20. Jueves por la tarde
Jueves por la tarde
Por la tarde, Iván asiste al grupo de ayuda.
Sus motivos no son del todo terapéuticos.
En un primer momento, el inspector no lo tenía previsto, pero Pilar le ha advertido que, después de la charla con su hijo, tenía que demostrarle lo buen padre que puede llegar a ser, y que la terapia es una buena forma de hacerlo.
Luego, una hora antes del inicio de la sesión, ha recibido un wasap de Rodrigo: «¿Nos vemos esta tarde?
» . No es que el texto haya sonado a caramillos, crótalos y laúdes, pero algo es algo.
Claridad, por fin, en su horizonte encapotado.
Iván le ha respondido: «Estupendo, estoy libre a partir de las nueve. Dime dónde te viene bien».
Fiel a su costumbre, es el primero en llegar.
Las sillas permanecen apiladas al fondo.
La máquina de café, una de esas antiguallas con filtro, aún está apagada.
En el centro de la sala, vacía, Nacho Morote está de pie, muy quieto.
Esperándolo. Sus labios apretados anticipan una conversación incómoda, aunque ante el resto de su pose el inspector no puede evitar sentir vergüenza ajena.
Solo le falta poner los brazos en jarras.
Sus esfuerzos por aparentar una autoridad de la que carece rayan el ridículo.
Pero eso no le evita la sorpresa cuando oye al terapeuta decir:
—Hay que tenerlos cuadrados para presentarse hoy aquí.
—Es jueves, ¿no? —La pregunta retórica va a la velocidad de un misil y cargada de mala hostia—. Y los jueves toca terapia —una ligera pausa antes del impacto definitivo—... toca escuchar tus gilipolleces.
—Si este es el mejor sitio que se te ocurre para pasar una tarde de jueves, es que estás más jodido de lo que dice la prensa.
—Otros que solo sueltan gilipolleces, los periodistas —y, como si acabara de recordar quién manda allí, Iván añade—: Vamos a relajar ese tonito, Nacho, si no quieres que...
—Ya te puedes ir por donde has venido, inspector. Se acabó. No quiero verte por aquí nunca más.
La frase de Nacho se posa en su mente como el último naipe que corona el castillo al tiempo que lo derrumba y esparce toda la baraja sobre el tapete.
De golpe y porrazo, Iván comprende que hace rato que la balanza se ha inclinado en su contra y a favor del terapeuta.
Obtiene la plena constatación en su sonrisa.
Una sonrisa fría, largamente ensayada y anhelada.
Como se ensaya y se anhela la venganza. Cómo coño va él a exigirle a este pobre empleado de una ONG, a quien lleva dos años chantajeando, que siga sometiéndose a su juego sucio.
Cómo fingir que en las últimas horas no ha cambiado nada en la vida de Iván y que la relación de poder establecida entre ellos dos sigue intacta.
Qué explicación le puede dar para convencerle de que todas las mierdas que la prensa escrita, la televisión, las redes y, por supuesto, sus queridísimos compañeros de la radio, están esparciendo sobre él desde la movida del auditorio son una patraña.
Cómo he podido, se pregunta y parafrasea el saludo que Nacho le acaba de dedicar, tener los santos cojones de presentarme aquí, como si los últimos siete días no hubieran existido.
Más que por vergüenza, Iván se queda en blanco, bloqueado, por su falta de anticipación.
Las fichas del dominó han caído una detrás de otra, pero él no ha visto venir la última, la que ahora cuelga al filo de un precipicio sobre las llamas de un infierno que él y solo él se ha esmerado en construir ficha sobre ficha, desfase sobre desfase y mentira sobre mentira.
Nota en el paladar el sabor de la derrota que certifica su estrepitosa caída en desgracia.
Un sabor amargo que le sube por las mejillas y les prende fuego.
Frente a él, contrasta el gesto triunfal y satisfecho de Nacho.
Por eso se abalanza sobre el terapeuta, hijo de la gran puta, lo embiste como una fiera descontrolada, cabrón, arremete con todas sus fuerzas, te vas a reír de tu puta madre.
