Manual para construir un infierno 09. Miércoles por la tarde, miércoles por la noche, madrugada del miércoles al jueves y jueves por la mañana
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09. Miércoles por la tarde, miércoles por la noche, madrugada del miércoles al jueves y jueves por la mañana

Miércoles por la tarde, miércoles por la noche, madrugada del miércoles al jueves y jueves por la mañana

Como recién sacada la cabeza del agua. Los sonidos son gomosos.

El aire, una madeja de lana. La luz que rasga el párpado y se clava en la retina, una catana resquebrajada y oxidada.

Alberto y Quino debieron de sentirse así, piensa.

Pero él no va a hundirse. No esta vez y no físicamente.

A pesar del ancla que tira de sus tobillos hacia una sima abisal.

Hacia la negrura. Hacia el frío húmedo y definitivo.

Pero él no piensa hundirse. Puede que mañana sí, hoy no.

Todavía no. Son muchas las cuentas pendientes, muchos los frentes abiertos y muy poca la paciencia.

Se aferra a ese tapón de corcho en la tormenta que le empuja, que baila una danza desaforada en un torbellino que le lleva hacia arriba, arriba, arriba.

Es poco, pero es mucho también. Se aferra y grita: «¡Basta ya, cabrones, dejadme en paz, hijos de la gran puta, que todavía no! ».

En algún momento la palidez de una luz acuosa se ha ido filtrando en su interior, apaciguando, estabilizando su cuerpo y, sobre todo, su conciencia. Cuando despierta, los zumbidos son murmullos y las acuarelas negruzcas que empañan sus ojos son siluetas desmayadas que apenas si se mueven.

Un milagro, ha anunciado el cirujano jefe, el doctor Rincón, teniendo en cuenta la salvaje (sic) cantidad de sangre que ha perdido y la profundidad de una de las heridas, la que le ha reventado medio pulmón derecho.

Ni esta ni la que le ha atravesado la tráquea son mortales, pero la recuperación va a ser lenta.

Ya puede ir olvidándose de hablar durante una buena temporada.

Si, por lo menos, el inspector estuviera en forma...

Pero no es necesario conocer su historial.

Ni el médico ni el de fiestas y excesos.

Y si le duele, va a tener que aguantarse.

Las adicciones le han provocado una extraordinaria resistencia a los analgésicos.

La dosis de morfina que haría tambalearse a un elefante resulta para él igual de efectiva contra el dolor que un caramelo de anís sin azúcar.

Un milagro, repite. Ya no se lo dice más: dos veces que Iván intenta articular un sonido inteligible, dos veces que el dolor le rompe la tráquea, los tímpanos y la nuca. Le saca las lágrimas.

—Así dices menos tonterías.

Este sí es un auténtico milagro. ¿Cuánto tiempo hace que no se ven?

Si no recuerda mal, la última vez tuvo lugar de la manera más fortuita.

Él salía del San Piero y ella entraba. Un día entre semana, alrededor de las nueve de la noche, de ahí su cara de sorpresa.

Sin embargo, no le preguntó qué hacía él allí, tan temprano.

Iván pensó que no lo hizo, preguntarle, por seguir apretando los dientes, por no recortar ni un milímetro la fría distancia que Alicia había impuesto, ese sapo demasiado gordo para tragárselo, la gota que colmó un barreño rebosante de desplantes, mentiras, incumplimientos y faltas acumuladas año tras año tras año.

En aquella entrada y salida, el inspector la saludó con sincera y contenida alegría e hizo un amago de darle un beso en la cara, pero ella se mantuvo en su posición de deidad inalcanzable, de fortaleza y torre inexpugnables, de madre coraje.

No cedió ni siquiera cuando él le preguntó por Rafa, limitándose a murmurar que la esperaban para cenar, que la disculpara, que llegaba tarde.

Le habría encantado acompañarla al interior del restaurante y conocer a esa persona (nada le habría alegrado más que ella hubiera rehecho su vida con una nueva pareja), pero no lo hizo.

¿Seis meses han pasado desde entonces? Puede ser.

—Vamos, papá, no la mires así que tampoco es para tanto.

—¿Cómo te encuentras?

Solo tres palabras e Iván comienza a llorar.

Un llanto silencioso, apretado, de lágrimas que se desbordan y mojan una barba de varios días hasta que caen sobre las sábanas.

Se lleva una mano a la cara con intención de secársela, pero Alicia se le adelanta con un pañuelo.

Después le toma una mano entre las suyas.

El recuerdo del calor y, sobre todo, del olor de su piel es la primera sensación placentera desde... ¿Cuánto tiempo lleva así?

—Tranquilo. Tienes que descansar.

Iván intenta definir los contornos del rostro de Alicia y de Rafa, pero sus ojos no le secundan.

Solo encuentran ante sí un borrón de formas y colores.

Familiares, pero borrón: la habitación del hospital, los aparatos que pitan a destiempo y cuyos nombres y funciones ni conoce ni le interesan, las bolsas rellenas de los venenos que le están salvando la vida, la mesilla donde reposa su reloj de pulsera, la ventana, la puerta, el crucifijo colgado en la pared de un hospital público de un país que, en su Constitución, se autodefine como aconfesional, su ex, su hijo, sus propias manos.

