08. Lunes al mediodía. Dos semanas más tarde
Lunes al mediodía. Dos semanas más tarde
El paso de los días y el reposo forzoso propician una cicatrización y una recuperación más rápida que la prevista por los doctores.
Dijeron: si no hay complicaciones de última hora, a la vuelta de las vacaciones podrá usted reincorporarse al servicio activo, inspector.
¿Vacaciones? El año pasado por estas fechas, Alicia, en un alarde de insospechada generosidad, permitió que Iván se llevara a Rafa cuatro días a la Toscana.
Una escapada que resultó un absoluto desastre.
Primero, perdieron el vuelo a Florencia porque Iván se quedó dormido (la noche anterior se la había pegado, aunque él lo negó).
Tomaron uno posterior con escala en Madrid y, clavada salvaje de precio aparte, tuvieron que renunciar a una noche de hotel, cuyo pago, por supuesto, había sido desembolsado previamente.
En Italia el calor era tan insoportable como en Sevilla.
Ni los monumentos ni el patrimonio arquitectónico ni la gastronomía ni los paisajes ni los italianos (guapos a rabiar, extrovertidos y entregados a la causa del agrado al turista) compensaron el desaguisado.
Al segundo día, Rafa dejó de resoplar y de quejarse, pero con su silencio gritaba que se moría por volver a su casa, a su habitación, a su aire acondicionado, a su Play Station y a sus bros , y que su padre debería tomar nota del esfuerzo que estaba haciendo por él, por que Iván disfrutara de unas vacaciones en un destino que él, su hijo, no había elegido.
Y con ello esperaba que tuviera la decencia de agradecérselo.
Por eso, a la vuelta el inspector le dio un buen tajo a la ya esquilmada paga extra de verano.
No le preguntó a Rafa en qué iba a gastarse esos y él tampoco se lo contó.
A quién coño se le ocurre viajar a la Toscana con un adolescente...
Un año ha transcurrido y todavía Iván no tiene nada a la vista para este verano.
Más me vale, piensa, hacerle ya el bizum. Fuera problemas.
Le dan el alta el primer lunes de agosto.
La bofetada de calor le confirma lo que esta mañana ha escuchado en los informativos de la radio, eso de que los termómetros van a batir hoy, otra vez, el récord de altas temperaturas desde que se tienen registros.
Que van a reventar, otra vez. Y pensar que todavía hay gilipollas que niegan el cambio climático, se dice al traspasar la barrera del aire acondicionado y las puertas automáticas del Virgen del Rocío.
Mira a ambos lados en busca de un taxi. Solo hay uno en la parada, a unos cincuenta metros a la derecha.
La mera idea de exponerse al lanzallamas del sol para cogerlo hace que le tiemblen las piernas.
Pero se arma de valor, inspira —su nuevo mejor amigo, el pinchazo en el pulmón derecho, le dice «¡Hola, aquí sigo!
»— y comienza a andar en dirección a la parada.
Poco a poco. Paso a paso. A la cuarta pisada, ya se ha acordado de todos los dioses habidos y por haber. Un coche se detiene a su lado.
—Y que esta ciudad siga sin poner toldos en las paradas... Sou molt estranys.
Si uno solo de esos dioses existiera, la sonrisa de Pilar sería la prueba más fehaciente.
—El alcalde ha prometido que les va a poner hamacas. Y fuentes de mojito. Y un pelotón de abanicadores guapos y cachas. Me da igual si son negros, rojos, amarillos o blancos. No hay etnia mala. Todo es cuestión de copas.
— Posats a demanar...
—Discúlpame, pero tantos días encerrado ahí —dice Iván señalando los ventanales de la fachada principal del hospital—, han anquilosado mi catalán.
—Decía que puestos a pedir... Anda, sube, te llevo a casa, que como decís aquí, los bombones al sol se derriten.
—Gracias, pero este bombón es de licor, y los médicos lo han tenido en dique seco —Iván se monta en el coche con un jadeo, una mueca de dolor y otra de disgusto al tocarse la frente empapada—. Invítame a un trago en algún antro oscuro que tenga puesto el aire a revienta calderas.
