15. Viernes por la noche
Viernes por la noche
Él es el primer sorprendido. Viernes. De noche.
De manera inexplicable, los termómetros marcan por debajo de los veinte.
Sopla una ligera brisa que invita a tomar las calles.
Los bares de la Alameda están tan animados como siempre, pero menos abarrotados que el resto del año.
No tiene que madrugar al día siguiente y, como ha dado una larga cabezada en el coche de regreso a Sevilla, se encuentra descansado.
Pilar le ha enviado un wasap contándole que el sospechoso no ha soltado prenda, que lo volverá a intentar mañana y que no se preocupe, de verdad, que diga lo que diga Diosdado, lo va a tener al tanto.
Bendita Pilar. Por si todo eso fuera poco, tiene un gramo de mefe casi sin tocar.
Seguro que en el cajón de los desavíos habrá alguna cosa más.
Y, si no, siempre hay un camello a mano.
Sin embargo, con todo y con eso, Iván se queda en casa con Rafa.
Noche de pizza. A la segunda porción, Iván se acuerda del libro.
—Ya lo he leído —le dice Rafa—, fue su primera novela. Este año, además, está de moda: se cumplen treinta años de su muerte.
—Sí que eres fan de esta Patricia —dice Iván intentando leer el apellido de la autora—... Highsmith. Eso es: Patricia Highsmith.
—Ya te lo dije.
—¿Ah, y sabes una cosa? Anoche vi con un amigo la película que me dijiste, la de la otra novela. A pleno sol . Me encantó.
—Es que es un peliculón. Igual que la de esta —dice Rafa hojeando el libro—. ¿Y de dónde dices que lo has sacado?
—Me lo ha prestado ese amigo. Es tan fan como tú. Tiene muchas otras novelas suyas. Si te interesa alguna se la pido.
Rafa levanta la mirada del libro y la clava en su padre con una ceja en forma de flecha.
—Es solo un compañero de la facultad al que hacía años que no veía —continúa Iván algo tropezado.
—Que te presta libros y con el que ves una peli de los años sesenta un jueves por la noche...
—No inventes lo que no hay... ¿dices que también de esta hay una película?
—¡Pues claro, papá! ¿Cómo se puede ser tan ignorante?
—No te pases, chaval.
Recogen la mesa en silencio, aunque de vez en cuando a los dos se les escapa una sonrisa. En un momento dado, Rafa se quita de en medio y reaparece unos minutos después con su portátil en las manos. Lo conecta al televisor.
—Es de Alfred Hitchcock. Me la acabo de descargar. Se titula igual que la novela.
—¿ Extraños en un tren es de Hitchcock?
—Del mismísimo Alfred.
—El caso es que me suena mucho. Es en blanco y negro, ¿no? ¿De qué va?
—De dos tipos que se conocen en un tren y uno le propone al otro un pacto: si mata a su padre, él matará a la mujer del otro. Es decir, un intercambio de asesinatos para que la policía no sospeche de ninguno de los dos, al no existir relación entre cada asesino con su víctima.
—¿Y el otro acepta el pacto?
—Ahí se monta el lío bueno: el que hace la propuesta cree que el otro ha aceptado y mata a la mujer de este.
Pero el otro dice que no lo aceptó y no está dispuesto a cumplir con su parte.
Es decir, a matar al padre de aquel. Entonces empieza a acosarlo y a amenazarle para que cumpla lo prometido. Hasta que los pillan a los dos.
—Qué fácil es todo en los libros y en las películas de policías.
—No te creas, no siempre. Hay muchos autores mediocres que solo buscan epatar, sorprender por sorprender.
Llenar sus novelas con derroche de sangre y vísceras y con tramas de fuegos artificiales e inverosímiles.
Pero te puedo asegurar que la Highsmith no era de esas.
Mucho más que la resolución del caso, lo que le interesaba eran las motivaciones de sus personajes.
Sus dudas, sus miserias, sus secretos más íntimos.
Si te he hecho spoiler es porque tanto en la novela como en la película el lector conoce a los asesinos desde el primer momento y, sin embargo, ambas te mantienen en vilo hasta el final.
—Por eso mismo te digo que todo parece más fácil. Pero venga, dale al play. Si Patricia y Alfredo están de acuerdo, no seré yo quien les lleve la contraria.