16. Viernes al mediodía
Viernes al mediodía
Nota mental: visitar a mis padres. Llevar a Rafa... no lo van a reconocer de lo grande que está... la última vez que me dejé caer por el Polígono fue... ya ni me acuerdo... son tan mayores... el día menos pensado...
—¿Alguna noticia sobre el interrogatorio?
—Nada. —Nuria lo saca a rastras de sus pensamientos. La nota mental se transforma en un gurruño mojado—. Pilar me dijo que me llamaría.
—¿Y lo hará?
—Si no lo hiciera no sería la PP.
Un detalle: durante las dos horas y media de viaje, la doctora forense tampoco ha hablado mucho, solo para plantear en voz alta dudas y preguntas muy concretas con la esperanza de que las respuestas de Iván matizaran o corroboraran datos y hechos del caso.
O ni siquiera eso. Más bien, para compartir pensamientos y reflexiones.
El inspector ha contestado lo que buenamente ha podido que, en general, no es mucho más de lo que ella ya sabe.
Iván se lo agradece en el alma. Sin embargo, por un instante ha tenido la ligera sospecha de que este interés oculta una rivalidad tácita con Pilar. ¿O no es tan tácita?
Otra nota mental: volver a Jimena con más tiempo.
Disfrutar del pueblo como un turista más de los cientos que se cruzan desde que aparcan el coche al principio de la calle que va a dar a la plaza del ayuntamiento y que, casualmente, se llama calle Sevilla.
Con su imponente castillo en lo alto de una loma empinada, el pueblo tiene un atractivo inesperado.
Además, el rugido de su estómago le advierte de que hace un buen rato que han dado las tres y del desayuno no queda ni el recuerdo, y en este pueblo se debe de comer bien y en cantidad.
Menos gastrobar y más cuchareo. El policía local a quien preguntan la dirección de la familia Heredia, un hombre rechoncho de metro y medio que huele a bar cerrado por descanso del personal, los mira entre sorprendido y desconfiado.
No queda lejos, pueden llegar andando. ¿Se sabe ya algo?
¿Han pillado al asesino de Segis? Porque para eso han venido, ¿no?
Para darle la mala noticia a la pobre familia.
Demasiadas preguntas que ni Iván ni Nuria están por la labor de contestar.
Y no, la casa de los Heredia no queda lejos, pero hay que ascender por la falda de la montaña del castillo, y el sol clava casi cuarenta grados a la sombra.
Las chicharras cantan desquiciadas. Dejan atrás el bullicio de la calle general al doblar una esquina y adentrarse en otras más estrechas y empedradas.
Por las caras aceitunadas y los cabellos negros y brillantes como ala de cuervo de los pocos paisanos con que se cruzan, deducen que están en un barrio de familias como la de Segis.
De etnia gitana. Llaman a la puerta empapados de sudor y con pocas ganas de tonterías.
—¿Ha confesado?
Iván espera encontrar a una madre envejecida, destruida y embutida para el resto de su vida en un luto arcaico, desfasado e inútil salvo para su conciencia.
Sin embargo, Ana Romero se muestra joven, rubia de peluquería reciente, con un vestido de tirantes de suaves estampados propios de la estación del año que anuncia que hay vida más allá del duelo.
Una vida mutilada e incompleta, pero vida.
—Todavía no, señora Romero.
—Mi marido no está en casa. —Si la desilusión tuviera otro nombre, sería el de Ana—. Y, aunque estuviera, ya le contó todo a su compañera.
—La subinspectora Ojeda.
—Nuestra compañera Pilar —aclara la doctora en un tono amable.
—Será.
—Pero tenemos nuevas informaciones que nos gustaría comentar con ustedes.
—Por qué le tocará siempre a él hacer de poli malo.
Con Pilar y ahora también con Nuria—. Le puedo asegurar que estamos en el buen camino, pero hay algunos aspectos que necesitan aclaración.
Y más en concreto por su parte, señora Romero.
—¿Usted cree que yo no leo las noticias o que, directamente, soy gilipollas?
Nuria no puede reprimir una carcajada. Dice:
—Inspector, me encanta cuando te pasas de listo y te dan caña. —Lanza una mirada de complicidad a Ana—. Lo que aquí la señora Romero te quiere decir es que tus meteduras de pata se conocen también en la provincia de Cádiz.
—Sé perfectamente lo que ha querido decir.
Y lamento mucho, Ana, si la he molestado.
Mi compañera Nuria y yo hemos venido hasta aquí, en lugar de citarla de manera oficial en la comisaría, por respeto a su dolor, por supuesto.
Pero, sobre todo, porque queremos que le quede claro que somos los primeros interesados en detener al asesino de su hijo y de sus compañeros de trabajo.
—¿Qué compañeros?
—Si nos permite entrar...
