Manual para construir un infierno 12. Sábado al mediodía (más tarde) y por la tarde #2
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12. Sábado al mediodía (más tarde) y por la tarde #2

En el rato largo que pasan en la cabina (tan largo que el Canario tiene que salir un par de veces a rellenar las copas y otras tantas Iván para advertir a sendas parejas de tíos que como vuelvan a llamar tan insistentemente a la puerta, se va a liar a hostias con ellos), se meten el gramo entero.

Iván abusa también del GHB. El Canario no, él es un profesional de lo suyo. Por eso, le dice:

—Tío, no tienes fin. Más despacio, no me vayas a doblar tú también.

—¿Te gusta el cine? —pregunta Iván con la boca llena de esparto.

—Lo normal, ya sabes, para pasar el rato. De superhéroes, de acción...

—¿Y el cine clásico?

—Algunas, no sé... me encanta la primera trilogía de Star Wars .

—Yo no llamaría a eso cine clásico.

—Son pelis más viejas que yo, ¿no? Pues ya son clásicas. ¿A qué viene esto?

A Iván le cuesta asimilar la respuesta. En su mente ha empezado a formarse una nube gris que él trata de disipar cabeceando varias veces.

Se pone de pie y vuelve a sentarse. Luego empuja al Canario a un extremo de la colchoneta para estirar las piernas sobre él.

Una pena que no sea gay (porque no es gay, ¿no?

seguro que no lo es, ¿verdad?). Tiene que diluir esa nube, tan absurda a estas alturas. Le contesta:

—Ponme una y te cuento.

—No me queda más.

—Vaya mierda de camello estás hecho.

—Llevo muchas horas en este antro. Me van a salir branquias.

—Bueno, pues otro chorrito de GHB —farfulla Iván.

El Canario se lo piensa un momento, tiene que oponerse, pero Iván no va a cejar en su empeño, así que llena el gotero y vierte el chorro en la copa del inspector. Este le da un trago largo y, entonces sí, le cuenta de qué va la peli que se trae entre manos.

Le cuenta que hace seis meses apareció el cadáver de Quino en el hotel Sacramento de Torremolinos, donde este trabajaba como jefe de mantenimiento.

Fue un accidente que, visto lo visto, ahora parece cualquier cosa menos un accidente.

Quino era de Benalmádena, municipio, al igual que Torremolinos, de la provincia de Málaga.

Le cuenta que tres meses atrás desapareció Alberto, natural de Barbate, donde residía, aunque por aquel entonces iba y venía a trabajar para poner a punto el hotel Sacramento de Vejer, antes del inicio de temporada.

Que recientemente han descubierto que Alberto no estaba desaparecido, sino que lo habían asesinado.

Su cuerpo todo este tiempo estaba pudriéndose —saponificándose— en una arqueta del mismo hotel.

Por cierto: Barbate y Vejer, dos pueblos de la provincia de Cádiz.

Le cuenta que el principal sospechoso, Jhon, el tercer vértice de la trieja que formaba con los dos muertos, ha sido asesinado hace escasos días por un descerebrado del cual, por el momento, se desconoce su identidad por una mierda de incidentes con su sistema de redes y las bases de datos de la Policía.

Una mierda. Que Jhon era de un pueblo de Sevilla, Bollullos de la Mitación, y trabajaba en el hotel de la capital hispalense que Sacramento está construyendo actualmente, aunque muchos fines de semana los pasaba en Torremolinos para verse con sus dos novios.

Y que el detonante de todo esto ha ocurrido hace escasamente dos semanas, con la aparición del cadáver de Segis en ese hotel en construcción.

Este Segis que, por cierto, hasta el día de su muerte vivía en el pueblo donde nació, Jimena de la Frontera, en Cádiz, con su mujer y su hija, muy apegado a sus padres, un matrimonio formado por un gitano y una paya, y de fuertes convicciones religiosas.

Segis era, para rizar el rizo, un exgay homófobo que había recaído.

Quizás, porque le habían detectado un cáncer terminal y no quería vivir sus últimos días en una mentira.

—O sea, que nunca dejó de serlo —apunta el Canario.

—Y yo qué sé. ¿Eso es posible?

—Tú sabrás. Aquí el que entiende de eso eres tú.

—Dijo el supuesto hetero camello de los gais metido en la cabina de una sauna gay con su amigo el inspector de policía gay, ambos colocados, en toalla y chanclas —dice Iván con media carcajada y un hilo de saliva asomando a la comisura de los labios.

—Hombre, visto así...

—Tranquilo, Canario, no seré yo quien dude de tu hombría.

—¡Gracias, amigo! —exclama el camello poniendo los ojos en blanco—. Y, aparte de que sí que parece una película lo que me has contado, ¿qué tiene que ver el cine clásico con todo este embrollo?

—Tengo una teoría, que... —Iván se queda en blanco unos instantes. Un lapso de tiempo durante el que su mirada y sus palabras se cuelgan en algún lugar muy lejos de esta cabina—. Es una estupidez, pero es la única que me encaja.

—Cuéntame. Yo te diré si lo es o no.