Manual para construir un infierno 20. Jueves por la tarde #2
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20. Jueves por la tarde #2

Después del Erasmus y de terminar la carrera en Londres, Rodrigo hizo un máster en derechos humanos y política en The London School of Economics.

Al poco entró de becario en un despacho de abogados de la City donde, aunque su sueldo era una miseria, le enseñaron Derecho de verdad y lo convirtieron en un tiempo récord en uno más de los miles de abogados funcionales y mediocres de la capital británica.

Pronto se encontró viviendo en un minúsculo apartamento a hora y media en metro del despacho, al que solo iba a cenar, dormir, ducharse y cambiarse de ropa antes de volver a un trabajo donde ganaba lo justo para pagar el alquiler, la ración diaria de fish and chips y cuatro o cinco pintas los fines de semana.

Cuando cumplió los treinta decidió que había llegado el momento de volver a Sevilla, pero más o menos por esa época había empezado a echarle un cable a Ron, un colega de un despacho de la competencia que, tan aburrido como él de su situación laboral y vital, pero sin un país al que regresar, había montado una ONG de abogados voluntarios para defender a personas con escasos recursos en todo tipo de causas y pleitos: paralización de desahucios, reclamaciones de pensiones y otros subsidios, denuncias de préstamos abusivos, solicitudes de asilo y de nacionalidad, etcétera.

Cuando quiso darse cuenta le estaba dedicando más tiempo a aquellos pequeños casos que a los que le daban de comer y se había labrado una fama de tipo enrollado y volcado con los que más lo necesitaban.

Hasta el punto de que dejó el despacho y Ron lo contrató para coordinar un pequeño equipo de voluntarios.

Aquello iba a ser provisional, mientras decidía y no la fecha de regreso a España.

Sin embargo, el índice de casos y pleitos ganados por aquel equipo, que nunca bajaba del noventa y cinco por ciento, llamó la atención de algunos periodistas que llevaron a sus respectivos medios artículos y entrevistas protagonizados por Mr. Rodrigo Gil, a Spanish advocate for the English poor, lo cual, a su vez, incrementó notablemente su notoriedad y, por tanto, el volumen de casos y demandas que llegaban a la organización.

La bola creció tanto que Ron consideró oportuno hacer socio a Rodrigo, cediéndole el cuarenta y nueve por ciento de la propiedad de la empresa (aunque la solidaridad seguía siendo el estandarte de la casa, la ONG hacía tiempo que había dejado de ser tal cosa, y las actividades remuneradas habían pasado a constituir las dos terceras partes del negocio).

Rodrigo aceptó, por supuesto. Creía haber encontrado por fin la motivación que había ido a buscar al Reino Unido.

Sin embargo, la intensidad de trabajo y la responsabilidad se volvieron mucho mayores que las que había dejado en el despacho de abogados.

—Aunque mi cuenta corriente también había crecido exponencialmente —añade Rodrigo—, yo ya no disponía del tiempo ni de la libertad para disfrutarla.

Pronto, aquella hoja impecable de éxitos empezó a resentirse a causa del estrés.

Algunos expedientes habían resultado un desastre, los clientes se habían largado echando pestes del equipo.

Por un tiempo seguí así, hasta que Ron me preguntó por qué en mi balance había ya más fracasos que éxitos.

Yo tenía la respuesta: estaba abarcando más de lo que podía. Necesitaba un respiro.

Pero resulta que Ron no era ni tan buen amigo ni tan buen socio.

A los pocos días de reconocerle mi crisis, me envió un burofax: tirando de no sé qué cláusula de mi contrato me ponía de patitas en la calle.

Teóricamente, no me correspondía indemnización alguna, pero movido por nuestra antigua relación de amistad, me hizo el favor —ponle todas las comillas humillantes que quieras— de pagarme un buen pico.

Con ese dinero intenté durante un puñado de meses montármelo por mi cuenta, pero mi fama de incompetente se había propagado con la misma rapidez que antes lo hizo la de buen abogado.

Mi cartera de clientes se largó con Ron.