Todo se amontona en una gran mancha multicolor donde predominan los grises, los ocres y los violáceos.

Con la otra mano garabatea en el aire. Alicia se encoge de hombros.

Iván intensifica la gesticulación, ya excesiva, pero su ex sigue sin entender.

El inspector emite un gruñido que le vuelve a retorcer de dolor.

Los nudillos se le ponen blancos de apretar las sábanas con más fuerza de la que tiene.

Los muelles de la cama crujen bajo su espalda.

—¡No hables!

El sudor empapa la cama. Hace lo imposible por relajar la postura.

Quiere inspirar profundamente, pero también el pecho se queja con un dolor y un silbido penoso.

Decide entonces volver a la táctica anterior, hace acopio de rabia, se incorpora levemente y logra pronunciar una palabra, cuatro letras, dos sílabas, que le abrasan la garganta como las mismísimas llamas eternas del infierno: «Boli».

—¡Ah, ya! —exclama Alicia—. Espera. —Rebusca dentro de su bolso hasta dar con un bolígrafo y una libreta pequeña con las tapas rojas.

Por fin, y aunque todo sigue borroso, consigue escribir con su letra nerviosa e ilegible para todo el mundo excepto para él, y a veces ni siquiera eso. Lo siento.

—Ya hablaremos. Ahora lo primero es que te recuperes. Ha dicho el cirujano que esta vez casi ni lo cuentas. Ya te lo explicará él.

—Mala hierba... —dice Rafa impostando un tono jocoso nada convincente, pero que logra arrancar una ligerísima curva ascendente en la boca de su padre.

Iván vuelve al bolígrafo y a la libreta.

Pesan una tonelada, al igual que los ojos, que a duras penas logra mantener abiertos.

¿Lo han detenido? Alicia niega con la cabeza.

Él hunde la nuca en la almohada. Expulsa todo el aire de los pulmones con otro silbido lastimero.

Ella toma la libreta y el bolígrafo de sus manos con suavidad y los deja sobre la mesilla.

Iván se resigna a cerrar los ojos, aunque solo sea por un segundo.

Al poco, siente cómo se hunde ese lado de la camilla.

Después, otra vez el calor de las manos de Alicia sobre la suya.

Ya no está en el hospital. Está en casa.

Vuelve a despertar cuando jirones de oscuridad y sombra se cuelan por la única ventana de la habitación.

Afuera, el murmullo remoto del tráfico casi le parece una cantata de Bach.

Ojalá pudiera conducir él también por esas avenidas que circundan el hospital, tocar el claxon, hacer bramar la sirena.

Y no allí, embarrancado entre la impotencia y el dolor.

Herido, tocado y casi hundido. El dolor en la garganta como ese invitado inesperado, continuo y pegajoso, del que uno ya no sabe cómo desembarazarse al final de la fiesta.

Aunque, si logra abstraerse un instante de su odiosa presencia, poco a poco puede intuir en el efecto de los analgésicos que esta batalla también la va a ganar. La guerra, ya, si eso...

La siguiente vez lo despiertan los ruidos toscos del enfermero de guardia, cuyo nombre desconoce, pero que bien podría ser Godzilla o Kong.

Irrumpe en la habitación hablando por teléfono como quien entra en la sala de despiece de un matadero.

Sigue hablando mientras le toma la presión y la temperatura, sustituye un gotero vacío por otro lleno y revisa los niveles de otros dos.

Valiente hijo de puta, le huele el aliento a coñac y a café.

Por las persianas de la ventana se filtran las primeras claridades del día.

Mierda de enfermero, se tropieza con el borde de la cama mientras recompone las sábanas y sigue aullando al teléfono.

Se aleja por el pasillo ladrando a saber qué cosa sobre el número de horas extra sin cobrar y farfullando sobre el eternamente profetizado colapso de la sanidad pública.

Iván ya no va a volver a conciliar el sueño. Mierda de tío, repite.

Pilar es la primera en dejarse caer por el hospital.

Hasta este momento, Iván no se ha percatado de que está sondado.

Nada más ver la cara de ella al cruzar la puerta sabe que la suya debe de ser un poema de Lovecraft.

¿Tan mal?, escribe en la libreta. Libreta que, por cierto, recuerda más pequeña y de tapas rojas y más grandes, pero son verdes.

Pilar le asegura que las ha visto peores —las caras—. ¿Dónde?, escribe él.

—En el Vacie. 1 O en Las Vegas.

Un huracán de carraspeos y flemas arrecia por el pasillo camino de la habitación.

—Sí, es el jefe. Se ha parado a saludar al compañero que te han puesto fuera.

Iván arquea las cejas, se lleva un dedo índice a los labios, cierra los ojos y se gira contra la pared. Tarde.

—¡Así que ya estás despierto, mariconazo! No gana uno para disgustos contigo, hijo de... —El comisario se para en seco en el umbral, las suelas de sus zapatos viejos pero lustrosos chillan con el frenazo—. Joder, Iván. Joder, tío...