—¿Y los antibióticos? No deberías mezclar...
—Peor de lo que estoy no me van a dejar.
—Pues mira: estás hecho un guiñapo, pero creía que te iba a encontrar aún peor y... —Pilar guiña un ojo y sonríe—... suenas muy bien. Se te ha puesto voz de locutor de radio. Así como interesantona. Te ha sentado bien esa sequía.
—Oye, estás muy graciosa, ¿no? ¿Qué te pasa, que ya te han dado el pasaporte de sevillana?
—Me alegro mucho de verte bien, eso es todo, gilipollas.
—Y yo, querida. No te imaginas cuánto.
Durante los veinte minutos hasta la Alameda, Iván mira con curiosidad renovada un trayecto que ha hecho antes muchas veces, pero que ahora se le está antojando como recién estrenado.
Al contrario de lo que un forastero pueda suponer, Sevilla no se muere todos los años en agosto para resucitar a mediados o finales de septiembre.
Quizás no bulla tanto como en primavera o en otoño, pero mantiene una actividad más o menos intensa, día y noche, que los indígenas de recursos limitados agradecen y exprimen.
No tardan en dar con un local de su gusto: tranquilo, a oscuras, y con las mesas bajo un cañón directo de aire acondicionado a dieciséis grados.
—Aquí, a partir de los treinta y ocho a la sombra, vivís de puertas adentro —es lo primero que dice Pilar después de sentarse a la mesa y pedirle al camarero un vodka cortito con tónica para él y una cerveza sin alcohol para ella—. Lo aprendí al poco de mudarme a Sevilla.
—No nos queda otra —y, rápidamente, como si le faltara el aire—. Pero no vamos a hablar del tiempo, por favor. Que haga calor en Sevilla en verano solo es noticia en los telediarios. Hace días que no sé nada de ti. Cuéntame.
—¿De mí o del caso?
—Pilar, amiga...
Su amiga, su compañera Pilar, le cuenta que las cosas por comisaría no andan muy allá: el caso en un callejón sin salida, los medios reclamando información y explicaciones que nadie tiene, la imagen del cuerpo más que tocada, arrastrada, los responsables políticos a la caza de un cabeza de turco —puesto para el que Diosdado es en este momento el mejor clasificado—, y el aparato de aire acondicionado renqueando, sonando como un reactor desde hace diez días.
Los técnicos de los servicios centrales han acudido esta misma mañana, poco han tardado para lo que suele ser habitual, pero todavía no han dado con el origen del fallo y, aunque de momento no es más que un runrún, los altavoces de las diferentes facciones sindicales ya están empezando a inundar el escritorio y la bandeja de entrada del comisario con el asunto del aire y de la insalubridad en el trabajo.
—Ah —añade, como si no fuera con ella—, antes de que te enteres por ahí, quiero que sepas que Dani y yo nos estamos separando.
—Joder.
—Mucho.
—Sospechaba que estabais mal, pero no tanto.
—Mejor te ahorro los detalles.
—Siento no haber estado —dice Iván con un deje de duda en la voz.
—No te mortifiques, no te estoy echando nada en cara, tampoco me habría gustado tenerte encima a todas horas.
Te basta con saber que la decisión la hemos tomado juntos.
—Pilar hace una pausa tensa, como parada en medio de un campo de minas—.
Lo siento mucho por mis niñas, también por Dani, ha sacrificado muchas cosas por mí, no solo por el traslado a Sevilla.
Pero ya no puedo pedirle que me aguante más —nueva pausa que Iván respeta con un silencio reverencial—.
Las niñas lo van a pasar mal ahora, aún son muy pequeñas, pero a la larga agradecerán que sus padres se lleven bien.
—Suena muy civilizado.
—Esa es la intención. Ambos lo estamos haciendo lo mejor que podemos... Aunque también te digo que de pensar tanto en nosotros no he parado un momento para pensar en mí. Para preguntarme cómo estoy. No cómo me siento, porque eso no lo sé ni yo misma. Cómo estoy.
