Manual para construir un infierno 09. Miércoles por la tarde, miércoles por la noche, madrugada del miércoles al jueves y jueves por la mañana #2
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09. Miércoles por la tarde, miércoles por la noche, madrugada del miércoles al jueves y jueves por la mañana #2

El inspector vuelve a girarse con un gruñido de dolor, arruga los labios. Lo mío tiene arreglo , escribe con letra nervuda y arrastrada.

—Gloria bendita —contesta Diosdado—. Vamos a librarnos de escuchar tus gilipolleces durante una buena temporada. Dicen que va para largo.

—¿Cómo te encuentras? —pregunta Pilar, abriendo un claro para demostrar que no es el momento ni el lugar para batallas domésticas—. ¿Necesitas algo?

Iván la mira con dulzura y después asiente rápidamente mientras escribe. ¿Quién?

—Eso mismo veníamos a preguntarte —responde Diosdado—. Uno de tus ligues, seguro. —Iván cabecea—. ¿Entonces? ¿Está relacionado con el caso?

El inspector inspira y asiente mientras expulsa muy despacio el aire por la nariz.

El silbido de los pulmones ya no es tan bronco como ayer, pero aún tardará unas semanas en dejar de recordarle cada vez que respire que a punto estuvo de palmarla, y que el ejecutor fue el desconocido que le clavó hasta cuatro veces un arma blanca (ni siquiera es capaz de recordar si se trata de un cuchillo o de una navaja), pero el culpable último no es otro que él mismo, por andar siempre liándola, por no quedarse nunca quietecito ni calladito, por no hacerle caso a su intuición la otra noche y haberse marchado a casa directamente desde la sauna, donde ya había disfrutado metiéndose todo lo que quiso y follando con quien quiso, pero no, él tuvo que tomarse la última, y es que siempre hay una última copa esperándolo en algún sitio, y si no la hay, él va y se la inventa...

Tiene toda la pinta , escribe con su letra parecida a las huellas de un gusano en la arena. Stamos cerca.

—Aparte de ver cómo estabas, también quería hablarte de eso —comenta Pilar con una enigmática sonrisa en los labios.

El enfermero devastador entra otra vez. Su actitud, sin embargo, dista mucho de la de la noche.

Sus ojeras ladran las horas de guardia ininterrumpida.

Que le den. También sus modales se han suavizado, quizás por la presencia de los visitantes, el comisario Diosdado lo observa con ojos intimidatorios.

Un detalle que recuerda a Iván la de veces que le ha dicho a su jefe que es el más claro ejemplo del perro ladrador, y este le ha contestado que el día que le muerda los huevos se le van a quitar las tonterías para toda la vida.

Nunca lo ha hecho, morderle, pero el enfermero eso no lo sabe y está acojonado.

Iván se sonríe. Con todo, antes de salir, el enfermero se arma de valor para recordarles a los visitantes, en un tono escrupulosamente amable y respetuoso, la conveniencia de, por favor, no extenderse demasiado, el paciente aún está muy débil y necesita reposo.

Comentario que a poco está de provocar en Iván otra crisis aguda de dolor por una carcajada que puede contener a tiempo.

—Nos vamos —dice Pilar. De su bolso extrae una carpeta con el logotipo del CNP que deposita sobre la mesilla, en un gesto calcado al que poco antes había hecho Alicia con la libreta y el bolígrafo—.

Tienes que descansar, Iván, por favor. —Le aprieta la mano y le guiña un ojo.

En su gesto aún flota un aire de misterio, como de intriga palaciega—.

Pero como ya nos conocemos, te dejo algo para que te entretengas, por si el dolor no te deja dormir.

—Voy a hacer como si no hubiera visto esa carpeta, subinspectora —afirma Diosdado.

—¿Qué carpeta, comisario?

Los analgésicos están perdiendo la nueva batalla en curso, por eso Iván sabe que le va a costar un mundo y algo más concentrarse en la lectura, pero qué otra cosa puede hacer.

Ya a solas, se zambulle en la carpeta como si un coro de sirenas y tritones lo llamara desde el fondo del mar.

Si su contenido guarda una relación directamente proporcional al entusiasmo con el que su compañera se la ha entregado, debe de ser tan jugoso como la miel de la primavera para un oso recién despierto de la hibernación.