Manual para construir un infierno 21. Mediodía del jueves
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21. Mediodía del jueves

Mediodía del jueves

Todavía le brillan las pupilas y arrastra la mirada.

Sus movimientos lentos y torpes son signos de agotamiento más que de colocón.

La subinspectora le ha solicitado permiso al comisario para acompañarlo a casa —sería más correcto decir que simplemente se lo ha comunicado, es amiga de la madre y aún no la ha localizado—.

Al ser menor de edad, no le han tomado declaración, pero ha contado entre balbuceos que sí, que estaba con Jhon cuando el caos estalló en el auditorio, pero la estampida los arrojó en direcciones opuestas sin que ninguno pudiera hacer otra cosa más que dejarse arrastrar por la riada de gente.

Rafa no estaba con su amigo cuando lo asesinaron.

Iván no sabría decir qué le impresiona más, si las lágrimas de su hijo, casi un hombre casi un niño, o el hecho de que se haya referido a Jhonatan Domínguez Roldán, el principal sospechoso del caso en el que lleva días trabajando y ahora cadáver a manos de quién sabe quién, como su amigo .

—¿Seguro que no quieres que me lo lleve a casa?

—Alicia me va a llamar de un momento a otro —responde Iván—. Prefiero que venga a buscarlo a la mía, así le doy en persona las explicaciones que hagan falta.

—Si me pregunta a mí, le contaré la verdad —dice Pilar mientras ayuda a Rafa a incorporarse y lo conduce hacia la salida de la sala de reuniones de la comisaría.

—Alguien, no sé quién, dijo que la verdad tiene muchas caras, pero haz lo que creas conveniente, querida.

—Iván da un largo suspiro, no ha deslizado el apelativo con intención de conmover a su compañera.

Quizás, solo quizás, en sus formas calmadas, reflexivas, y hasta delicadas, solo busca un atisbo, si no de perdón, al menos de comprensión.

Dadas las circunstancias, menos es nada.

Ya en su apartamento, tras comprobar que Rafa duerme a pierna suelta —joder, si hasta ronca como un hombre—, luego de permitirse el pequeño lujo de una ducha caliente, reconfortante a pesar del sofocante calor, y después de engullir un bocata de jamón de york y queso, y de haber dejado sobre la encimera de la cocina dos platos con forma de ovni con otro bocata en su interior para cuando el muchacho despierte, se tumba en el sofá.

Alguien toca a la puerta con los nudillos.

—¿Qué haces aquí? —Ha sonado seco y cortante.

—Supongo que ver cómo estáis, collons . Y supongo que, si yo estuviera en tu situación, harías lo mismo.

—Tú también debes de estar agotada, Pilar.

—Un detalle por tu parte —dice su compañera con una sonrisa triste—. Precisamente por eso voy a dormir tan poco como tú. Además, se me ha terminado el café, y el chino de abajo de mi casa no abre hasta las diez. Y yo, sin mi café, no me hallo en ese piso tan grande y tan vacío.

Se ha olvidado de que Pilar debería estar en la Costa Brava, huyendo de este infierno, tomando el sol en la playa, bebiendo Aperol Spritz con su marido, dejándose querer por sus hijas.

Sin embargo, se ha quedado para ayudarle con el puñetero caso y ahora debe de estar rumiando el arrepentimiento.

Toca bajar los humos y poner la cafetera.

—Si tu hijo ha salido a ti, Alicia tenía otro motivo para divorciarse.

—...

— Ronca com un porc senglar.

Iván sirve el café sobre la mesa del centro. Ambos lo toman solo y sin azúcar. Lo saborean durante unos segundos, en silencio.

—Ya es mala suerte que, cuando decidimos interrogar al principal sospechoso, el puñetero Jhon de las narices, el puto centro de todas las dianas, se nos adelantan y lo matan. Y todo a la vista de miles de personas, pero nadie ve nada. ¡Me cago en su puta madre! —exclama Iván.

—Ya estamos con las madres. Qué tendrán ellas que ver con los fills de puta de sus hijos.

—Te contradices más que yo, compañera.

—No tanto. No tanto...

Pilar ha pronunciado las últimas palabras en un susurro, como para sí misma.

De hecho, sus ojos miran a Iván sin mirarlo.

A él le encantaría preguntarle dónde está, pero eso sería como introducir una estaca en el engranaje de un reloj suizo.

Sabe que algo bueno está a punto de salir de ese cráneo privilegiado.

Como diría Rafa, se vienen cositas interesantes.