Lejos de amilanarse, sin aparcar su sonrisa helada, Nacho le devuelve el empujón con el ímpetu de su musculatura trabajada en sesiones de dos horas de gimnasio un mínimo de cuatro días a la semana y, sobre todo, de sus diez años menos de edad.
Iván trastabilla y a punto está de caer de culo.
Por suerte para él, la puerta a su espalda se acaba de abrir, entran al salón los primeros compañeros del grupo de adictos.
Uno de los cuales, de reflejos rápidos y mano firme, intercepta al vuelo su caída y consigue también, de paso, sostener la poca dignidad que le queda al inspector.
—¡Te tengo! —exclama Manu, el enterrador.
Estas dos palabras son como un sortilegio que hace que Iván desista en el acto de devolver el golpe al terapeuta.
Se gira. Encuentra de frente la mirada reprobatoria de Manu y del resto del grupo que asiste a terapia.
En la suya, rabia y estupefacción. No puede hacer otra cosa que salir pitando de allí.
Con los puños apretados, los nudillos blancos.
Cuando los abre, un rato largo después, es para leer un wasap que le ha llegado. «Si te parece, nos vemos en el apartamento que acabo de alquilar. Si aún vives en la Alameda, te pilla cerca. Te mando ubicación».
Media hora más tarde, Rodrigo le pone por delante un vodka cortito con tónica que le sienta de maravilla.
Iván ha llegado a la dirección señalada con la espalda mojada de sudor por la caminata y la ira.
Ahora se siente estúpido por no haber pillado un Uber, pero tenía que bajar de revoluciones antes de reencontrarse con su viejo amigo. Qué guapo está el cabrón.
El apartamento de Rodrigo es de una exagerada sencillez. El vacío de las paredes y la escasez de mobiliario se pueden interpretar como síntoma tanto de un gusto minimalista como de una mudanza reciente. Mientras observa a su anfitrión preparar la copa, este lo confirma:
—Has tenido suerte. Hasta ayer el frigorífico estaba vacío. He cambiado de casa unas cuantas veces en los últimos años, pero esta mudanza ha sido la más desastrosa. La inmobiliaria, los albañiles, el fontanero, los pintores... cada día un problema. No me acordaba de cómo funcionaba este país.
Iván escucha con un interés fingido, hasta que el torrente de palabras se transforma en un flujo transparente que atraviesa sus oídos igual que el silencio.
Cuando Rodrigo se da cuenta, se calla. En el aire solo queda el tintineo de los cubitos de hielo girando en la copa de Iván. El inspector dice:
—Y yo que pensaba que me habías traído a tu casa para contarme dónde te has metido y qué has estado haciendo todos estos años o por qué estabas el otro día en un evento para inversores en Torremolinos.
—Rodrigo tuerce el gesto con extrañeza—.
Pero parece que no, que prefieres que hablemos de tus problemas con el sector de la construcción.
Pues muy bien, querido amigo —enfatiza las dos últimas palabras y fuerza una sonrisa—, en las dos últimas semanas he hecho un máster sobre el tema.
Te puedo asesorar en lo que quieras. A ver, cuéntame, ¿cómo puedo ayudarte?
—deja unos instantes la pregunta suspendida en un hilo invisible de cinismo y abre aún más la sonrisa falsa—.
Te puedo ofrecer un fontanero y un manitas de Cádiz, un electricista de Sevilla, un carpintero de Málaga y...
¡coño, parece un chiste! Si no estuvieran todos muertos, y yo tan jodido, hasta me reiría.
Rodrigo posa sus manos con suavidad sobre los hombros de Iván.
—Iván, ya. Perdóname —susurra y cierra los dedos sobre los hombros—.
Son los nervios. Como ves, sigue dándome por parlotear en momentos así.
En eso no he cambiado. —Rodrigo lo atrae hacia sí y lo abraza con fuerza y largamente.
La piel del cuello se le eriza al contacto con la piel de su antiguo amigo.
Un recuerdo táctil, cálido y trémulo que cuenta y transmite más que un millón de palabras.
Se están diciendo todo sin decirse nada.
Ya vendrán después los matices o las explicaciones si alguno de los dos las quiere pedir, pero de momento, en este momento, les basta el abrazo.
Y hablar de lo que han hecho con sus vidas los últimos veintipico años.