuridad—.
Pues ahora, al ver la foto, acabo de recordar que, durante la conversación, Jhon no paraba de mirar alrededor, muy inquieto, como temiendo que alguien pudiera escucharnos.
Lo cual era una gilipollez, porque ya me dirás, con la música sonando a todo lo que daba, teníamos que gritarnos a las orejas para entendernos.
—Iván asiente de nuevo. Se muere por que Rafa meta el turbo, pero no, tranquilo, se dice, déjalo a su ritmo—.
Pues justo un segundo antes de que cambiara de tema y se quitara de en medio, ese tipo de la foto le pidió fuego y Jhon se lo dio y me lo presentó.
—¡¿Y no recuerdas cómo se llamaba?!
—Tom, Tomy. Algo así. No estoy seguro. A esas horas no andaba yo ya muy fino.
Iván se debate entre comerse a su hijo a besos o matarlo. Al final, opta por algo menos extremo:
—Gracias, Rafa.
Y, a continuación, dirigiéndose a Pilar:
—Necesitamos hacer un barrido del círculo más cercano a Jhon. Empieza por enseñar la foto a su familia, amigos y a compañeros de trabajo. El cabrón de Tomás tuvo la desfachatez de darme su nombre verdadero. Hay que tenerlos cuadrados.
—Fácil no va a ser. Porque si Jhon era tan buen relaciones públicas como dicen, debía de tener amigos y conocidos a punta pala.
Los tres se quedan en silencio. Iván, rumiando la locución tan relacionada con el ámbito de la construcción que acaba de soltar su compañera de una manera espontánea.
Y, por la expresión de ellos, Rafa y la propia Pilar deben de estar también pensando en esta casualidad.
Hasta que los tres estallan en una carcajada al unísono.
Una risa que logra que, durante el resto de la noche, y hasta que terminan la pizza y Pilar se marcha a su casa, la conversación fluya por cauces ajenos por completo al caso.
Una vez que Rafa se acuesta, Iván, a solas en el sofá del salón, rematando un último cigarrillo, imagina por unos segundos un futuro mejor para ellos tres, donde, por fin, él hace todo lo correcto, lo que mejor le sienta a su vida torcida, lo que sus amigos y sus familiares, incluyendo a su ex, y hasta sus jodidos compañeros de la comisaría, esperan de él.
Un futuro, por cierto, en el que también habitaría Rodrigo.
Es muy tarde, por eso decide, en el último instante, borrar el mensaje que a punto está de enviarle.
¿Dónde te metes? He estado fuera de juego unos días.
Ya te contaré. Ojalá hubieras estado aquí.
Y, como un mecanismo de ruedas dentadas engarzadas unas a otras, pensar en Rodrigo le lleva a pensar en Humano Futuro, y Humano Futuro a pensar en la coca, la mefe, el speed, el GHB, los éxtasis, la tina y todas las otras sustancias que han formado parte de su día a día hasta hace solo dos semanas, cuando ingresó en el hospital a punto de palmarla.
Dos semanas que lleva sin meterse nada. Dos semanas en las que ni siquiera, con dolor de heridas y todo, ha pensado en ellas. Hasta ahora.