14. Sábado por la mañana
Sábado por la mañana
La tostada del día es tal modernez que el cliente medio tarda más tiempo en pedirla que en comerla.
Pan de centeno integral con semillas de chía, queso de Burgos sin sal, aguacate y salmón.
O algo así. Felipe le sirve en la barra un mollete con aceite y jamón que Iván frota con un diente de ajo y que empieza a devorar.
Las huellas de la paliza en la cara y en los andares del cincuenta por ciento del Cakes&Run tardarán en borrarse.
Sobre todo, le dice cuando Iván le gasta una broma que le hace reír, la punzada de dolor en el costado derecho, allí donde la costilla rota aún se está soldando.
Como para cerciorarse de que le ha entendido y que en adelante tendrá más cuidado, se levanta la camiseta con el logotipo de la cafetería estampado para enseñarle la faja y un moretón a la altura de los omóplatos.
—Me cago en la puta madre de los cabrones que te han hecho esto. Si alguna vez me los echo a la cara...
—Ya está, Iván. Mejor dejarlo estar.
—¿Tú no creías en el karma, la reencarnación y todas esas polladas del más allá? —Iván arremete furioso con un último bocado antes de continuar—. Ojalá sea verdad.
—Vale, Clint Eastwood... No me alteres a la clientela, que esto está muy tranquilo.
—Solo hay una persona más en el local y hace rato que ha terminado de desayunar, tiene la cabeza incrustada en la pantalla del teléfono móvil—.
Ramón ha salido a hacer unos recados. ¿Tienes tiempo para otro café? Te invito.
—Todo el del mundo.
—¿Ya de vacaciones?
—Forzosas.
Felipe retira los restos del desayuno y le pone otro café. Rodea la barra y se sienta junto a él. Le da una palmadita en la espalda.
—No es para menos, guapo, vaya numerito que montaste. Poco te han castigado. Con tu historial...
—Joder, sí que me va a salir caro el café.
—Venga, cuéntame.
Iván pone a Felipe al día de su situación.
La imagen del inspector irrumpiendo en el escenario del festival pistola en mano no solo se ha hecho viral en las redes, también ha abierto varios noticieros nacionales.
La mitad de la opinión pública ha sentenciado que el tal inspector De Pablos es un incompetente cuyo currículo (se ha recordado hasta la saciedad su flirteo con las drogas) supone una temeridad y un peligro para la sociedad.
Para la otra mitad, es un padre coraje que ha hecho lo que cualquier otro por un hijo en peligro. Es un villano. Es un héroe.
—¿Y tú qué crees que soy?
—Ni uno ni otro —responde Felipe sin dudarlo—. Para mí eres un cabronazo al que unas veces me dan ganas de partirle la cara y otras de llevármelo a la cama.
Ambos ríen con ganas. Felipe vuelve a quejarse del dolor en el costado. Ramón aparece por la puerta del establecimiento. Dice:
—Míralos ellos, qué bien se lo pasan. ¡Y mientras, yo, currando y muerto de calor!
La tregua que el calor dio anoche fue solo eso. Esta mañana algún diablo despiadado ha vuelto a apretar el botón del infierno en la calle. Ramón está empapado en sudor.
—Qué sufrido es. —Felipe le da la bienvenida a su marido con un cálido beso en los labios.
—Tú me dirás —replica Ramón, aunque es a Iván a quien se dirige—, estando este como está, a medio gas...
—¡Oye, oye, que llevo trabajando desde las ocho, cuando debería estar en mi casa, descansando!
—¡Vale, ya! —La exclamación de Iván hace que el único cliente del local les dirija una mirada apática durante unos segundos.
Ramón se prepara un café con hielo. Otro cliente entra, ocupa una mesa apartada de la barra y pegada al aparato de aire acondicionado. Ramón amaga con ir a atenderle, pero Felipe se le adelanta. Iván juraría que renquea más que antes de la llegada de su marido.
—Está insufrible —dice Ramón—. Y no te creas que no le comprendo... ¿Te lo ha contado?
—¿El qué?
—No me lo puedo creer... ¡Felipe!
Felipe regresa a la barra con la comanda del nuevo cliente. Su pose es la de un ciervo tembloroso.
