Manual para construir un infierno 16. Viernes al mediodía #3
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16. Viernes al mediodía #3

—Al principio, sí: tras muchas horas de terapia, de mucho profundizar en las causas de la desviación de Segis, de mucho intentar comprender a qué se debía esa insatisfacción constante que padecía, una noche, después de la sesión y antes de que mi hijo volviera a casa, el doctor me llamó y me dijo que Segis ya estaba curado. Que ya era normal.

—Ana, me caes bien, y de verdad creo que estás confundida, por eso voy a hacer como si no hubiera escuchado esa última frase.

—Pero ¡es la verdad! —Ana toma la mano de Nuria y la aprieta entre las suyas, como para transmitir con ellas lo que no consigue con la fuerza de sus palabras—.

Aquella noche, Segis llegó exhausto a casa.

Había llorado lo más grande. Nos dio un abrazo larguísimo a su padre y a mí y se acostó.

A los pocos días, Segis empezó a salir con chicas otra vez.

Fue entonces cuando conoció a Roxana. Tres meses después, la dejó embarazada.

Él tenía diecinueve años y ella diecisiete.

Se casaron y se vinieron a vivir con nosotros.

—Cuánta precocidad —dice Nuria. Iván la mira reconviniéndola.

—No sabéis cuánto quería a su niña el pobrecito mío —continúa Ana haciendo caso omiso—. Una vez me reconoció que no iba a tener más hijos para no repartir ese inmenso amor, pero que no podía decirle eso a Roxana, porque ella quería darle hermanos a Samara.

—¿Qué edad has dicho que tiene Samara? —pregunta Iván.

—Acaba de cumplir cinco años.

—Parece mayor.

—En la familia de mi marido son todos unos viejos prematuros. Hasta se desarrollan a edades muy tempranas. Y no hace falta que os recuerde que ha perdido a su padre. Si eso no es que te arrojen de cabeza a la madurez...

Nuria se desembaraza de las manos calientes y húmedas de Ana. Iván puede percibir en su mirada el inicio de un terremoto interno. Se avecina un arrebato de furia. Para su sorpresa, ella cierra los ojos y relaja el ceño. El inspector también se relaja cuando la doctora pregunta:

—¿Ana, por qué has dicho que la terapia funcionó... en principio?

—¿Yo he dicho eso? No sé...

—Sí —la interrumpe. Su mirada se ha tornado inquisidora—. ¿Cuándo dejó de funcionar? ¿Cómo lo descubriste?

Iván sopesa la posibilidad de mediar entre las dos.

Por un instante se apiada de Ana. Esta madre acaba de perder a su hijo.

Como ella le ha explicado, él no es capaz de hacerse una remotísima idea del dolor que debe de estar ahogándola.

Y, sin embargo, cada minuto que pasa, con cada intercambio de frases, de preguntas y respuestas, más nítidamente se escucha su grito de socorro.

El dolor del luto casi parece un trampantojo detrás del cual se esconde otro más profundo, más antiguo.

Más doloroso. Por eso, el inspector Iván de Pablos toma la determinación de dejar de jugar a poli bueno y poli malo y vuelve a transformarse en el compañero de la doctora forense Nuria Isla.

Enciende otro cigarrillo y se lo pasa a Ana.

—La muerte de Segis tuvo algo que ver con su orientación sexual, ¿verdad?

Los ojos de Ana se cierran como una cortina de miedo. Cuando se abren, son los de un ciervo acorralado. Buscan a Samara o, mejor dicho, que Samara no esté allí.

—Hace unos meses, en febrero o marzo, Roxana esperó a que Segis se fuera al trabajo para contarme que andaba un poco preocupada.

Habían discutido. Cosas de los matrimonios cuando superan la barrera de los cuatro o cinco años, le dije yo, pero no, me contestó, había sido una pelea absurda, ella ya estaba inquieta desde antes, porque él se venía comportando de un modo extraño.

No me sorprendió, yo había notado que mi hijo llevaba semanas inapetente.

Con lo comilón que había sido siempre, ahora dejaba los platos casi sin tocar.

Llegaba tarde a casa todos los días, con excusas de lo más tontas.

Y, cuando entraba por la puerta, se iba directamente a su dormitorio.

Roxana me contó que tampoco pegaba ojo, que se pasaba toda la noche dando vueltas.

—Ya entonces sabía que tenía un tumor en el pulmón. ¿No se lo contó a nadie? ¿Ni siquiera a su mujer o a ti, que eras su madre? —pregunta Nuria.

—No. Roxana le preguntaba qué le pasaba y él se limitaba a contestar que tenía mucho trabajo.

Ella no se lo creía, pero qué le iba a decir, si total, así son los hombres...

—Ana se alisa la falda, un gesto que parece ayudarle a ordenar sus pensamientos antes de continuar—.

La situación se mantuvo más o menos hasta finales de marzo.

Segis pasó una noche fuera de casa. Llamó para decir que había salido con unos amigos por Cádiz y que, como estaban bebiendo mucho, lo mejor sería no conducir.

Roxana se ofreció para recogerle, podía pedirle el coche prestado a su hermano o a Segismundo, pero él insistió en que no, iban a estar de copas hasta muy tarde.

Volvió a casa al día siguiente cerca del mediodía.

