Manual para construir un infierno 10. Madrugada del sábado al domingo
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10. Madrugada del sábado al domingo

Madrugada del sábado al domingo

A mitad del tercer vodka cortito con tónica ya no puede negarse que esta parada técnica —su casa dista menos de trescientos metros del Caballero Inexistente; podía haber meado allí, debería haberlo hecho, por qué coño no lo había hecho— ha sido otra pésima idea.

Tanto que, después de la tercera raya de mefe en el baño y de vuelta a la barra, cada vez más abarrotada, los dedos vuelan con vida propia al wasap de Rodrigo: Hola, estás despierto? Cómo vas?

Y, claro, ahora no tiene nada de sueño. Por eso, cuando un tipo muy guapo se hace un hueco a su lado y le invita a una copa, Iván acepta sin dudarlo.

Le suena mucho la cara, pero como tantas otras: habrá follado con él o con un amigo suyo o con algún amigo de su amigo...

En bares como este puedes pasarte meses viendo a alguien todas las noches sin cruzar una sola palabra, aunque te lo hayas tirado varias veces en el cuarto oscuro de la Kavafis la noche anterior.

—Pero te advierto que acabo de llegar de la sauna —dice el inspector al hilo de su pensamiento.

—No es mi intención. Pero no te recordaba tan creído, Iván. O puede que sí.

—¿Nos conocemos?

—Fue hace mucho. Follamos en el Tank. —¡Casi bingo!—. Los dos íbamos muy pasados.

—Pero tú te acuerdas.

—Porque tú irías más pasado que yo o, desde entonces, has follado con más tíos que yo o, sencillamente, tienes peor memoria que yo.

—Prefiero pensar que fue lo segundo.

—No te conozco tanto, pero tu fama te precede, hermano. Puede ser tanto una cosa como las otras dos.

—O las tres —dice Iván con tono chulesco y haciendo una W con los dedos.

—O las tres —confirma el tipo, haciendo el mismo gesto y entrelazando sus dedos con los de Iván—. Sea como sea, ya te digo que mi intención no es repetir. Me llamo Tomás.

Tomás le dice que es del Polígono de San Pablo, el mismo barrio donde se crio el inspector.

Es difícil que coincidieran porque tiene veintinueve años, trece menos que él, y porque Iván hace más de veinte que voló del nido de sus padres para montar el suyo con Alicia en Sevilla Este.

Por aquel entonces Tomás era poco más que un crío.

De alguna manera aún lo es. Iván no puede identificar en qué exactamente, algo en su tono de voz, en su forma de moverse, en su mirada huidiza y saltimbanqui, que no para quieta, como si dudara a cada momento de lo que ven sus ojos.

Todo lo cual, por otra parte, contrasta sobremanera con su aspecto físico.

Y esto hay que decirlo con rotundidad: Tomás es el tipo de hombre que más le pone a Iván.

Moreno, ojos negros y profundos, mandíbula recta y barba cerrada.

Alto sin excederse. Un cuerpo fibrado, pero no de gimnasio.

Brazos velludos y manos grandes. Los pantalones vaqueros le marcan un culo de lo más prometedor.

Su forma de sentarse, con la espalda ni muy relajada ni muy estirada y esa mirada ansiosa, como si fuera a devorar a su interlocutor de un solo bocado, terminan de redondear un perfil muy cercano al ideal de Iván: los macho men de los anuncios de tabaco y perfumes masculinos de los años setenta y ochenta con los que el inspector educó su imaginación sexual en la adolescencia y que, en la actualidad, están en absoluta decadencia (a la espera de que alguna nueva horda de influencers los vuelva a poner de moda).

También es cierto que mil veces Iván se ha pasado ese ideal por el forro.

Quién no ha renunciado alguna vez a sus ideales por un polvo. Él, que recuerde, nunca.

Suena su teléfono. El nombre de Rodrigo ilumina la pantalla como una luciérnaga kamikaze.

Dos tonos, considera la posibilidad de descolgar.

Al tercero, pasa. Es sábado y es tarde. No está solo y está colocado otra vez.

Hay, por tanto, un cuarto y un quinto tono.

Después, el aparato enmudece. Mientras su nuevo/viejo conocido pide otra copa, acodados a una barra cada vez más concurrida y asfixiante, entra un wasap: Estoy despierto.

Tardaré en acostarme. Duermo poco y mal.

Me apetece verte. BSS. Joder. Tsunami de ternura.

Pero no, se insiste, mejor mañana, sobrio.

Haz las cosas bien por una puta vez en tu puta vida, coño.

—¿Algo importante?

—¿Cómo?

—Esa llamada y ese wasap —responde Tomás—. Se te ha cambiado la cara.