—¿Qué pasa? Que no se lo pensabas decir, ¿no?
—Te he dicho que no merece la pena.
—¿Y tú cómo lo sabes? Que lo decida él.
—Déjalo, Ramón, por favor. Esto es asunto mío.
—¡De eso nada! A ti te han dado la paliza, pero las consecuencias las sufrimos los dos, ¿estamos?
—Déjalo, de verdad, cariño.
—Ni cariño ni cariña, Ramón, de verdad...
—¡Bueno, ya, hostias! —exclama Iván—. Me vais a hacer vomitar la tostada. A ver, Felipe, déjate de gilipolleces y dime de una puñetera vez qué es eso que me tienes que contar.
Muy digno, Felipe le planta la nota con la comanda a Ramón en la cara, señalando al cliente con un gesto de la cabeza. Ramón, los ojos en blanco, la toma de un zarpazo y se mete mascullando en la cocina.
—No quería decirte nada porque no estoy seguro y, sobre todo, porque no creo que vaya a servir para nada. —Se gira dubitativo hacia la máquina de café—. ¿Quieres otro?
—Mejor ponme un vodka cortito con tónica.
—¿No es un poco temprano?
—Tampoco es hora de comer pescado y aquí servís tostadas con salmón...
—Tú mismo —dice Felipe mientras dispone sobre la barra el vaso con hielo, la botella de vodka y la tónica—. Con este calor, casi me dan ganas de ponerme yo otro. —Espera a que Iván se prepare la copa y le dé un trago largo. Luego toma un sorbo del mismo vaso—. Joder, me he pasado con el vodka.
—¿Quieres hacer el favor de contarme ya lo que sea, cojones?
—Verás, hay algo de la otra noche, la de la paliza, que no te he contado: conforme han ido pasando los días y yo me he ido tranquilizando, creo que reconocí la voz de uno de ellos. No estoy seguro, pero...
—¿De quién? —los ojos de Iván son dos lunas llenas.
—¿De quién va a ser, alma de cántaro? De los que me pegaron.
—No me lo puedo creer.
—No es seguro, ya te lo he dicho. Pero juraría que se trata de un tal Manu. Lo conocemos de aquí.
—¿Un cliente?
—Sí y no... —Felipe baja la voz antes de continuar—. Lo conocí hace tiempo en el Enigma, al lado de tu casa. Que, por cierto, a ver si me vuelves a invitar, que ya ni me acuerdo de cómo era tu dormitorio.
—Sigue...
—Voy. Pues eso, que nos vimos y me habló.
No estaba yo muy católico esa noche, no nos enrollamos.
De todos modos, le dejé claro que yo no quería nada serio, que ya tenía pareja.
Pero el chaval está muy bien, es de los que me gustan a mí, delgaditos y jovencitos, un poquito lánguidos...
aunque bueno, si se me pone por delante un pedazo de poli como tú, tampoco le hago ascos.
—Por favor...
—Iván, no hay que ponerse tan serio, tío.
—Felipe resopla—. Pues nada, que en algún momento de la conversación le dije que éramos los dueños de esta cafetería y al día siguiente entró por esa puerta.
Muy tímido, ya sabes, como recién salido del armario.
Le presenté a Ramón, nos tomamos unos chupitos y ya sabes cómo soy, me calenté y le propuse montarnos un trío.
Pero eso le venía grande. Se asustó y se fue.
—¿Y por eso te pegó? Hijo de puta...
—No lo sé, Iván. De verdad que no lo sé. Ya ves por qué no te dije nada. Digamos que solo estoy seguro de que fuese él al cincuenta por ciento.
—Suficiente.
—Lo será para ti, pero yo no puedo acusar a nadie si no es al cien por cien.
Imagínate que voy a la policía. En el hipotético caso de que admitan la denuncia, cosa que dudo, suponte que el tío tiene una coartada irrefutable, qué sé yo, que esa noche estaba en una fiesta en un local público, que tiene una decena de testigos que lo pueden confirmar y que hasta colgó fotos en su Instagram.
¿Cómo quedo yo diciendo que me enrollé con él y que después me pegó?
¿Como un mentiroso, como un histérico o, simplemente, como un gilipollas despechado?