Telefoneó al trabajo para pedirse el día libre y se acostó.

Lo más raro es que no tenía pinta de resacoso.

Al revés, parecía descansado y alegre, como hacía meses.

—Espera, Ana, aclárame eso —dice Iván—: en febrero o marzo, Segis empieza a mostrar indicios de que algo le pasa, de que está raro. Ya sabía que tenía cáncer, pero no se lo cuenta a nadie. A finales de marzo pasa una noche fuera de casa y parece recuperado.

—Así es. Y en mayo vuelve a estar raro. Hasta...

—Ya —Nuria acude al rescate de Ana, cuyos ojos se han encharcado—. Hasta que falleció hace dos semanas.

Ana comienza a sollozar en silencio, cubriéndose la cara con las manos. Los hombros temblorosos y la respiración agitada. Pero no se permite ni un gemido. Cuando recupera la calma, continúa:

—Yo sé con quién pasó aquella noche: con Jhon.

—¿Cómo? ¿Conocías a Jhon? —pregunta Iván.

—No. Lo que pasó es que la tarde anterior a la noche que durmió fuera de su casa, en Cádiz o donde fuera, Segis se paró un rato a hablar conmigo.

No era algo que hiciera con frecuencia, la verdad.

Se sentó ahí, en la misma silla que tú. —Señala a Iván—.

No paró de hablar y de bromear en la hora y pico que estuvimos.

Parecía eufórico y estuvo todo el rato enredando con el wasap.

No paraban de entrarle mensajes y él, venga a responder.

Aprovechando que se levantó para ir al baño, no me pude resistir y le eché un vistazo rápido al móvil.

No pude leer ninguno de los mensajes, claro, pero sí un par de notificaciones en la pantalla.

Todos eran de un tal Jhon. Fue suficiente para comprender que Jhon y mi hijo no eran ni amigos ni compañeros de trabajo. O no solo eso.

—¿Se lo dijiste a su padre?

—¡No, por favor! ¿Cómo iba a hacer eso? Segis estaba casado, era padre de una niña.

Aquello ya no era una tontería de juventud.

Por otra parte, con todo lo que habíamos pasado, tenía miedo de que, si su padre se enterara, mi hijo se hundiera y cayera en una depresión tan grande que ni todas las oraciones ni todas las terapias del mundo lograrían sacarlo.

—Una sombra se posa en su mirada—. Ahora no sé si hice bien.

Desde su muerte no paro de pensar que, tal vez, si yo hubiera hablado con él, si le hubiera preguntado abiertamente, no sé...

—No, Ana —interrumpe Nuria—. Borra esa idea de tu cabeza.

A Segis lo han matado. Todavía no sabemos quién ni por qué, pero lo vamos a averiguar más pronto que tarde.

La única certeza absoluta es que tú no fuiste.

Te digo más, si hubiese que nombrar a un responsable, sería el tal Cristóbal Cantos.

Si, en vez de curar a tu hijo, y digo «curar» con todas las comillas posibles, le hubiese ayudado a aceptarse, a asumir y a disfrutar de su sexualidad, no habría vivido en una mentira.

Ese insensato, en vez de destapar la olla, la cerró a presión y sin válvula de escape.

Y eso siempre termina por estallar. A tomar por culo el cocido.

Todas las paredes de la cocina, pringadas de caldo.

—De todos modos, y sé que no es ningún consuelo —dice Iván apurado, ignorando la desafortunada metáfora de su compañera—, aunque no hubiese sido asesinado, el cáncer habría acabado con su vida igualmente.

—Eso no lo sabemos.

—Tendría que haber ocurrido un milagro —afirma la doctora.

—Los milagros existen.

—No nos vendría mal uno en estos momentos.

—A lo mejor es que no dejáis que sucedan. Mi marido os diría que tenéis que abrir vuestros corazones al Señor.

Samara reaparece de entre las sombras con sus pasos flotantes. Hasta ahora, Iván no se ha fijado en sus pies descalzos sobre el fresco suelo de gres. Además de sus andares, todo en la chiquilla, su pose, su actitud, emanan misterio y altivez a partes iguales.

—Mi niña es la que más quiere a su abuela, ¿a que sí? —Samara se acerca y Ana la encabalga en sus rodillas.

—¡Apestas a tabaco!

Ana se endereza en su asiento. Su rostro se transfigura en una plancha de acero nuevamente. Iván entiende que ha llegado el final de la conversación y el momento de irse.

Con todo, aún cree percibir un último destello de la verdadera Ana Romero.

Sucede tras recorrer el camino inverso y llegar a la puerta de la casa.

Samara se ha quedado en el patio, jugando sola al escondite entre las plantas.

Su abuela les está agradeciendo la visita y el interés, cuando Iván le pregunta:

—¿En serio crees en los milagros?

Ana lo medita unos segundos, sonríe con tristeza y contesta:

—Segismundo tiene su fe y su iglesia. Roxana y Samara se tienen la una a la otra. ¿Qué me queda a mí?

—¡Te tienes a ti, coño! —exclama Nuria.

—Qué fácil. Muy doctora forense y muy preparada, pero qué equivocada estás. Lo que tienes que hacer, y tú también —dice señalando a Iván—, en cuanto lleguéis a Sevilla, es correr a abrazar a vuestros hijos. Decirles cuánto los queréis.