12. Sábado al mediodía (más tarde) y por la tarde #3
—Verás: imagínate que Quino, Alberto y Jhon, por el mero hecho de ser trieja, se habían convertido en, no sé cómo decirlo, la obsesión o el objetivo de un homófobo, Segis, un amargado de la vida que no soportaba ser gay, trastornado por unas creencias religiosas y una familia opresora que hasta lo someten a la tortura de una terapia de conversión.
Terapia, por supuesto fallida, dado que el muchacho recayó a la primera de cambio.
A todos estos personajes les unía Sacramento, empresa para la que trabajaban de manera directa o indirecta.
En algún momento, en algún lugar, Segis tuvo que conocer a los otros tres y no pudo soportar que ellos vivieran su vida, una vida de sexo, diversión y fiestas, como les diera la real gana y sin tener que darle explicaciones a nadie.
—No soportaban su felicidad —apunta el Canario—. Conozco a unos pocos así.
—Y yo también. No me interrumpas más que vuelvo a perder el hilo.
—Gilipollas.
—Maricón. —Iván bosteza, la pierna que reposa sobre la del Canario le empieza a temblar.
Sigue—: Segis contrata a un medio tarado o tarado y medio, un animal aspirante a sicario, para que le haga el trabajo sucio, y este se pone a ello.
Metódicamente, uno tras otro, lo va consiguiendo: primero mata a Quino, luego a Alberto, y cuando le toca el turno a Jhon se le cruza el propio Segis, quien, en uno de sus giros de personalidad, quizás porque va a morir en pecado mortal, quizás porque ha vuelto a ser gay (de hecho, sospechamos que tuvo un rollo con uno o dos miembros de la trieja en Cádiz), cambia de opinión radicalmente y trata de impedírselo.
Lo cita en la obra de Sevilla para así tener una coartada.
Al fin y al cabo, él trabajaba en Cádiz, ¿qué pintaba en Sevilla?
Pero el sicario, como está de la azotea peor que el propio Segis, va y le responde que ni de coña, que él nunca deja un trabajo a medias, sobre todo tratándose de liquidar a un ser asqueroso y despreciable, a un maricón. Sí o sí, Jhonatan va a caer también.
—Pero el que cae es Segis.
—Caen los dos. Segis, literalmente, desde la séptima planta de la obra. Y después, como todo el mundo sabe, Jhon, apuñalado. Los dos por culpa de nuestro amiguito el simplón sin nombre.
Vuelven a guardar silencio. Agradecen, sobre todo el inspector, el momento de relax. Sus rostros están disueltos entre la nube viciada del humo de sus cigarrillos y la otra nube, la que se ha apuntalado en sus miradas. Le toca al Canario horadar este espesor oscuro:
—Tú de esto sabes más que yo, Iván, pero, aunque toda la historia suena bien en general, hay algo que me rechina, algo que no termina de encajar.
—¡Lo ves! A mí también, y es eso lo que me tiene ya hasta las narices.
—Pero lo siento, no sé por dónde salir...
—Para empezar —se apresura a contestar Iván, a quien un bostezo largo y estrecho le amontona las sílabas que salen de su boca—, Quino, Alberto y Jhon son de provincias distintas.
Málaga, Cádiz y Sevilla, respectivamente.
Segis, por su parte, de Cádiz, aunque de un pueblo distinto al de Alberto.
¿Dónde y cómo se conocieron? Acabo de solicitar los registros de personal de la empresa.
Quizás coincidieran en una obra los cuatro.
—Sería mucha casualidad, pero...
—Pero no imposible —se adelanta de nuevo Iván—.
Todo aquel con quien he hablado en esa empresa ha coincidido en decirme que es habitual que las cuadrillas se encuentren alguna vez.
Y que no se nos olvide que aún nos falta la identidad del asesino de Jhon.
Solo conocemos que el coche en el que lo encontramos lo robó en Cártama, otro municipio de Málaga.
Así que, salvo Segis, tenemos confirmación de que los otros cuatro han estado en algún momento en esa provincia.
No sería tan descabellado pensar que los cuatro a la vez.
El inspector tiene que dejar que las palabras terminen de resbalar por las comisuras de sus labios.
Abriga la esperanza de que un milagro las haga flotar por encima del humo y después las deposite sobre la colchoneta, donde le ayudarán a dar con la clave que solucione el caso.
Él también sube alto, muy alto, atraviesa el techo de la sauna, la azotea del edificio, más alto aún, por encima de las nubes y más allá del espacio.
En cambio, desde abajo, mullidas, amortiguadas por los efluvios del GHB, las que le llegan son las palabras del Canario:
—Te lo advertí, cabrón, estás doblando y todavía no me has contestado: ¿qué trajín te traes con el cine clásico?
El inspector allá arriba encuentra, no sabe cómo, un punto de apoyo y logra incorporarse a medias, titubeante.
Trata de recolocarse la toalla en la cintura, pero la habitación y el universo centrifugan en torno a su cabeza hasta hacerle trastabillar.
No puede más que volver a sentarse en la colchoneta.
Mierda de GHB. En cinco, cuatro, tres, dos, uno, va a doblar.
Con todo, antes de llegar a cero se recompone lo suficiente para contestar a la pregunta del Canario:
—¿Te suena... te suena la película Extraños en un tren ?
Y ya no dice nada más. Como un saco de cemento, sus casi ochenta kilos de peso caen a plomo.
Una parte sobre la colchoneta y otra sobre el Canario, que en última instancia no lo ve venir.
Sus cabezas chocan con fuerza. El camello aúlla de dolor, un alarido que retumba varios metros alrededor de la cabina, mientras que Iván, a pesar del escorzo imposible que su cuerpo adopta tras la caída, en otro tres, dos, uno...
comienza a roncar plácidamente, como si fuera la primera vez en su vida que duerme a pierna suelta y sin preocupaciones. La paz. Bienvenida sea.