—Un amigo que quería consultarme un asunto, pero no corre prisa.

—Para no ser urgente, la hora de llamar es un poco rara, hermano...

—Sabe que estoy en la calle.

—Si tú lo dices...

—No sé por qué —dice Iván con una seriedad que resulta de lo más exótica en este entorno animado y bullicioso—, pero tengo la sensación de que estás buscando algo. Y, si no es sexo...

—Tienes razón. ¡Me has pillado! —Tomás no le suena sincero, pero consigue despertar su curiosidad.

A ver por dónde va a salir el niñato este—.

Te he reconocido nada más llegar. Y desde entonces ya has entrado en el baño dos veces y me preguntaba...

—baja la voz y mira en derredor antes de continuar— si aceptarías que te invitara a algo. No me gusta meterme nada solo.

—¿No tienes amigos o qué?

—Esta noche ninguno se ha dejado caer por aquí.

—¿Me estás vacilando?

—No, hermano, te lo juro. Palabra de honor.

Quizás es esta expresión tan en desuso y tan fuera de lugar la que termina por derribar la última resistencia del inspector.

Quizás, detrás de ese arcaísmo, lo único que se agazapa es un buen tipo necesitado de compañía y al que, como a él, cada vez más le cuesta conectar con la gente.

Cada vez más jóvenes que él. Cada vez más distantes.

Cada vez más jugadores de otros juegos. Da un último trago a su copa y se dirige al baño seguido por Tomás, quien mira hacia atrás con desconfianza.

El baño, un habitáculo oblongo de apenas tres metros cuadrados donde se amontonan un váter, un dispensador de papel (vacío) y un lavabo sobre el que se apoya un espejo desportillado con un marco que en algún momento fue dorado, les obliga a permanecer de pie, apretujados, con la maniobrabilidad justa para dos únicas actividades: meterse mano o hacer lo que han venido a hacer.

—Date prisa.

—¿Te importa prepararlas tú, por favor? —pregunta Tomás con un ligero temblor en la voz—. Estas cosas me ponen muy nervioso.

—Joder, tío. Menos miedo y más resolver. Trae.

Iván coloca su iPhone sobre el reborde más ancho del lavabo.

Con los codos pegados al cuerpo, abre a dentelladas la bolsita que le pasa Tomás y vuelca la mitad del contenido sobre la pantalla del teléfono.

Se lleva la mano derecha al bolsillo trasero del pantalón vaquero, sin poder evitar rozar la bragueta de Tomás, que da un respingo.

—Tranquilo, hombre. Ni que fuera la primera vez. Ya te he dicho que hoy no quiero follar más.

Entonces, a la altura del riñón derecho, siente el primer pinchazo. El segundo entra un poco más hacia arriba, cuando aún tiene la cara contraída por la sorpresa. Casi al instante, un silbido acuoso escapa por ese orificio.

—¿Qué coño?

El tercero viene por el lado izquierdo, al intentar girarse para encarar a Tomás.

Por un instante, puede ver en el espejo el reflejo de ambos, uno extrañado y dolorido, el otro sudando y apretando con fuerza los ojos y el puño sobre su costado, justo un segundo antes de que un géiser rojo y caliente salpique el azogue, algún desconchón con restos dorados del marco de madera y un trazo quebrado en la pared de falso estuco rosado.

Iván se revuelve, se agita y patalea. Tomás, tan fuerte, tan fibrado, tan macho, lo inmoviliza aplastándole la cara contra la puerta.

El inspector logra insuflar una última bocanada de aire al pulmón que no ha sido perforado.

Está a punto de gritar socorro cuando el último pinchazo, un fogonazo metálico, rojo y negro, se hunde en su garganta.

A pesar del dolor, a pesar de la sangre caliente corriendo por su pecho y por su espalda, a pesar del frío que le sube por la espina dorsal, a pesar de que las rodillas apenas si aguantan su peso, a pesar de la oscuridad que cae cuando Tomás apaga la luz del baño, a pesar de todo, antes de cerrar los ojos, el inspector Iván de Pablos aún logra hacer tres cosas.

La primera: fijarse en la sonrisa de Tomás en el espejo.

Tan blanca. Tan radiante. La segunda: cuando el dueño de esa sonrisa ha abandonado el baño cerrando la puerta y dejándolo con la espalda pegada a la pared, cayendo poco a poco al suelo: gritar socorro —si a eso que sale de su boca se le puede llamar grito—.

Y la tercera: devolver la última llamada recibida en su iPhone.

Después, sus piernas ceden del todo y su cuerpo queda tendido en el suelo en posición fetal, la única posible en esta estrechez.

Allí abajo puede que apeste a meados y a otros restos más nauseabundos, pero, suerte para Iván, él ya no lo percibe.