12. Sábado al mediodía (más tarde) y por la tarde
Sábado al mediodía (más tarde) y por la tarde
Ni los cuarenta grados a la sombra le van a estropear el momento. Está eufórico. Como si hubiera engullido de una tacada los Cien Grandes Clásicos de la Autoayuda Universal. Si creyera en Dios, lo sentaría a su diestra. Si creyera en Satanás, jugaría a los dados con él. O a las siete y media.
Deambula por el barrio pegado a las paredes, buscando los charcos de sombra que décadas de urbanismo desquiciado han ido sustrayéndole a una ciudad cada día más parecida a otros miles de ciudades del mundo.
Carecer de un destino cierto a estas horas de fuego y desolación es un suicidio.
El ajo se le está repitiendo —al final va a tener que darles la razón a los modernos del Cakes&Run—, pero son más de las tres de la tarde y no tiene ni pizca de hambre.
¿Y si llama a Rodrigo? Le gustaría verlo.
Más aún: mataría por una siesta con él, pero cómo, si ni siquiera tiene el valor de llamarlo.
Por un momento cree que lo mejor es que él tome la iniciativa, que no se sienta presionado, pero a continuación piensa que, si no lo llama, Rodrigo puede pensar que pasa de él.
En estas anda cuando se da cuenta de que sus pies le han llevado hasta donde la cabra tira al monte:
B LACKSUN, UN NUEVO CONCEPTO DE SAUNA MASCULINA EN S EVILLA
El cartel luminoso está apagado y, con todo, brilla con la misma soberbia que exhibe cada noche de la semana —salvo lunes y martes, días de descanso y limpieza a fondo del local—, con estas letras arrogantes y doradas que, sobre un fondo turquesa, prometen un paraíso sexual.
Paraíso que raras veces se materializa, motivo principal por el cual los clientes insisten en volver una y otra y otra vez.
Por si el día que faltan se derrama por allí el nirvana. Ja.
¿Cuánto hace que no viene? Un asiduo desde su apertura unos años atrás, abandonó el hábito casi por completo por culpa de su indeseada fama .
Sus zambullidas en los vapores estos dos últimos años pueden contarse con los dedos de su pie izquierdo.
Resultaba irritante el cuchicheo a su paso con la toalla anudada a la cintura y las huellas mojadas del chancleteo.
La popularidad, en su caso, resultó un antídoto fabuloso contra el morbo.
Por eso hoy, Paco y Mateo, los propietarios del negocio, conscientes de esto y del carácter de Iván, le abren la puerta, no le cobran la entrada, le entregan la llave de la taquilla, la toalla y las chanclas, sin más bienvenida que un cumplido buenas tardes, cómo estás, qué alegría volver a verte por aquí.
—¿Es que las maricas no se cansan nunca? —le dice Iván a Paco, ambos acodados en la barra del bar, después de saludar a Agus y Selu, los dos camareros nuevos, a los que Iván no conoce.
—¿Y tú?
—También es verdad. Creía que esto iba a estar muerto.
—Pareces nuevo, querido —sentencia Paco al tiempo que pone delante de Iván su vodka cortito con tónica en vaso de plástico—, y ya tienes una edad.
Y es que la sauna está a reventar. Sevilla, verano, calor.
Quien se lo puede permitir emigra temporalmente en busca de temperaturas más soportables.
Quien no, tiene que hacer de su capa un sayo.
Si encima es gay, usa la toalla y las chanclas aquí, no en la playa.
Tal es el éxito y la concurrencia que la sauna abre ininterrumpidamente de viernes a domingo.
Unas veces más y otras menos, siempre hay alguien apetecible.
Y, si no, otra de las ventajas de las drogas es que nunca fallan: a mayor colocón, menor es el nivel de exigencia.
O, como dice un exfollamigo, cuando se sale hay que poner el listón muy alto para, al final de la noche, ciego como un piojo, tirarse a todo el que quede por debajo.
Que sí, que sí, que hoy no viene con esa intención, pero...
Pide a ¿Agus? ¿Selu? que le rellene la copa y se va a dar una vuelta.
No tiene unas ganas especiales de enredar con nadie todavía, pero tampoco va a quedarse quieto.
Menos con tantísima gente. Abriendo la puerta de acceso a la zona de las cabinas se da de bruces con el Canario, que a nada está de tirarle la copa por encima.
—¡Cuidado, gilipollas! —le espeta a bocajarro al tiempo que hace malabarismos para que no se le caiga el vaso. Cuando logra estabilizarse, le dice:
—Mira tú quién está aquí. El camello hetero en la sauna gay.
—Iván, pareces nuevo. Ya te gustaría a ti que yo fuera gay —contesta el Canario, habituado desde hace mil al pronto y a las salidas de tono del inspector—, pero no te hagas ilusiones.
El bisnes es el bisnes y yo voy donde haya clientes.
Este año, no sé por qué, la mayoría de mis fieles se han ido de vacaciones todos a la vez, en estampida. Menos tú.
—Al próximo que me diga que parezco nuevo le parto la cara.
Si tuviera que fiarse de un camello, cosa poco probable, por no decir imposible, sería del Canario.
