Manual para construir un infierno 18. Jueves por la noche. dos horas más tarde
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18. Jueves por la noche. dos horas más tarde

Jueves por la noche. dos horas más tarde

Rodrigo ha acertado de lleno. No recuerda cuándo fue la última vez que disfrutó tanto con una película.

Un poco fantasiosa para su gusto, pero le ha enganchado.

En las casi dos horas de metraje apenas hablan más que para pedirse un cigarrillo, fuego o rellenar sus copas.

Iván está más atento a la pantalla que Rodrigo, quien reconoce tener la trama fresca en la memoria.

En un par de ocasiones el inspector descubre a su viejo amigo mirándolo de reojo.

Pero no se siente observado, sino halagado.

Sin contar con que en ninguno de los ciento quince minutos ha vuelto a acordarse de la mefe en su bolsillo.

Tampoco en el camino de vuelta a casa.

Hace un par de horas que la batería del móvil de quinta que Pilar le apañó se ha agotado. Por eso ella no ha podido localizar a Iván y se ha presentado otra vez en su casa. Es ella quien le saluda desde el salón cuando él regresa, a punto de dar las doce y media.

—Como sigas así, me vas a obligar a ponerte un sofá cama.

—No habría venido tan tarde si no fuese una emergencia —le suelta la subinspectora a bocajarro, sin darle siquiera tiempo al inspector a terminar de entrar y cerrar la puerta tras de sí.

Con lo bien que va la noche, el golpe acaba de devolverle a su realidad, mucho más fea, sucia y gris.

—¿Dónde está Rafa? —pregunta Iván.

—Tranquilo, está bien. Hace rato que se fue a dormir. Quería esperarte, pero le pudo el sueño. Sigue agotado.

—Y no creo que se recupere pronto —dice Iván aliviado.

—¿Cuándo vas a hablar con Alicia? Se ha vuelto a Sevilla. Está hecha un basilisco.

—Me lo imagino. Pero ya ves, Rafa ha decidido quedarse conmigo. Mañana, de verdad. Te lo prometo. —Iván agita el móvil apagado ante la cara de Pilar—. Ahora dime: ¿qué ha pasado?

—Tenemos al asesino de Jhon —susurra Pilar.

El inspector, los ojos alarmados, las cejas arqueadas, cruza un dedo sobre sus labios mientras se asegura de que la puerta del dormitorio de su hijo está bien cerrada. A continuación:

—¿Lo sabe Rafa?

—Le he tenido que soltar una mentida pietosa : que me quedaba esperándote porque tenía algo muy importante que decirte, pero que él no debía preocuparse por nada, porque no guardaba ninguna relación con la muerte de Jhonatan.

—Gracias. Cuéntame.

—Este mediodía, a eso de las tres, Joaquín Cabrera, un policía local, llegó en su coche a su comisaría de la Cartuja para empezar la jornada.

Iba a aparcar dentro de las instalaciones, como todos los días, pero no pudo hacerlo porque esta misma mañana han empezado unas obras en el aparcamiento y, al parecer, nadie le había avisado.

Así que, con un cabreo de mil parells de nassos , no tuvo más remedio que ponerse a dar vueltas como una baldufa... ¿Cómo lo llamáis vosotros?

—No sé. ¿Una peonza?

— Exacte!Gràcies .

— De res —contesta Iván con impaciencia—. Tú sí que estás dando vueltas, compañera.

—Los detalles son imprescindibles. El caso es que ya sabes cómo se pone aquello de coches.

A los miles de trabajadores del parque tecnológico les resulta imposible aparcar prácticamente a cualquier hora del día.

Pero nuestro amigo Joaquín cruzó los dedos y se dirigió a las calles más escondidas de la isla.

—No me digas que se metió en la Raya —pregunta Iván con sorna—. Vaya con el munipa . ¿Es guapo?

—No tengo el gusto de conocerle aún en persona.

Todo esto me lo ha contado por teléfono —responde Pilar antes de poner los ojos en blanco y dar un suspiro—.

Pero no, no fue a la zona de cruising , sino a otra más al norte de la Cartuja.

A las afueras del límite del parque. Al descampado donde habilitan un parking cuando hay competiciones internacionales o grandes conciertos en el estadio.

—Lo conozco. Está muy cerca del auditorio. Espera, espera... —se interrumpe Iván—, no me irás a decir que el asesino estaba allí.

—Por increíble que te parezca, así es, a solo un par de kilómetros en línea recta de donde presuntamente mató a Jhon. A pesar de la que se montó, aún había algunos coches aparcados allí desde anoche. Ya sabes, un puñado de chavales que seguían con la fiesta. Como dicen ellos, de rave .

—Se acojonarían cuando vieron al municipal.

—Pues no, porque ellos estaban a lo suyo, bailando y pasándoselo bien, y el Joaquín iba de paisano y solo.

Así que se limitó a aparcar a una distancia prudente con la intención de volver al rato ya con el patrullero, el uniforme y el compañero.

Pero cuando se marchaba, le llamó la atención un coche apartado del resto que, por lo visto, estaba aparcado de cualquier modo, todo sucio y abollado. Parecía robado o abandonado.

—Pero ni una cosa ni la otra...

—Efectivamente. El dueño estaba dentro, durmiendo la mona sobre el volante, rodeado de restos de comida, latas de cerveza vacías, y una botella de whisky derramada a sus pies.

Cuando Joaquín lo despertó, el tipo no sabía dónde estaba.

Por lo visto, casi no podía articular palabra.

Todo apuntaba a que se había cogido una buena borrachera y que había preferido dormirla allí antes que ponerse al volante.

