Manual para construir un infierno 19. Jueves por la noche
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19. Jueves por la noche

Jueves por la noche

Lo mejor de todo es que ni se le pasa por la cabeza follar con Rodrigo.

Bueno, para ser honesto consigo mismo, durante unos instantes invoca esa imagen a su mente como para ponerse a prueba.

Superada. Concluye que sería una idea pésima acabar en la cama esta primera noche de reencuentro, y eso a pesar de que Iván le insinúa que en alguna ocasión él también fantaseó con la idea de llegar a algo más.

Pero ahora prefiere que un simple par de polvos no den al traste con esta nueva situación frágil, temerosa, y, sí, por qué no usar ese adjetivo tan ñoño: bonita.

De hecho, a partir de la doble confesión, ambos se muestran mucho más relajados.

Han soltado un fardo que ninguno había sido consciente de haber cargado durante tantos años.

Una íntima liberación desde la que comienzan a hablar de una manera más serena y confiada.

Muy próxima a la que tenían cuando se conocieron en la universidad.

Pero a la tercera copa, casi de un modo automático, Iván se palpa con disimulo el bolsillo pequeño del pantalón vaquero.

Un gramo casi entero de mefedrona. Se disculpa para ir al baño.

Mientras se prepara una raya generosa sobre el mármol del lavabo, ve su reflejo en el espejo.

Cambia de opinión: esta raya no se la va a meter.

La tira por el desagüe del lavabo. A su espalda, en el reflejo, hay una balda sobrecargada con tarros y botes.

Tanto por la cantidad como por su calidad, queda claro que Rodrigo se cuida más que él.

Toma una crema hidratante con pinta de costar un riñón y se aplica un poco sobre la cara.

La imagen fresca y confiada que le devuelve el espejo le gusta.

Se siente bien. Devuelve el frasco a su sitio y se detiene en una pila de libros sobre una balda inferior.

En general, ni le suenan los títulos, pero hay uno que conoce, sin lugar a dudas.

Un marcapáginas se hunde más o menos hacia la mitad del libro.

—Me acabo de acordar de cuánto te gustaba leer. Lo que no sabía es que eres de los que lo hacen en el baño —le dice a Rodrigo al volver al salón con el libro en las manos.

—Leo en casi cualquier parte. En el baño, en la cama, en el sofá, en el autobús, en el ascensor... Lo único que no puedo hacer es leer andando. No entiendo cómo algunos lo hacen sin tropezarse y partirse la cara.

—Mero postureo.

—Puede ser... ¿Te gusta la Highsmith? —pregunta señalando el libro.

—No lo sé. Es Rafa, mi hijo, quien también lo está leyendo. Es una de sus novelas favoritas de esta autora.

—Tiene buen gusto el chaval. También es una de las mías. El talento de Mr. Ripley —Rodrigo señala el libro en la mano de Iván—, de las más conocidas de ella, yo la estoy leyendo por segunda vez. Pero tiene muchas igual de buenas. Mira.

Rodrigo se dirige a la estantería que cubre toda una pared del salón.

Está vacía, pero a sus pies hay un buen número de cajas de cartón etiquetadas con la palabra «libros».

Abre un par de ellas hasta dar con la que busca.

Toma varios ejemplares de su interior. Parecen de la misma editorial, sus cubiertas tienen un diseño parecido.

—¿Has leído alguno?

—Yo, de leer, la verdad es que poco... —Iván, algo avergonzado.

—Llévate los que quieras para tu hijo. A ver si te animas tú también. Nunca es tarde para empezar. La maestra Patricia es ideal para ello.

Iván hojea alguno de los ejemplares y lee los títulos con interés algo fingido.

Toma uno al azar para Rafa, mientras Rodrigo vuelve a levantarse del sofá y se acerca al mueble que tiene enfrente, sobre el que cuelga un televisor con un número obsceno de pulgadas.

Abre un cajón, después otro y, finalmente, un tercero del que extrae un DVD.

—Como dices que lees poco... ¿te apetece ver la peli mientras picamos algo?

—No sé, Rodrigo...

—¿Tienes algo mejor que hacer?

—¿Un jueves por la noche? —Iván esboza una sonrisa que quiere parecer simpática, pero no lo es.

—Aunque te lo parezca, tirarte a las calles para seguir metiéndote lo que sea que lleves en ese bolsillo no es, ni de lejos, mejor plan que ver con tu amigo A pleno sol . ¿Sabes que siempre he pensado que te dabas un aire a Alain Delon?