11. Sábado al mediodía (más tarde) y por la tarde
Sábado al mediodía (más tarde) y por la tarde
Ni un leve dolor de cabeza. Nada. Ha dormido como un niño chico y se despierta como un bendito.
Quizás algo aturdido, desubicado, pero ni cinco segundos tarda en reconocer las cuatro paredes del interior de la cabina y los chapoteos sofocados de las chanclas contra el suelo mojado y las conversaciones y las risas de afuera...
La puerta entreabierta. Algunos tipos se paran a escudriñar su cuerpo desnudo.
Como un alienígena expuesto en un zoo, se pregunta, en esta nueva hiperconsciencia, cuánto tiempo hace que ha doblado, dónde cojones se ha metido el Canario y en qué momento se le ha ocurrido a ese cabrón que dejarlo allí solo, en su estado, era una buena idea.
Se palpa la muñeca. Allí sigue la pulsera de goma con el chip para abrir su taquilla.
Menos mal. No sería la primera ni la última que roban.
Bosteza y se despereza hasta crujirse las vértebras.
Se anuda la toalla a la cintura y, cuando va a salir de la cabina, un chico abre la puerta de par en par.
Lo mira de arriba abajo y le sonríe con descaro.
Iván tiene una erección de adolescente encoñado.
El chaval es, quizás, algo joven para él, no debe de pasar los veinticinco, pero es un moreno guapo, con una barba aparentemente desaliñada, más alto que él, y un cuerpo y una boca más que apetecibles.
El inspector vuelve a desprenderse de la toalla y se sienta.
Da las dos palmadas mágicas sobre la colchoneta. El joven echa el pestillo.
Sale de la cabina entre las once y las doce, esa franja horaria en la que ya se han ido los clientes de la tarde y aún no han llegado los que vienen a pasar la noche.
Lapso que el personal dedica a una limpieza rápida de cabinas, aseos y pasillos.
De buena gana se quedaría para contemplar el lote de nuevos especímenes y sus posibilidades, pero no, se dice, por hoy ya ha tenido suficiente, mejor no tentar a la suerte.
Se ducha, se viste, paga la cuenta —el cabrón del Canario le dijo a ¿Agus?
¿Selu? que apuntara sus copas a su cuenta y el gilipollas del camarero, cualquiera que fuera su nombre, aceptó sin rechistar— y se va.
Pero ni el Canario es tan cabrón —le ha dejado en la taquilla, a la que ha accedido usando la llave maestra de ¿Agus?
¿Selu?, un gramo de coca—, ni él ha tenido suficiente: antes de llegar a casa hace una parada técnica —necesita orinar con urgencia y tiene la boca seca— en su bar favorito de la Alameda, el Caballero Inexistente.
Y ya que estoy, me tomo una copa, cortita, solo por ver cómo está el ambiente, nada de reliarme esta noche. De verdad. Seguro.
La coca del Canario, qué cabrón, es de primera.