Manual para construir un infierno 16. Viernes al mediodía #2
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16. Viernes al mediodía #2

—A veces te salen unos auténticos hijos de puta —interrumpe Nuria—.

El mío, por ejemplo, Carlos se llama el angelito, como el cabrón de su padre.

Mi ex me pidió el divorcio porque decía que mi modo de vida no era un ejemplo para el niño.

Consiguió que el juez, otro machirulo como él, me quitara la custodia.

De esto hace tres años, el niño era un poco mayor que su nieta, ocho tenía.

Pues bien, desde entonces lo habré visto cinco veces.

Lo he intentado por todos los medios —tú me conoces, Iván, que no me achanto con nada ni con nadie y que le echo valor a la vida—, pero nada, no ha habido manera de que el padre me deje pasar más tiempo con mi hijo.

¿Y sabéis lo peor? Que el puñetero niño de los cojones me va a salir igual de machista y de facha que el puñetero padre.

La última vez que lo llamé por teléfono —porque siempre lo llamo yo a él y él nunca me devuelve las llamadas—, me preguntó si no me parecía que era demasiado temprano para estar en un bar.

Me habría gustado mandarlo al carajo y decirle que era mi día libre, y que las mujeres, incluidas las madres, sobre todo las separadas, tenemos el mismo derecho que los hombres a divertirnos y a emborracharnos cuando nos dé la gana, pero no lo hice por no liarla y porque lo que yo estaba haciendo en ese momento era desayunarme una tostada con aceite, tomate y jamón en el bar que está debajo de su casa, esperando a que él saliera para interceptarlo de camino al colegio y darle su regalo de cumpleaños, una Play Station de los cojones que me había costado un riñón y un ojo, y que el padre me había prohibido terminantemente comprársela, porque decía que no quería malcriar a su hijo.

En mi casa la tengo todavía, envuelta en su papel de regalo y todo, por si os interesa a alguno.

Os la dejo a buen precio. Va con un pack de tres juegos más caros que su puta madre...

Tras unos segundos de silencio, Ana e Iván rompen a reír.

Nuria se contagia enseguida, hasta que se le saltan las lágrimas.

Samara vuelve a asomarse al patio. También sus facciones se han relajado un tanto, aunque a sus labios no llega a asomarse ni de lejos un gesto parecido a una sonrisa.

Parece buscar algo, pero no dice palabra.

Tras quedarse unos segundos plantada frente a su abuela, mirándola a los ojos —a Ana se le caen la risa y el alma al suelo—, la niña desaparece de nuevo entre las sombras y las macetas sin que a su abuela le dé tiempo a decirle nada.

—La pobre no me deja sola ni un segundo. Es más lista que todos nosotros —la tristeza devora de nuevo sus ojos—. Con lo renacuaja que es y ya ha comprendido que la muerte de un padre encaja en la secuencia natural de la vida. Pero que a unos padres se les muera un hijo es la peor desgracia.

Iván pide permiso para fumar. Ana le trae un cenicero. Mientras prende fuego al cigarrillo, el inspector observa que ella mira alrededor.

—A mi marido no le gusta que fume. —Se ha ruborizado.

—¿Puedo preguntarle dónde está ahora Segismundo?

—En el templo, ayudando al pastor a preparar el culto de esta tarde.

—¿Usted no va?

—Hace días que no.

La mujer toma el paquete de Iván de la mesa y le pide fuego. Ahora no ha mirado en derredor.

—Ana, voy a decirle lo que pienso. —Iván enciende un tercer cigarrillo y se lo pasa a Nuria, que lo acepta en automático.

Coloca el cenicero en el centro del mosaico romano de la mesa—.

A los tres nos vendría muy bien un poco de sinceridad.

Por nuestra parte, porque estamos en un callejón sin salida.

Por la suya, porque no sé por qué, pero tengo la sensación de que hay algo que usted no quiere o no puede contar.

Y mi intuición me dice que esa información que nos falta sería muy valiosa para desbloquear esta situación.

Iván deja que el eco de sus palabras se ahogue en la quietud del patio. En otro contexto, esas mismas palabras sonarían más duras. Agresivas. No obstante, se quedan flotando en el aire como una nube de opio.

—Mi marido y yo tenemos nuestras diferencias —responde Ana, tras meditarlo unos segundos entre calada y calada—. Muchas por el hecho de ser él gitano y yo paya, claro. Con el paso del tiempo hemos sabido capearlas, sin embargo, tras la muerte de Segis esas diferencias se han agrandado.

—Es muy habitual que la muerte de un hijo afecte a la relación de pareja de los padres.

—No, Nuria. Es algo más. ¡Todo esto se lo advertí!

La doctora va a contestar, pero Iván le hace un gesto para que deje a Ana explicarse. Con toldo y todo, el ambiente se ha sobrecargado.

—Segis fue un niño callado y muy reservado.

En el colegio nos advirtieron que era muy sensible y que los compañeros de clase habían empezado a meterse con él.

Por supuesto, tomaron medidas. ¿Y sabéis lo que les dijo Segismundo?

Que no le prestaran tanta atención, que lo trataran como a uno más, que su hijo tenía que aprender a defenderse.