Los pocos que aún me hablaban solo lo hacían si nos encontrábamos en la barra de un pub para decirme que también estaban pensando en largarse, porque yo no era el mismo tipo de antes, rápido y eficaz, que sus causas se estaban alargando más de la cuenta, y que, si no se habían ido ya también con Ron, era por el aprecio que me habían ganado con el tiempo.

Antes de liquidar las penúltimas libras que me quedaban en el banco, tuve un golpe de lucidez y las empleé en comprar un billete de avión a Sevilla y en pagar la fianza y tres meses por adelantado de alquiler de este apartamento —dice Rodrigo haciendo círculos con el dedo índice sobre su cabeza—.

Creo que es lo más sensato que he hecho en los últimos cuatro o cinco años.

Bueno, eso y entrar a trabajar en YOU Investments and Real Estate.

Me han dado el pomposo cargo de director financiero, pero en realidad no soy más que un contable de perfil bajo en esa inmobiliaria pequeñita con un nombre igual de pomposo.

Tres chavales británicos que conocí poco antes de volverme la acababan de montar porque veraneaban en Benalmádena y estaban convencidos, aún lo están, de que, a pesar de la sobreexplotación, sigue habiendo posibilidades enormes de inversión en la Costa del Sol.

Y, si no las hay, al menos se habrán comprado sus tres chalés para seguir bajando cuando estén hartos de la lluvia inglesa.

Iván guarda silencio. Hay algo en toda la historia de Rodrigo que no le cuadra.

Y es que, aunque el relato de su antiguo compañero de facultad ha sonado sincero y creíble, el inspector alberga la sospecha de que le ha escamoteado la parte más sustancial.

La conversación está siendo mucho más que volver a hablar de la decoración del apartamento o del clima en Londres, pero también menos de lo que él había esperado, y mucho menos, por descontado, que las largas conversaciones íntimas que antaño compartieron entre el humo de los porros y los efluvios del alcohol.

Es decir, esta persona que está hablando delante de él se ve y suena como Rodrigo, pero no es su Rodrigo. Prefiere entrar por otro flanco:

—Entre tanto trabajo y tantos líos, ¿te casaste? ¿Has tenido hijos?

Rodrigo se le queda mirando unos instantes. En su boca, una sonrisa maliciosa. Arquea las cejas y la punta de la lengua asoma entre sus labios, justo antes de mordisquearla con esos dientes blancos y perfectos de los que siempre ha hecho gala. Iván siente que se le eriza la piel de la nuca.

—No —responde—, quiero decir, sí, me casé. Pero también me divorcié. Alguna vez hablamos de la posibilidad de adoptar uno, pero lo descartamos. No sé qué clase de vida le habríamos dado. Aparte de que a Jim nunca le gustaron mucho los niños.

—¿Jim?

—Sí, era uno de los voluntarios de mi departamento. Fue un noviazgo muy breve y un matrimonio aún más breve.

—No sabía que...

—Sí lo sabías, Iván —interrumpe Rodrigo—. Como yo lo supe de ti desde el día en que te conocí.

—¿Por qué nunca me lo dijiste?

—¿Y tú a mí?

A su mente vuelven, arrolladoras como un alud, los miles de veces que Iván ha imaginado esta misma conversación a lo largo de los últimos veinte años.

Todas y cada una de ellas el desenlace ha sido el mismo: después de confesarse el uno al otro que les gustan los tíos, terminan besándose apasionadamente.

En algunas, también follan. Sin embargo, ahora que está sucediendo con mayor o menor similitud, el deseo no ha aparecido por ningún lado.

Puede más la necesidad de saber, de conocer los pormenores.

Averiguar si en alguno de los muchos momentos en que Iván creyó percibir la electricidad de la atracción fluyendo en una dirección, Rodrigo también la sintió en la dirección inversa.

Si alguna de aquellas miradas esquinadas que él captó al vuelo o alguno de aquellos roces descuidados, más cálidos y prolongados de lo habitual, significaron para Rodrigo lo mismo que para él: una inquietud, un quizás, un por qué no.

Y, como tantas veces entonces, Rodrigo se le adelanta:

—Creo que me enamoré de ti, Iván.