—¿Y cómo estás, Pilar?
La subinspectora sonríe y le hace un gesto de agradecimiento con la mano.
—Es un tópico —continúa Iván—, pero estoy convencido de que, incluso en el caso de Alicia y mío, que es mucho más complicado que el tuyo y las heridas son mucho más profundas, la clave es el tiempo.
Creo que al final lograremos llegar a algún tipo de entendimiento amistoso.
En fin, no sé qué puedo decirte... que lo siento y que aquí me tienes.
—Gracias, jefe. Ahora mismo lo que más me ayuda es tener la cabeza funcionando. Trabajar me relaja.
—Lo tuyo debería figurar con un capítulo específico en los manuales de psicología.
—Mire usted quién fue a hablar... Un manual completo hace falta para lo tuyo. Una enciclopedia de la rama, si nos ponemos espléndidos.
Aparición providencial del camarero. Relleno de copas justo cuando más lo necesitaban. Esta vez, ella pide un ron con naranja. El camarero recoge las vacías y vuelve a la barra para preparar las nuevas.
—Entonces, dime. ¿Hay alguna novedad?
—En principio, muy poca cosa —responde Pilar—. A Ventura lo han trasladado al módulo psiquiátrico de Sevilla 2. Tancat i barrat. No hay manera de arrancarle una sola sílaba. Está como catatónico.
—¿No habla nada de nada?
—Nada.
—¿Ni siquiera movidas religiosas? No sé, rezos, cánticos, esas cosas tan de cristianos.
—No me seas... Ritos y cantos los hay en todas las religiones.
—Lo sé. Ya me entiendes. ¿Rezaba o algo?
—No en voz alta. Hasta el traslado, lo único que hacía por las noches, antes de volverse mudo, era montar un pollo en su celda.
Se las pasaba llorando y dando alaridos.
Después, nada. Los médicos aún no se atreven a arrojar ningún diagnóstico, pero un cable pelado, como tú decías, seguro.
No es un término muy científico, pero sí de lo más acertado.
No ha recibido ninguna visita y, según el Registro Civil, no tiene a nadie en el mundo.
—Un chucho abandonado en la carretera.
—No me gusta pensar así de las personas, pero hay algo de eso: a veces su comportamiento es más parecido al de un animal.
—Todos somos animales. Unos más que otros. Es cuestión de educación.
—Voy a tener que volver a darte la razón, inspector.
—No sé si me gusta eso. Prefiero que me discutas o me riñas. Voy a probar por otro frente: ¿y del hijo de puta que por poco me mata? ¿Sabemos algo?
—Nada. Ni rastro. Ni huellas ni testigos. El local hasta la bandera de gente, y nadie vio nada ni recuerda a nadie parecido al retrato robot que dibujaste. Claro que tampoco resultas un testigo muy fiable. Ibas bebido y drogado.
—Sí, pero yo a ese tipo lo había visto antes de esa noche. Estoy seguro al cien por cien.
—Creo que, en el hipotético caso de que diéramos con él, ningún juez le iba a dar credibilidad a tus probabilidades. Necesitamos algo más sólido para encontrarlo.
—¿Y tú?
—Y yo, ¿qué?
—¿Me crees?
—Iván, ¿tú por qué piensas que sigo a tu lado? ¿Por guapo? ¿Te has visto al espejo últimamente?
—Más de lo que me habría gustado.
—¿Te sigue doliendo? —Efectivamente, aunque la hinchazón y las rojeces han disminuido, las secuelas del ataque siguen provocando dolor solo de mirarlas. Mención especial para la cicatriz aún muy viva del cuello.
—Más de rabia que por otra cosa.
—Pues mejor que te relajes, porque no tengo mucho más que contarte.
Le he pedido ayuda a los compañeros de la UDEF con los papeles contables de SurConEd.