—¿Y lo hizo? —pregunta el inspector—, ¿se hizo fuerte?

—Y tanto. Cuando llegó al instituto ya era un matón. En pocos años pasó de víctima a verdugo.

—Típico —apunta la doctora.

—Eso también se lo advertí a mi marido. —Ana hace una pausa.

Parece buscar las palabras. No tarda mucho en localizarlas—.

Segis empezó a llegar tarde a casa todas las noches, no solo los fines de semana.

Lo normal en un muchacho de esa edad, decía su padre, pero lo que no entraba en sus planes fue que comenzaron los rumores.

Ya sabéis cómo somos en los pueblos. Y, para una familia gitana, peor aún.

Todos los días, algún vecino, como si no fuera la cosa, se dejaba caer con algo: que si Segis ya no salía con sus amigos del pueblo, que si lo habían visto un viernes en Cádiz, un sábado en Sevilla, que si sus nuevas compañías eran un poco raras, que si no salía con chicas...

—¿Segis era homosexual?

—Su padre jamás lo habría consentido —responde Ana. Otra vez sus palabras suenan ajenas.

—Pero ¿lo era? —insiste Iván.

—Vosotros lo veis muy fácil —hace rato que ha apeado el usteo—, pero nada en la vida lo es.

Lo que le pasaba a mi Segis es que no sabía lo que quería.

O puede que sí, pero no se lo podía permitir.

Verán: él era muy religioso, como su padre.

Lo que menos habría querido era decepcionar a mi marido.

Por eso una tarde, después del culto, Segis se sinceró con el pastor y le contó su problema : que los rumores eran ciertos, que él era un desviado, pero también que era infeliz porque, sabiendo que eso no estaba bien, era incapaz de reprimir sus impulsos.

Quería que le ayudara a cambiar. Por él y por la salvación de su alma. Y, sobre todo, por el Señor.

—Perdona mi ignorancia, Ana —en la voz de Nuria aparece el tono de la doctora Isla—. ¿Qué pensáis vosotros sobre la homosexualidad?

—Igual que hay muchos tipos de católicos, también los hay de protestantes y de evangélicos.

Algunos más permisivos y otros más fundamentalistas.

Para la mayoría de nosotros, ellos, los gais y las lesbianas, pobrecitos, no tienen la culpa de que, cuando son bebés, el diablo se les meta en el cuerpo y que, al hacerse mayores, ese diablo les impida ver la verdad divina y el error en el que viven.

Por eso nosotros estamos obligados a quererlos igual, a aceptarlos y a tolerarlos tal como son, pero también a hacerles ver su equivocación y mostrarles el camino de vuelta al Señor.

Nuria ha abierto los ojos de par en par. Con pies de plomo, pregunta:

—¿Cómo hacen eso?

—Fundamentalmente, a través de la oración.

—¿Fundamentalmente? —En la penumbra, esos ojos abiertos al extremo parecen de nácar.

—Mi marido encontró un médico especialista para Segis.

—¡Joder! —La exclamación de la doctora suena como un disparo en una guardería—. Lo que faltaba.

—Nuria, vamos a dejar que Ana termine de contarnos.

—Claro, claro, por supuesto —dice cabeceando de lado a lado y bufando antes de continuar—. Discúlpame, Ana, sigue por favor. ¿Cómo se llamaba el listo ese, quiero decir, el médico que atendió a tu hijo? ¿En qué consistió la terapia?

La madre de Segis, a pesar del tono irónico de Nuria, está tranquila. Va a coger otro cigarrillo, pero es el último y vuelve a dejar el paquete sobre la mesa. Iván deposita otro a estrenar en la mesa. Ana lo agradece con una media sonrisa y fuma.

—Entiendo vuestra indignación, pero el asunto no es tan feo como imagináis. El doctor Cantos, Cristóbal Cantos, fue muy atento y muy delicado con Segis. En ningún momento añadió más dolor al que ya cargaba.

—Al dolor que el diablo le había metido en el cuerpo de chico.

—Nuria...

—Perdón, perdón. Sigue, Ana, perdón...

—Pues sí. El doctor Cantos se limitó a reforzar o, mejor dicho, a complementar desde la ciencia la ayuda que el pastor le ofrecía a mi Segis desde la fe.

Aquí no hubo electroshocks ni drogas ni lavados de cerebro, como quieren vender los que nos atacan.

No digo yo que no los haya, que conste, pero el doctor Cantos mostró una comprensión infinita al dolor de Segis, puso toda su sabiduría y la fuerza de sus palabras para engañar al demonio y expulsarlo de su cuerpo.

—Disculpa, Ana, pero eso suena a exorcismo —dice Iván poniendo una mano frente a la cara de Nuria para que se abstenga de intervenir.

—En sentido estricto, lo es. Pero a mi hijo no le daba vueltas la cabeza ni vomitaba chorros verdes ni hablaba arameo ni se le tatuaban insultos en la piel, que supongo que es la idea que tenéis de exorcismo, como la mayoría de la gente. Eso solo sucede en las películas.

—Si tú lo dices... —replica Nuria. Iván no ha podido detenerla—. Pero, a lo que vamos: ¿tuvo éxito el tal Cantos?