Manual para construir un infierno 09. Miércoles por la tarde, miércoles por la noche, madrugada del miércoles al jueves y jueves por la mañana #3
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09. Miércoles por la tarde, miércoles por la noche, madrugada del miércoles al jueves y jueves por la mañana #3

Se abre el dosier con una serie de fotografías del hombre arrestado en el aparcamiento de la Cartuja y que ya ha dejado de ser anónimo.

Los hackers , de momento, han dejado de putear a la policía.

Una fotocopia de su DNI. Buenaventura León Paredes, nacido en Cártama (Málaga) el 7 de julio de 1993 (29 años).

A continuación, otra fotografía de una huella dactilar casi completa encontrada en el cuchillo hallado en el coche del sujeto.

En una nota aparte, Pilar aclara que, como ya le había comentado unos días antes, y como figura en la denuncia que también se adjunta, se da la circunstancia de que el coche fue sustraído en dicho municipio malagueño.

Y, para rematar el cúmulo de coincidencias, la carpeta también incluye información empresarial de SurConEd.

Por un lado, balances y cuentas de resultados que a Iván se le hacen bola.

Nunca le han interesado los asuntos contables y financieros, ni siquiera los suyos.

Así le va, se dice mientras ojea a toda velocidad las hojas impresas donde su compañera ha encerrado entre signos de interrogación algunas cifras y un par de notas aparentemente nutritivas de conceptos que a él, sin embargo, le dicen poco o nada.

Lo jugoso está en el listado de trabajadores de SurConEd que Iván le pidió a Pilar, en una de cuyas páginas, subrayado y rodeado por un círculo a rotulador rojo, figuraba el nombre de Buenaventura León Paredes como encofrador en algunas de las principales obras que la constructora había desarrollado por toda Andalucía.

Obras entre las que se incluían, oh, sorpresa, los hoteles Sacramento Vejer, Sacramento Torremolinos y, oh, doble sorpresa, el próximo Hotel Sacramento Sevilla.

Así que blanco y en botella: la teoría que Iván lleva rumiando los últimos días va cristalizando con más o menos acierto.

Para ayudarse a sí mismo a visualizarlo con nitidez, a continuación de la nota de Pilar, y con su letra horrible, garabatea algunas frases: un gay homófobo (con trastornos de personalidad por falta de autoaceptación) decide deshacerse de una trieja gay, cada uno de sus miembros nacido y residente en provincias distintas.

Para ello cuenta con la ayuda de un sicario que, como mucho, tiene dos dedos de frente.

Pero en el último momento, cuando ya ha liquidado a los dos primeros, el homófobo, en uno de sus giros de personalidad (un arrepentimiento probablemente propiciado por el diagnóstico de un cáncer terminal) se echa para atrás.

El sicario tarado dice que, de eso, nada, que él nunca deja un trabajo a medias.

En el fragor de la discusión, bien por accidente, bien a conciencia, muere el gay arrepentido y poco después, efectivamente, el sicario toli termina lo que había empezado y liquida al tercer miembro de la trieja.

La relación entre el gay/homófobo/cabeza pensante y el sicario/cabeza hueca/metódico, reside en que ambos trabajan para la misma empresa constructora, pero tienen la coartada de la distancia que los separa, nadie podría relacionarlos.

Algo similar al pacto de sangre de los dos asesinos protagonistas de Extraños en un tren.

Faltan, eso sí, algunos detalles por confirmar, no precisamente menores:

Uno, que el sicario, el tal Buenaventura de los cojones, se digne corroborar todo lo anterior en una declaración por escrito y que al juez de marras no se le vaya a ocurrir invalidarla por los fallos en las sinapsis neuronales del acusado.

O, peor aún, que, por muy blanco y en botella, al final, el gilipollas este presente una coartada irrefutable o una alegación tan contundente contra el castillo de naipes que Iván acaba de edificar que termine por destruirlos a ambos, al castillo y al mismísimo inspector.

Dos, por qué Jhonatan le confesó (a medias) en el festival a Rafa que sus jefes lo tenían cogido por los huevos. ¿Qué ocultaba? ¿A quién protegía? ¿Por qué no terminó de contárselo todo? ¿Acaso Quino y Alberto estaban al tanto también y por eso significaban una amenaza que había que neutralizar?

Tres, encontrar a Tomás, si de verdad ese es su nombre, el hijo de la gran puta que intentó acabar con su vida en los baños del Caballero Inexistente y qué relación guarda con Ventura, Segis y SurConEd, si es que guarda alguna.

Valiente estupidez, claro que la guarda.

Si no, a cuento de qué iba a ir a degüello —nunca mejor dicho— por él.

Iván se acaricia la herida del cuello con suavidad por primera vez desde que ha despertado. Duele a rabiar.

Y cuatro, resolver todo lo anterior desde su posición de paria apartado del caso, quemado en la hoguera de la opinión pública, la prensa y las redes sociales, con el cuerpo cosido a navajazos y una capacidad pulmonar como para inflar globos en la celebración de una primera comunión de esas que se llevan ahora, de no menos de quinientos invitados.

Blanco y en botella, se repite, blanco y en botella... ¡Por los cojones! Agotado, lanza la libreta y el bolígrafo al otro extremo de la habitación, golpeando la puerta contrachapada del ropero con gran estrépito. Ahora que cae, ¿no eran rojas esas tapas?

Un poco antes de las ocho de la tarde, Iván pulsa el botón para llamar al enfermero, pero ha habido cambio de turno y en su lugar aparece una chica jovencísima, rubia, con una sonrisa radiante y alegre como un amanecer en la playa.

Pero él no tiene el alma para paisajes bucólicos.

Se quiere morir por el dolor de los cuatro tajos, más si cabe por el de la garganta.

La enfermera, que se desplaza como si flotara un par de centímetros sobre el suelo, lo mira con una mezcla de dulzura y preocupación, algo que, en vez de reconfortarlo, hunde a Iván un poco más en su miserable situación.

Sobre todo, cuando, tras una rápida comprobación, la joven le explica que el gotero que contenía el analgésico llevaba un buen rato atascado.

Unas tres horas, según sus cálculos. No sabe por qué el mecanismo percutor no ha hecho saltar la alarma.

Le pide disculpas. Se hace una idea de cuánto debe de estar sufriendo.

No, querida, le grita Iván con una mirada de lobo feroz a esa caperucita de saldo, los ojos anegados de lágrimas furiosas, tú no tienes ni puta idea de cuánto me duele todo.

Media hora después, desatascado el conducto, el inspector se vuelve a quedar dormido. En la intermitencia de la duermevela regresan a visitarlo sus fantasmas de toda la vida, incluyendo a su ex y a su hijo. Las tapas de la libreta se han teñido otra vez del color rojo de la sangre roja.