Manual para construir un infierno 17. Viernes por la mañana
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17. Viernes por la mañana

Viernes por la mañana

Pero no hay suerte con Diosdado. Todo lo contrario, ni se pone al teléfono.

Solo se digna enviarle un wasap tras la cuarta llamada de Iván sin respuesta.

«Estás fuera. No insistas. Y ni se te ocurra enredar a Pilar si no quieres que la saque a ella también.

Estáis los dos advertidos». Por primera vez en más de veinte años de estrecha relación personal y profesional, su jefe, su mentor, su protector, su amigo, prescinde de él. Sin matices.

Con todo, no será la primera vez que le desobedece.

Iván confía en tener dos razones de peso.

La primera, que sí, que el caso se le ha atragantado y está perdido, pero solo necesita ese chispazo que surge en medio de la niebla.

Le ha ocurrido antes. Solo es cuestión de tiempo, de constancia y de no dejar de mirar y de volver a mirar, de repasar, de rebuscar, hasta dar con el interruptor.

Y la segunda, que ahora se le antoja más poderosa que la primera, es que necesita mantener la mente ocupada.

No dejar el mínimo resquicio en el maremágnum de sus pensamientos que permita que el alcohol y las drogas se cuelen en ellos.

Todavía no va a desengancharse, eso lo tiene claro, aún no ha llegado a su límite, pero toca abrir un paréntesis.

Respirar. Oxigenarse. Aunque solo sea por tres o cuatro días.

Sin embargo, es viernes. Y los viernes, como él y la mayoría de sus camaradas de farra defienden, se sale.

Sí o sí. A ver cómo resuelve esta ecuación cuántica.

Lo peor: está fuera. Y está jodido. No sabe a dónde tirar.

Pilar se ha levantado muy temprano y se ha ido dejándole un pellizco en la boca del estómago.

Va a interrogar al sospechoso, y él no tiene más remedio que esperar a que ella tenga a bien reportarle.

¿Y si, en el último momento, su compañera decide no hacerlo?

¿Y si las amenazas de Diosdado hacen mella en su lealtad y ella también le hace el vacío, lo aparta del caso?

No sería tan descabellado. Al fin y al cabo, ¿por qué tiene toda una subinspectora que jugarse el tipo por él?

¿Por amistad? ¿Qué tipo de amistad le ha brindado él últimamente?

—¡Seré ruin! —se dice en voz alta.

Se ducha, se viste y prepara el desayuno.

Despierta a Rafa. Con cara de dormido, su hijo le acompaña a la mesa, aunque apenas prueba bocado.

Se muestra cordial y cercano. No es mucho, pero es más de lo que le ha ofrecido en los últimos días.

Después, recogen juntos la mesa y Rafa se marcha, va a ver a su madre, le dice, para que esté tranquila.

Me parece muy bien, salúdala de mi parte, le responde Iván y, de inmediato, se arrepiente de semejante estupidez, aunque, o bien su hijo no le ha escuchado o ha fingido no hacerlo.

Cuando se marcha, el inspector se sienta en el sofá.

Se nota inquieto y como desnortado. Abre una nota en su iPhone con la intención de enumerar y repasar los principales hitos del caso.

Cinco minutos después, no han dado aún las doce, lleva escritas seis o siete líneas.

A su mente vuelve con fuerza, vívida y refrescante, la imagen de un vodka cortito con tónica sobre la mesita del salón y, a su lado, un buen par de rayas de coca, de mefe, de keta, de speed o de lo que coño sea... Da igual, cualquiera le sirve.

—¡Joder!

Se siente como una piedra lanzada a una ciénaga. Se hunde en aguas oscuras y pantanosas. Cada vez le cuesta más moverse. Va a llegar un punto en el que el lodo obstruya todos los orificios de su cuerpo. No habrá salvación para él.

Pero no se hunde. El cabo al que se aferra en el último segundo es una llamada de teléfono que llega desde donde menos lo espera.

—Hola, inspector, ¿una cerveza? O, si lo prefieres, comemos juntos.

—Ni de coña. No tengo el día para líos.

—Tú eres gilipollas —responde Nuria como un resorte. Da la impresión de que conocía de antemano la respuesta de Iván a su invitación. También que tuviera la suya preparada—. Te llamo porque me quedé un poco pillada el otro día. Cuando te dejé en casa te noté... no sé. Decaído, desanimado. Mal.

—Y te sientes culpable.

—Una polla como una olla, chaval. Somos los dos mayorcitos —tú más—, sabemos dónde nos metemos. Y qué nos metemos.

—Tienes razón —Iván, con desgana—. No puedo. Tengo cosas que hacer, doctora.

Silencio durante unos segundos. Iván llega a pensar que la comunicación se ha cortado. Está a punto de colgar también. Vuelve la voz de Nuria:

—Así que estamos incluso peor... pues ya tiene que ser grave el asunto.

Mira, Iván, no hace falta que te diga que aquí me tienes —suena sincera y contundente—.

Como no soporto que nadie se meta en mi vida, no me meto en la de nadie.

Pero eso es una cosa, y otra es que sea de piedra. Me preocupas. Tío, tú no eres así.

Segunda persona que le dice eso en unas horas. Iván ha encendido un cigarrillo. Ahora oye el chasquido de un encendedor también al otro lado.

—Verás, Nuria —dice por fin, tras una calada profunda. Pone el manos libres y abre la nota que ha intentado escribir—. Es este caso de los cojones. Aunque, en teoría, me han apartado de él.