—Un ciudadano ejemplar, vaya.

—Sí, pels collons. Porque Joaquín le enseñó la placa, le pidió el DNI y los papeles del coche, y el buen hombre ni se inmutó.

No llevaba ni una cosa ni otra. Nuestro policía municipal le rogó que esperara dentro de la tartana mientras él llamaba a la comisaría para dar parte y verificar la matrícula.

El tipo aprovechó ese momento de distracción para bajarse del coche y echar a correr.

Ya te podrás imaginar que, en el estado en que estaba, no llegó muy lejos.

Joaquín lo devolvió a empujones al interior del coche y esperó a los refuerzos, pero la actitud del detenido le pareció sospechosa.

Así que, sin perderlo de vista, abrió el maletero y...

¡tachán! Dentro había un cuchillo envuelto en un trapo con restos de sangre reciente.

—¡Joder! Pues blanco y en botella, ¿no?

—Eso parece —contesta Pilar—. Joaquín me ha contado también que en todo momento el tipo se mostró muy tranquilo, como si ya la cosa no fuera con él.

—O como si se hubiera rendido.

—También. Tenemos que esperar los análisis de la Científica. Les he enviado el cuchillo y el trapo. Sabremos si se trata de una u otra cosa si los resultados coinciden con la sangre de Jhon o no.

—Me encantaría que coincidieran, pero sería demasiado bonito para ser verdad —dice Iván apesadumbrado—. Con la mala suerte que tengo últimamente, lo dudo.

—Yo no sería tan negativa, jefe. Como te he dicho, aún no he podido hablar con el detenido, pero Joaquín me ha dicho que le ha parecido un poco lento.

—¿Lento? ¿A qué te refieres? ¿A que estaba resacoso?

—No sé si es políticamente correcto decir que tiene un poco de retraso.

—¡A tomar por culo la corrección política, coño! ¿Me estás diciendo que a Jhon lo ha matado un retrasado? ¿Un subnormal? ¿Un mongolo?

—¡Iván!

Ambos se miran a los ojos durante unos segundos. Los de Iván hierven de rabia. Los de Pilar muestran pena y desilusión.

—Lo siento.

—No te reconozco, Iván. Tú no eres así. Sé que estás afectado con Rafa y todo lo demás. Pero tienes que tranquilizarte, por favor. Piensa que al menos tenemos un sospechoso.

—¿Hay un sospechoso?

Los gritos de Iván han despertado a su hijo. El joven se frota los ojos para borrar la expresión de sueño.

—¿Hay un sospechoso? —repite Rafa.

—En esta casa es imposible mantener un secreto.

—¿No habíamos quedado esta tarde en que no los íbamos a tener? ¿Quién es? —insiste Rafa—. ¿Quién es el sospechoso?

Con un leve movimiento de la cabeza y un suspiro de resignación, Iván concede permiso a Pilar para que conteste.

—Todavía sabemos poca cosa. El coche donde lo encontraron durmiendo es muy viejo. Un Corsa con matrícula de hace veinte años que, además, ha resultado ser falsa: corresponde a la de otro vehículo y le han borrado el número de bastidor.

—¿Y él? ¿Está fichado? —pregunta Iván, conforme ya con la presencia de Rafa.

—Pues... et quedaràs flipat. Llevamos todo el día con caídas en la red. No hemos podido cotejar sus huellas dactilares.

—¡Joder! ¡Qué puto desastre! —exclama el inspector—. Si la ciudadanía, como dicen los políticos, supiera los bueyes con los que aramos...

—La ciudadanía lo que tiene que hacer es ver menos películas de policías y CSI y confiar más en nosotros.

—Pero si sospecháis de él, es porque hay indicios —dice Rafa.

—Tú lo has dicho —responde Iván con prudencia—. Indicios, pero ninguna certeza.

—Ni siquiera sabemos su nombre —afirma Pilar—. No ha abierto la boca. En cuanto lo hemos metido en el calabozo, se ha vuelto a quedar dormido.

—¿Y cuándo sabréis algo?

—Me voy a encargar personalmente de entrevistarlo mañana. Eso, si Diosdado no se entera antes de que estoy contándoos todo esto a vosotros y me cuesta el puesto.

—Eso no ocurrirá si lo resolvemos antes. A primera hora hablo con él.

—Más vale que prepares bien lo que vayas a decirle, sigue muy cabreado contigo —advierte Pilar.

—Algo se me ocurrirá. —Iván no está tan convencido como quiere dar a entender—.

Mientras tanto, una cosa más, Pilar: necesito que revises de nuevo las cuentas de Sacramento.

Le he dado vueltas a lo que Jhon le dijo anoche a Rafa sobre sus jefes.

O, más bien, a lo que no llegó a decirle.

Quizás no sea nada, pero no sé... Si antes esas maricas malas no me gustaban ni un pelo, ahora, después de lo que nos contó Rafa, mucho menos.

Satisfacción en la cara de su hijo. Por primera vez desde que ha vuelto a casa, una sonrisa aflora en la de Iván. El inspector se despereza sin pudor y mientras entra en el cuarto de baño, dice:

—Ya es tarde. Quiero que sepáis que he decidido cambiar radicalmente de vida.

Tengo sueño y estoy agotado. Y Pilar —añade—, eso de ahí no es un sofá cama, pero dicen muchos amigos que es más cómodo de lo que parece a primera vista.

Esta noche lo voy a comprobar. Tú puedes quedarte en mi cama.

Sin que sirva de precedente, hay un par de sábanas limpias.