Manual para construir un infierno 21. Mediodía del jueves #3
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21. Mediodía del jueves #3

—De beber y de fumar porros. —Rafa, sobrado de autoconfianza, le guiña un ojo.

—Aparte de todo eso, hablaríais de muchas cosas.

—Claro.

—Y, con todo lo que tú ya sabes del caso, por lo que ha salido en los medios o por lo que nos has escuchado a tu padre y a mí, ¿recuerdas alguna cosa, algún detalle en alguna de vuestras conversaciones que te llamase especialmente la atención?

—¿Cómo qué?

—No sé, algo, lo que sea. Cualquier cosa que... ¿cómo se dice grinyolar en castellano?

—¿Qué?

—Cuando algo te da dentera.

—Rechinar —contesta Iván.

— Exacte!

Rafa alza una ceja. Un gesto quizás algo impostado, Iván se lo conoce desde pequeño, es su manera de hacerse el interesante, a veces se ha preguntado si no lo habrá heredado de él.

—Nuestras conversaciones no eran sobre nada serio. Tampoco hablamos de ti. Él pasaba marihuana y yo era tu hijo. El hijo del madero. Habría sido un poco raro.

—Y tanto —afirma Iván.

—Calla, inspector, deja que continúe.

—Solo una vez, creo que el martes por la noche.

Sí, el martes, seguro. Me acuerdo porque el DJ que estaba en ese momento pinchó una sesión de mierda, la peor de todo el festival.

Nos cortó el rollo a todos. Dejamos de bailar.

Unos cuantos pedimos unas cervezas y nos sentamos a fumar en los escalones de una de las salidas.

Al rato, mis amigos fueron a reponer bebidas, con el calor que hacía a mí me daba mucha pereza y les pedí que me la trajeran.

Me quedé solo con Jhon. Entonces, sin venir a cuento, me dijo que tú —señala a Iván— le habías gustado mucho, que no parecías un madero como los demás, porque tratabas a todo el mundo por igual.

Yo me reí y le pregunté si le ponías, y medio en broma medio en serio me contestó que sí, que eras muy atractivo.

Que, si no fuera por sus circunstancias, no le habría importado conocerte más.

—¿Qué circunstancias? ¿Que fuera un camello de medio pelo o que tuviera dos novios?

—Eso mismo le pregunté yo, y me respondió que no era nada de eso.

Que tú ya sabías que él trapicheaba y que, dado tu historial, no creía que eso te fuese a importar mucho.

Y respecto a lo de liarse con otros, no tuvo que confirmar ni desmentir nada: en el festival tonteó con un par de tíos, y yo ya sabía que vosotros habíais follado, no hay que ser muy listo —Rafa lo suelta con la misma indiferencia de quien lee la receta de un bizcocho básico—.

Pero entonces pasó algo un poco extraño.

Me dijo que se estaba planteando volver a hablar contigo.

No quiso decirme sobre qué, pero parecía inquieto, no sé, asustado.

Solo comentó algo sobre que sus jefes lo tenían cogido por los huevos, que había metido la pata por dárselas de listo, y cuando le pedí que fuera más explícito, se le cambió la cara.

Son unos chungos, me dijo, que le habían hecho mucho daño.

De buenas a primeras, se puso triste. Intenté sonsacarle algo más, pero en ese momento llegaron las bebidas y tuvimos que dejarlo ahí.

Unos minutos después se fue a mear. Tardó un montón.

Estuvo desaparecido más de una hora. Cuando volvimos a encontrarnos ya estaba otra vez animado. Riéndose y bailando, como siempre.

—Habría ido a meterse algo.

—No lo creo. Jhon no se cortaba un pelo con eso. Ni discreción ni pollas. Se metía delante de todo el mundo. Es más, paseaba la cartera con las rayas para invitar a quien quisiera. Y no me pongas esa cara —dice Rafa con desgana—, ya te he dicho que, aparte de porros, no consumo nada más.

—No puedo evitarlo, eres mi hijo.

—Y tú mi padre, y tampoco te has cortado nunca.

—Rafa, ya está bien —Pilar vuelve a mediar—. Tu padre lo está intentando.

—Poco le cunde...

La botella de vodka se ha terminado. Iván trae otra a estrenar de la cocina y más hielo. Mientras se vuelve a servir, advierte la expectación en la cara de Rafa, su vaso vacío. Amaga con rellenarlo, pero el joven pone la mano sobre el vaso. Pilar también lo rechaza.

—Tiene que haber algo más —piensa en voz alta—. Quería decírtelo, pero se arrepintió en el último momento.

—A mí también me dio esa impresión —Rafa se ha puesto triste de pronto—.

Después volvimos a meternos en la bulla para bailar.

Con todo el jaleo me había olvidado de esa conversación, hasta que me habéis preguntado.

—Una oscuridad se apodera de su rostro y de su garganta.

Sus ojos refulgen. Nada que ver con los porros.

Dos torrentes anegan su mirada—. Ojalá...

Con un nudo en la garganta, la frase se queda colgando de sus labios. Iván se apresura a contestarle:

—Tú tampoco tienes la culpa.

Entonces, el inspector se sienta junto a su hijo y le da un abrazo tan fuerte como los que le daba cuando era un niño pequeño y volvía llorando a casa porque se había caído en el patio del colegio y se había hecho las rodillas polvo, porque algún compañero mayor, más alto y más fuerte que él le había pegado, porque el mundo era injusto y escocía.