21. Mediodía del jueves #2
En el silencio que se instala entre ellos, Rafa y Pilar lo miran como si hubiera hablado en otro idioma, o como si fuera la primera vez que oyen su voz. El muchacho, la mirada fiera, lo rompe:
—Y como tú lo pasaste tan mal en el pasado, los demás tenemos que pagar por ello, como si la culpa fuera nuestra.
Ni de coña, papá. Yo no estoy para tragarme tus miserias y tus mierdas.
En verdad, ni yo ni nadie, pero yo solo puedo hablar por mí.
El resto que haga lo que quiera —como para realzar sus palabras, Rafa alarga una pausa antes de continuar—.
Mamá te aguantó hasta que se la jugaste.
Cuando ya no pudo más, te mandó al carajo.
Pero yo, como un gilipollas, pensaba que era una exagerada. Ahora tengo claro que se quedó corta...
La última frase la pronuncia Rafa con la intención de volver a encerrarse en su habitación, pero Iván no está dispuesto. Se levanta también y exclama:
—¡Qué fácil, chaval! Sueltas tu discurso, el manido recurso del divorcio y de mi relación con tu madre, y te largas sin decir nada de tu comportamiento. Si ese es tu concepto de madurez, lo llevas claro.
—Para concepto brillante, el tuyo de la responsabilidad.
—Rafa se vuelve. Su cara a unos centímetros de la de su padre—: Todo el día colocado y follando a diestro y siniestro, y sin protección, por supuesto, porque para qué, si tú eres más guay que nadie y estás por encima de todos y de todo. ¡Lo que viene siendo un chulo!
Como por arte de magia, después de tantos años, Iván vuelve a ser más alto que Rafa.
Como un resorte, alza la mano y la lleva hacia atrás en el aire con la palma abierta.
En el último momento, la expresión en la cara de su hijo, entre la arrogancia y la sorpresa, le detiene y le hace bajar la mano con idéntica rapidez.
—¿Otra vez? ¿Así es como ahora solucionas los problemas? ¿A hostias?
Iván aprieta los puños a la par que dos lágrimas inundan sus ojos. Lágrimas de dolor y de rabia. Dolor por su hijo. Rabia contra sí mismo.
—¿Os apetece una copa?
La pregunta de Pilar lanza un chorro de agua oxigenada sobre una herida sangrante e infectada. Produce al mismo tiempo burbujeo, escozor y analgesia. Una vez más, bendita Pilar. Muy despacio, separando mucho unas palabras de otras, Iván contesta:
—Una idea estupenda —y con mayor prudencia—: ¿Vodka para ti también?
—No son horas, papá.
—Llevo tantas horas sin dormir, que ya no sé si toca desayunar o cenar. Uno cortito. ¿Tónica?
Iván deja a Rafa con cara de pasmo en medio del salón, mientras él prepara las bebidas. Bien cargada la suya. Prepara otra para Pilar —con naranja—, sin preguntarle. Deposita la bandeja sobre la mesa de centro, se sienta en el sofá, da un sorbo largo a la suya y continúa:
—Sí a todo, Rafa. No te quito ni una coma. —El muchacho también da un trago. Pilar no termina de arrancarse, juguetea con el dedo índice sobre el borde del vaso—. Llámame chulo si quieres, pero dime la verdad, ¿por qué tanto empeño en pasar las vacaciones conmigo? Si soy tan mal bicho...
—Yo nunca he dicho eso —interrumpe Rafa—. Jamás he dicho que seas una mala persona.
—Entonces, ¿qué es lo que te molesta?
Rafa da otro trago. Muy largo. Coge de la mesa el paquete de cigarrillos de su padre.
Vacío. Busca en los cajones del mueble bar.
Nada. Interroga a su padre con la mirada.
Iván trae un paquete ya empezado que encuentra en el cajón de la mesilla de noche del dormitorio.
Le ofrece uno a Rafa. Una suerte de pipa de la paz.
—Nada de lo que haces tiene sentido —responde Rafa tras una larga calada—. Estás jugando a una especie de ruleta rusa sin pistola. El día menos pensado te vuelas los sesos, pero nos tocará a los demás limpiar la sangre.
Iván reconoce al Rafa triste. Ni rastro del Rafa cabreado.
—Lo último que quiero es preocuparte. Solo intento vivir mi vida sin molestar ni hacerle daño a nadie.