Es discreto, serio pero agradable en el trato y, sobre todo, no le vende el material si no es cien por cien de calidad.
O, cuando menos, se lo advierte. Iván, le dice, esta mierda no es la que a ti y a mí nos gusta, pero no hay otra, si la vas a querer igual, es cosa tuya.
No solo se la deja más barata, sino que, además, de vez en cuando —suele coincidir a final de mes—, le regala un medio.
También le tiene mucha fe porque el Canario es algo así como un no confidente.
En ciertas ocasiones en las que el inspector ha necesitado información de la calle sobre un caso, el Canario se la ha dado, aun sin pedírsela expresamente.
Como la vez que, en una pelea entre dos clanes de Las Vegas, el corazón más negro y abatido del Polígono Sur, una bala perdida atravesó el pulmón izquierdo de una chica que volvía a casa en taxi en lugar de en autobús como hacía habitualmente, obligada por la huelga de conductores municipales, después de diez horas de trabajo en un supermercado, dos sin cotización ni registro contable.
La chica murió. Nadie sabía nada. Nadie dijo nada.
Nadie se mojó. Pero el Canario, quien experimenta a veces una suerte de ataques de justicia poética, le escribió a Iván por Telegram: Hace tiempo que no quieres nada conmigo, ¿te pasa algo?
Aquella misma tarde quedaron en la terraza del Caballero Inexistente.
Sentados ante un vodka con tónica (Iván) y un Brugal con cola (el Canario), Iván le compró uno de mefe y otro de coca.
El Canario tomó el dinero por debajo de la mesa mientras le decía: «No te lo metas esta noche todo, no seas como el chico de los Quinis, ese que se funde los gramos más rápido que una bala».
A la mañana siguiente, el inspector mandó arrestar al Quini Chico, el hijo menor de Francisco, el hijo de Pepa, la hija de Juana, la mujer de Joaquín Mijares, el Quini, el fundador del clan de los narcotraficantes más famosos y con más solera de las Tres Mil Viviendas.
—¿Sabes? Hasta ahora no te había visto el pie. No sé por qué, pensaba que el tajo era más grande, que te habían amputado todo el dedo meñique, pero veo que no, fue solo un trozo. ¿Te sigue doliendo?
—No me apetece hablar de eso —responde Iván, serio—. ¿Cómo va la cosa por aquí?
—Ya lo ves, hasta la bola. No doy abasto —amaga con bajar la voz, pero finalmente no lo hace—. ¿Vas a querer algo? Me has pillado de camino a las taquillas para repostar.
—Hoy no. Pero te acompaño.
En las taquillas hay casi más trasiego que en la barra, en los cuartitos o en los laberintos húmedos.
Sábado. Un clásico. Un par de caras de asombro al reconocer al inspector.
Un par de portazos inesperados al esconder rápidamente alguna cosa ilegal en las taquillas.
Una tensión del todo innecesaria para Iván. Resopla.
—¿Nos vamos a quedar a vivir aquí?
—Joder, inspector. Anda, vamos a una cabina, que no hay quien te soporte, tío.
Todas cerradas, las veintitantas cabinas. Iván aporrea la puerta que le cae más a mano.
—¡Abran, Policía! —grita desmañado—. ¡Rápido o echamos la puerta abajo!
De la cabina salen dos tipos jovencísimos, de andares nublados y delgados como una grieta, más avergonzados que enfadados. Más colocados que avergonzados. Uno, desnudo, aprieta la toalla en la mano. Intenta balbucear un reproche contra el inspector.
—Anda, mamarracho —interrumpe Iván—, tira millas.
—Hazle caso —media el Canario señalando con los ojos hacia la toalla y el puño apretado, bajo el que hay algo más que el pico de una toalla. El mismo Canario se lo ha vendido solo un rato antes.
—Toda vuestra —dice el muchacho ruborizado—. De todos modos, la cabina está asquerosa.
Los dos chavales se marchan rezongando por el pasillo. Al de la toalla en la mano no parece importarle su desnudez y que los otros clientes se vuelvan a mirarlo. Iván tampoco le quita ojo hasta que dobla la esquina.
—Tiene un buen culo, pero parece poco espabilado.
—Lo es, pero también va muy pasado —comenta el Canario al tiempo que entra en la cabina y cierra el pestillo—. Lleva aquí desde ayer por la tarde, no ha parado de beber, de meterse y de follar.
—Buen cliente, ¿no?
—Lo que pasa en la sauna se queda en la sauna.
—¿Esa frase se te ha ocurrido a ti solo?
—Qué borde eres, tío.
—Tanta cháchara, coño...
Durante un par de minutos, guardan silencio, sentados en la colchoneta de la cabina, más centrados en los murmullos que llegan sofocados a través de la puerta de la cabina cerrada.
Tras unos instantes extraños, el camello se gira hacia el inspector y, como un prestidigitador, saca de la nada y hace bailar ante sus ojos una bolsita de no menos de un gramo de lo que sea, una tarjeta de crédito, un billete de diez euros enrollado y un frasco de color ámbar lleno de GHB.
El kit perfecto para el momento. El ariete que derriba de un soplo las frágiles barreras que el inspector ha estado construyendo en las últimas horas.
—Hazte algo.