La casa es mucho más espaciosa de lo que la estrecha fachada, encalada, y la diminuta puerta de la calle hacen presagiar. Puerta que, nada más cruzar, los introduce en un clima mucho más amable, en el que la temperatura máxima no debe de superar los veintipocos grados.
—Los antiguos sí que sabían construir casas, ni aire acondicionado ni nada —dice Nuria.
Atraviesan un estrecho pasillo oscuro con varias puertas cerradas a ambos lados.
El silencio es absoluto. La tranquilidad, total.
El frescor, en contraste con el infierno exterior, un alivio inmenso.
El pasillo desemboca en una de las cocinas más grandes que Iván haya visto jamás.
Un horno de piedra preside la pared principal, y las demás están revestidas desde el suelo hasta el techo con muebles robustos que, si no de caoba, son de otra madera igual de noble.
Todo parece muy nuevo, aunque se vislumbra la intención de darle un aire tradicional, vetusto.
Algo que, por supuesto, Nuria también comenta mediante uno de sus silbidos largos y un ¡guau!
estentóreo y algo fuera de lugar. Salen a un patio cubierto con un toldo y repleto de macetas y ánforas donde crece una amplia representación de la flora mediterránea, incluyendo un buen número de plantas aromáticas cuyas fragancias de inmediato acarician sus olfatos.
Allí, alrededor de una mesa de patas de forja y tapa de mosaico romano con pinta de original, se sientan.
De algún lugar oculto a la vista aparece una niña morena y delgada como un junco, debe de rondar los cinco o seis años, una gitanilla morena y de ojos vivarachos y negros como una cueva del Sacromonte.
—Esta es mi nieta Samara, la única hija de Segis y Roxana.
—¡Qué guapa eres, Samara! Y qué nombre más bonito.
—Es hebreo. Significa «la protegida de Dios» —contesta la chiquilla muy seria. A pesar de ello, sus dientes blanquísimos y perfectos deslumbran en contraste con su tez oscura y perfecta.
—Es clavada a su padre —murmura Iván—. Qué pena...
—Yo no estoy triste. Papá ya está con Él —dice la niña señalando al cielo cubierto por el toldo—. ¿A que sí, abuelita?
La abuela susurra algo al oído de Samara.
Ella, sin abandonar su rictus serio y un tanto altivo, asiente, le da un beso rápido y se despide con una educación exquisita y un poco fuera de lugar.
Parece mentira que sea la hija de la mujer de modales ordinarios, voz escandalosa y uñas largas y voladoras que conocieron semanas atrás en la obra.
—Ha salido más a mi familia que a la de mi marido —comenta la abuela de Samara, como si hubiera oído los pensamientos de Iván.
—Son ustedes muy creyentes.
—Como dice mi marido, no hay otra forma correcta de habitar este mundo.
—¿Y usted? ¿Opina igual?
La mujer hace esfuerzos por levantar la vista del suelo. Solo lo consigue a medias. Iván conoce esa mirada y esa sensación de no haber dormido bien muchas noches seguidas y tener que recurrir a los orfidales, con sus correspondientes duermevelas fatigosas.
—¿Tienen muchos nietos? —pregunta el inspector cuando le queda claro que Ana no va a responder a la pregunta anterior.
—Demasiados. Casi he perdido la cuenta. —Ana parece haberse percatado de que se está relajando.
Se arrellana en su asiento, se alisa el vestido con ambas manos a la altura de las rodillas y carraspea—.
Samara es la única hija de mi Segis, pero tengo tres hijos más, dos hembras y otro varón, mayores que él, todos casados y con tres o cuatro chiquillos.
Ahora deben de estar todos en la piscina municipal.
Con este calor... Son la alegría de la casa.
De no ser por ellos, estos días tan duros...
—Nos hacemos una idea. —Nuria suena sincera.
—No, ustedes no pueden hacerse una idea de lo que significa perder a un hijo. —Su contundencia, nuevamente acelerada, reverbera entre las aspidistras y los helechos.
—Claro que no, pero hay muchas maneras de perderlos —responde la doctora mirando a Ana y a Iván alternativamente. En sus ojos, una tristeza nueva—. No solo con la muerte. De hecho, a veces una se pregunta si no sería mejor...
—No la entiendo.
La doctora Isla, de repente, vuelve de algún lugar muy lejano. Su gesto se ha crispado, su sonrisa es fría e incómoda. Iván tiene que intervenir:
—Lo que mi compañera Nuria quiere decir es que tener hijos es una aventura preciosa, pero también a veces muy ingrata. A los padres se nos exige amor incondicional e infinito, pero ellos no siempre se lo merecen. No nos atrevemos a reconocerlo, pero no pasa nada si lo hacemos.
—¿Su hijo, el que estaba la otra noche en el festival ese donde murió el otro muchacho, ese tal Jhonatan, no se merece todo su cariño?
—Claro que sí. Pero a veces lo mataba.
—Entonces no es amor incondicional...