Viste que no controlo mucho sobre esos temas, pero algunas cosillas me chirriaban.
Lo mismo no es nada, pero por abrir brechas...
De todos modos, van a tardar. Media España está de vacaciones y la otra media amodorrada por el calor.
—Normal. Pero tranquila. De entrada, cuesta imaginar que los asesinatos estén relacionados con los líos económicos y financieros de la empresa.
Aunque, como tú dices, no perdemos nada excepto tiempo.
Y de eso, ahora mismo, ando sobrado. Ya conoces el refrán: cuando el diablo se aburre mata moscas con el rabo. ¿Tenéis alguno similar en catalán?
—Sería algo así como Qui no té penes, se'n busca o Qui no té feina, el gat pentina.
—¡Esa última me gusta molt ! —exclama riendo el inspector—. Venga, vamos a mi casa y nos ponemos a trabajar.
—Jefe, sigues apartado del caso y los médicos te han recomendado reposo.
—Vale, como quieras. Me voy a mi casa a tirarme en el sofá. ¿Cuándo prefieres que te avise, cuando empiece a matar moscas con el rabo o cuando empiece a peinar al gato? —Iván echa a andar sin esperar la respuesta de Pilar. Ni cinco segundos tarda ella en seguirle.
Al llegar a la puerta de su casa, se cruzan con Nico, el repartidor del 19 Minutos.
El chaval acaba de terminar la jornada, está empapado y huele a sudor.
Ni Iván ni Pilar logran ocultar una mueca de repugnancia que saca los colores a Nico y hace que en el último momento se retraiga al darles la mano.
—¿Te queda algún periódico? —pregunta Pilar, azorada por su propia reacción.
—Acabo de largar el último, señora. Me ha costado lo suyo, porque a estas horas no hay ni un alma en la calle... Bueno, ustedes dos.
—Da igual. En verano no hay noticias —dice Iván.
—Inspector, me temo que voy a tener que corregirle. Este año es diferente.
—¿Y eso?
—Entre lo suyo y lo del Grego...
Claro, lo mío, se dice Iván mientras Nico se convierte en un charco.
—¿Y qué pasa ahora con el futbolista ese? —intercede Pilar. Bendita Pilar.
—Ustedes tienen que ser los únicos españoles que no lo saben.
—Digamos que he pasado unos días fuera de juego y no he prestado mucha atención a la actualidad.
—Yo tampoco sé nada —apunta Pilar—, pero es que a mí el fútbol...
—Pero ¡si esto ya no va de fútbol! —exclama Nico con suficiencia—.
Yo se los resumo: al Grego le han rescindido el contrato.
Había firmado por dos temporadas, pero, según el club, su rendimiento ha dejado mucho que desear en los últimos partidos, ¡ja!
—Nico chasquea la lengua—. En realidad, todo el mundo sabe lo que ha pasado de verdad: que la presión en ese vestuario ha tenido que ser de infarto.
—Joder, ¡qué asco de gentuza! —suelta Pilar—. Y todavía seguiréis defendiendo la nobleza del fútbol y no sé quines xorrades més .
—A mí no me metas en ese saco. No sé de qué os extrañáis —dice Iván, que aprieta el paso—. Vámonos. Nos va a dar algo con este calor.
Pilar lo mira con los ojos arrugados. Pero no le contesta hasta que el ligero frescor del zaguán del bloque del inspector les da la bienvenida. Remarca:
—Pues siento decírtelo, pero sí, me extraña que sigan pasando estas cosas a estas alturas... y que, encima, tú lo veas normal. Precisamente tú.
—Precisamente, sí, yo. Porque no estoy sordo. Llevo toda la vida oyendo lo que dicen y murmuran de mí a mi espalda. Que eso no cambia de un día para otro. Y, si no me crees, vas y le preguntas a mi amigo Felipe.
—¿A quién?
—A un amigo a quien un hijo de puta, enterrador para más señas, maricón y homófobo, le ha dado una paliza por no querer irse a la cama con él.
—¿Cómo dices?
—Olvídalo.