—Te haces daño a ti mismo. Y a todo dios: a mamá, a Pilar —dice señalándola—, a tu jefe... y lo peor es que no te das cuenta.
—Sí me doy cuenta, pero no puedo evitarlo.
—O no quieres.
Rafa calla y baja la mirada. Vuelve a ser aquel crío que no entendía el significado de la palabra «divorcio», que no sabía lidiar con su desamparo.
Iván se reconoce en él como nunca hasta ahora.
Se muere de ganas de abrazarlo, pero justo por eso, porque lo ve tan parecido, sabe que el abrazo que necesita no es físico.
Se sirve otra copa. En vez de volver a sentarse, apoya una rodilla sobre el brazo del sofá con actitud relajada y cercana. Le dice:
—Rafa, por favor, necesito que me ayudes. Entenderás lo extraño que me resulta que Jhon y tú fuerais amigos y que estuvierais juntos anoche en el festival. Yo lo conocí hace apenas una semana...
—No éramos exactamente amigos.
—¿Qué quieres decir? —Iván quiere y teme la respuesta.
—Si te quedas más tranquilo no hemos follado.
—Eso me da igual —miente—, te lo juro. Solo quiero saber de qué y desde cuándo os conocíais.
—¿Me estás interrogando, papá? —Rafa esboza una sonrisa angulosa—. ¿Tengo que llamar a un abogado?
—Rafa, por favor —intercede Pilar con firmeza—, tu padre está siendo sincero contigo. Esto es serio.
Rafa se arrellana en el sofá, remata su copa y dice:
—Nos conocimos el primer día del festival, el lunes por la noche.
Uno de mi pandilla se iba a encargar de traer la marihuana, pero su contacto le había fallado.
Alguien dijo que había visto por allí a uno que también pasaba, un tal Jhon.
Cuando mi amigo lo localizó, le pregunté si, por casualidad, se apellidaba Domínguez Roldán y él me contestó que sí, que cómo lo sabía.
Le dije que había oído a mi padre hablar de él.
Acordaos de que estuvisteis repasando su historial en el coche de camino a Torremolinos.
Aunque yo tenía los auriculares puestos, os estaba escuchando.
Me hizo gracia la coincidencia y me picó la curiosidad por conocerle.
Al principio se puso a la defensiva, quiso largarse pitando, pero mi amigo le aseguró que yo no era ningún capullo, que no te iba a venir con el cuento.
—¿Y cómo se convenció?
—Supongo que a él también le picó la curiosidad y quiso conocerme. Además, si estábamos allí era para divertirnos. En cuanto se relajó y hablamos un poco, Jhon y yo nos caímos bien. Estuvimos bailando, charlando y fumando juntos toda la noche.
—Voy a hacer como que no he oído eso.
—Tú mismo. Nunca te he ocultado que fumo porros. Otras cosas no me meto... no quiero acabar como tú.
—¡Joder, Rafa!
—Lo siento, pero es la verdad. La mejor campaña antidroga es convivir con un adicto.
—Yo no...
—Vale, papá, lo que tú digas —interrumpe Rafa—, ¿te sigo contando o volvemos a hablar de ti?
—Dale —susurra Iván.
—Aquella noche lo pasamos tan bien que quedamos en vernos la siguiente, y después la siguiente.
Lo único que hacíamos era eso: bailar, beber, charlar cuando la música lo permitía, reírnos de todo y fumar.
Era un tío muy ocurrente. Sobre todo, era muy divertido.
Y conocía a un montón de gente. Se hacía fotos con todo el mundo.
Como la que te envió. Que conste que, cuando nos la hicimos, no creí que te la fuese a mandar.
Él solo quería pasárselo bien. Eso hacíamos.
Hasta que apareciste y la liaste. —La voz de Rafa se tiñe de tristeza, las últimas palabras le salen en un hilillo inaudible.
—Yo no tuve nada que ver con su muerte, Rafa, ya lo sabes.
—Lo sé. Pero mamá lo dice mucho: ahí donde hay un lío, ahí está tu padre. También dice que no sabe cómo lo haces, pero que al final siempre es así.
Cuánta razón, Rafa. Cuántas veces le ha repetido Alicia esas mismas palabras, que no eran ningún reproche, sino el mero fruto de la desazón y de la impotencia. De la amargura.
—Tengo una pregunta —intercede Pilar—, a lo largo de esas tres noches, aparte de bailar y demás...