—Lo sé.

—Porque eres muy lista y te enteras de todo. También sabrás que, además de los tres muertos que ya teníamos, después de Vejer tenemos uno más que, para colmo, era el principal sospechoso de la muerte de los otros. Y tampoco es que fuera un candidato idóneo, acuérdate.

—Como para no acordarme.

—Para rizar el rizo, acaba de aparecer como por arte de magia otro candidato a asesino que, por lo visto, tiene menos luces que una lancha pirata somalí. Así que es peor candidato todavía. Incluso podría no estar relacionado con el caso.

—Hay más tontos que ventanas.

—Ahí te doy la razón —dice Iván asintiendo—. Y yo tengo que ser uno de ellos, porque sigo sin saber a qué coño viene todo el rollo ese de Levítico y, como guinda del pastel, mi hijo Rafa y Jhon, la última víctima, se conocían.

—Lo sé... como lo sabe media España. Lo han dado en todos los telediarios —un toque de guasa en la voz de Nuria—. Hay que ver la que liaste en el concierto. Y hay que ver lo que os parecéis tu hijo y tú. ¿Es cierto que los dos os tirabais a Jhon? ¡Qué morbazo!

Iván se queda sin habla. Otra vez, como ayer con Nacho.

Quién coño va a ponerse de su lado, si, como Nuria dice, media España ha debido de ver los miles de vídeos grabados con los teléfonos móviles de los miles de asistentes al festival.

Vídeos donde se le puede ver desde miles de puntos de vista distintos montando el gran número estelar sobre el escenario del festival.

Media España conoce la muerte de Jhon. Media España debe de manejar detalles y pormenores que él desconoce.

Media España sabe que su hijo, de manera directa o indirecta, está relacionado con el fallecido.

Quién coño, se repite, va a confiar en él ni en su profesionalidad.

Y, a pesar de todo, contra viento y marea, ahí sigue Pilar. Y Rafa. Y Nuria...

—No he visto las noticias —susurra de modo involuntario—. Esos buitres deben de estar poniéndome verde...

—Tú, ni caso. —Nuria chasquea la lengua—. Ahora eres carroña para ellos, pero en unas semanas ya te habrán masticado, engullido, defecado y olvidado. Tan pronto como den con otra presa.

—De buena gana los metía en un tren y los mandaba a todos a un campo de exterminio.

Hasta que no haya un director de periódico, un periodista estrella, un contertulio profesional o una reina de las mañanas en la cárcel, este puto país no será una democracia de verdad.

No puede ser que siempre salgan indemnes con todo el daño que hacen. Miento: ¡salen mejor pagados!

Más silencio. Unos segundos, hasta que Nuria lo rompe con una escandalosa carcajada que obliga a Iván a retirar la oreja del móvil.

—Di que sí, camarada, ¡una mierda para el derecho a la información y para la libertad de expresión! —continúa la doctora—. Iván, porque te conozco, que, si no, diría que eres un facha de tomo y lomo.

—Me da igual lo que pienses. Esa es mi opinión.

—Vale, lo que tú digas, pero ¿te puedo dar un consejo?

—¿Me puedo negar?

—No. Mira, inspector, tienes dos opciones: o te encierras en tu casa en modo avestruz hasta que todo haya pasado, o le echas huevos, resuelves el puto caso de una puta vez y vuelves a convertirte en héroe con la misma rapidez con la que te han hecho villano.

Ni antes eras tan bueno ni ahora eres tan malo. Ellos lo saben; tú, también.

Acaba de aparecer un calambre en su mente. Es peligroso, lo sabe, pero es justo lo que ahora necesita.

—Respóndeme a una cosa: ¿cuándo he enterrado yo la cabeza?

—¡Ole tus huevos! —Iván ríe divertido—. ¿Por dónde empezamos, inspector?

—Por el principio, doctora. ¿Por dónde si no? Quiero volver a Segis, a nuestro primer cadáver. Hemos debido de pasar algo por alto.

—Siempre hay algo. Si supieras la cantidad de veces que me he dejado el bisturí en el estómago de un fiambre después de coserlo...

—No sé si quiero saberlo. —Iván prende otro cigarrillo. Aspira el humo con ganas.

—Pilar habló con el padre.

—Sí, Segismundo. Pero no hemos escuchado ni a la mujer ni a la madre.

—¿Habéis ignorado a las, supuestamente, dos mujeres más importantes en la vida de una víctima? —Nuria lanza un silbido largo—. De ti me espero cualquier cosa, pero que la PP haya pasado eso por alto...

—¿La PP?

—La Perfecta Pilar. No me digas que no tiene gracia.

—Para partirse la caja. De camino a casa de Segis la llamas y le cuentas el chiste. ¿Sabes llegar a Jimena de la Frontera?

—En quince minutos te recojo en la puerta de tu casa. Gilipollas.

—Que sean treinta. Primero tengo que hacer algo.

—Pilla un par de gramos para mí. —El desparpajo de Nuria hace vibrar al inspector por dentro—. Ando escasa y es viernes.

—No es ese tipo de recados, lista. Uno también tiene una vida doméstica.

—Qué pena. Con lo bien que lo pasamos los tres la otra noche.

—¡Nuria, coño!

—En media hora estoy allí.

Clic.

Iván ya se está arrepintiendo, pero no le pesa. Está convencido de que está haciendo lo correcto. Algo que no suele pasarle muy a menudo.