—Ah, pero ¿al final te liaste con él?
—Sí, claro. El mismo día de la paliza. Recuerda que te conté que esa noche Ramón estaba cansado y no tenía ganas de salir, pero yo sí.
Estuve con unos amigos tomando unas copas y fuimos a tomar la última a la Kavafis.
Subí a dar una vuelta por el cuarto oscuro y allí me lie con él.
El tío está bueno de verdad. Pero no fue nada, un rollo rápido.
A mí, sin Ramón allí, no me apetecía demasiado, no sé ni por qué coño tuve que subir, supongo que por las dos puntas de mefe que me había metido antes con los colegas, y porque Manu llevaba un par de copas de más.
No creo que estuviéramos ni diez minutos.
Le dije que me tenía que ir a casa y no le sentó muy bien, se me puso pesado, pero, insisto, como estaba algo borracho, al final me dejó marchar.
Bajé, me tomé la última con mis amigos y volví a casa.
Entonces aparecieron los tres quinquis de la nada y ya sabes el resto: me pusieron bonito.
—Bonito del Norte —dice Iván. En la cara de Felipe florece una sonrisa triste—.
Qué quieres que te diga, pero yo lo veo cristalino: aquí el despechado es ese tal Manu.
Tú le das cuartelillo, pero no tanto como a él le gustaría.
El sábado por la noche lo dejas a medias.
Él aprovecha que tú te estás tomando esa última copa con tus amigos para llamar a dos colegas igual de hijos de puta que él, y entre los tres te dan la del tigre.
—Puede ser, pero no puedo demostrarlo. No les vi las caras a ninguno. Y la voz no es suficiente.
—Lo dicho: un palizón por despecho —sentencia Iván.
—O por homofobia —Ramón se acaba de incorporar a la conversación—.
El Manu ese es un mariconazo que ha estado toda su vida reprimido, que se ha dado cuenta de que ya va tarde para salir del armario y que, cuando lo ha intentado, se ha tenido que encoñar del tío equivocado, de mi marido.
—Señala a Felipe—. Y como en su cerebro gris y amargado eso no le entra, se ha cabreado.
—¿Tú crees? —pregunta Iván—. Suena un poco rebuscado, ¿no?
—¡Anda que no hay tíos así! —exclama Ramón—.
Tíos con vida de hetero que por los motivos que sean no terminan de dar el paso definitivo.
Los viernes salen de copas con los compañeros de la oficina.
Muchos incluyen en el tardeo medio gramito y, cuando ya están borrachos o colocados, se meten en el cuarto oscuro para echar un polvo rápido y de pie con el primero que se les ponga a tiro.
A la mañana siguiente llegan los arrepentimientos, se juran y perjuran que ha sido la última vez.
Pero nunca es la última. ¿Cómo va a serlo?
Uno puede librarse y deshacerse de muchas cosas, pero nunca de uno mismo.
—Tiene razón —conviene Felipe—. Por mi cama han desfilado unos cuantos así. Si yo te contara... ¡hasta a un ultra del Betis me he tirado!
—Claro, querido, así te va —dice Ramón, acompañando sus palabras con una mano sobre el hombro de Felipe—. Para la próxima vez, ya sabes lo que tienes que hacer: dejar la bragueta cerrada o asegurarte de que el tío tiene pedigrí. De que es gay, gay, gay y no un hetero despistado.
—Eso mismo dice el Chinchilla, el dueño de la Kavafis. Que la noche que más se llena la discoteca (y su cuarto oscuro) es la madrugá . Un montón de heteros casados, capillitas y despistados.
—Despistados como Segis —murmura Iván con los ojos abiertos de par en par.
—¿Como quién?
—Nadie, nadie, estaba pensando que ya nos vale. En los líos donde nos metemos.
—Todo nos pasa por no tener filtro. Yo no sé qué le vio este —dice Ramón señalando a Felipe—. Tan canijo, tan blanquito. Ese Manu tiene una cara como de muerto, o de enterrador...
Iván deja un billete de veinte euros sobre la barra, apura la copa y sale disparado. Desde la puerta, dice:
—Amigos, muchas gracias por todo.
—¿Por qué?
—¿Por qué va a ser?