—Ahora tu prioridad es hablar con Rafa —dice Pilar como si le hubiera oído el pensamiento—, y, por supuesto, con su madre...

—Con eso no voy a arreglar nada. —Iván intenta sacar el último cigarrillo que le queda en el paquete. Espera que quede alguno en el cajón de las reservas—. Tengo que averiguar quién ha matado a Jhon y por qué.

— Iván, collons! Vols fer el favor d’escoltar-me, si us plau!

La exclamación de Pilar ha hecho que el cigarrillo se le caiga al suelo. Lo recoge sin disimular su estupefacción. Ha presenciado en ocasiones anteriores otros arrebatos de cólera de su compañera, pero nunca tan violentos y desesperados.

—Estás fuera del caso, inspector —continúa Pilar—, tienes asuntos más importantes de los que ocuparte en estos momentos. ¿O es que no te das cuenta, coño?

Justo en este momento, Rafa sale de su habitación.

—Por mi parte tampoco hay nada de que hablar.

El joven arrastra su cuerpo hasta la encimera.

Va vestido solo con unos calzoncillos. Iván los reconoce, son suyos.

De nuevo, el inspector se admira de que el cuerpo de un hombre adulto haya suplantado al de su hijo.

También de su falta de pudor. De esa guisa, Rafa comienza a comerse el bocata que le ha dejado preparado.

—Mejor me voy —dice Pilar dirigiéndose a la puerta del apartamento con paso prudente pero decidido.

—Mejor no —replica Rafa con un gesto enérgico de la misma mano en la que sostiene el bocata. Un gesto muy de Iván. Lo liquida en dos bocados mientras se interpone entre Pilar y la puerta—. Últimamente paso más tiempo contigo que con mi padre. Mira, sí, mejor vamos a hablar ahora mismo.

Pilar mira a Iván. Este se encoge de hombros y los invita a sentarse alrededor de la mesa de centro.

—Muy bien —continúa—, ¿de qué queréis hablar?

La subinspectora se esconde detrás de un cojín que aprieta contra su pecho.

Le toca a Rafa abrir fuego. El chaval asume el protagonismo con maneras firmes y decididas, un tanto sobradas.

Interpretando su papel estelar con gusto y eficacia.

Se ha convertido o está a nada de convertirse en un hombre, pero Iván sigue sin atisbar qué tipo de hombre.

—Para empezar —arranca Rafa—, me gustaría saber por qué han matado a Jhon.

—Espera, espera —salta Iván—. Antes me tienes que decir tú qué hacías con ese prenda en el festival. Desde cuándo os veíais.

—¿Y desde cuándo tengo yo que darte explicaciones de con quién voy o vengo? ¡Si nunca te ha interesado! ¿Ahora me sales con esas?

—Coño, Rafa, ¡Jhon no era un tipo cualquiera!

—Ah, claro, por eso te lo tiraste, ¿no? —Fuego en sus ojos. Rabia en su voz. Bravuconería en su postura—. Aunque tampoco es que tú seas muy exigente. Si el tío lleva pantalones, te lo tiras.

Las palabras de Rafa se congelan en el aire.

Más que enfadar, sorprenden a Iván. Acaba de sufrir en propias carnes uno de sus típicos dardos, una de esas frases desbocadas que él no dudaría en clavar en un amigo, un compañero o un familiar.

Por propia experiencia, sabe que lo mejor es no responder de inmediato, dejar que el bumerán rebote en el silencio del interlocutor y que vuelva a su dueño en forma de arrepentimiento y de vergüenza.

Al cabo de unos segundos eternos, las mejillas coloradas de Rafa son la señal de que la táctica ha funcionado.

Es entonces cuando contesta con todo el aplomo que es capaz de concentrar:

—No te lo voy a negar. Me gusta el sexo. Eso no es nuevo. Ya eres un adulto, seguro que también disfrutas lo tuyo. Pero como, de momento, no es ilegal, yo no tengo por qué decirte con quién ni con cuántos me acuesto. Como yo tampoco te pregunto a ti con quién ni con cuántas.

—¿Cuántas? ¿Y por qué das por hecho que me van las tías? ¿Y si Jhonatan fuera algo más que mi amigo?

Ahí está. La imagen que con tanto ahínco ha intentado borrar de su mente, a sabiendas de que seguirá en su wasap.

Anoche, en la fiesta, Jhon echándole el brazo por los hombros a su hijo, los dos bebidos y fumados.

Una imagen que ahora cobra otro sentido.

O su Rafa está jugando con él. Acaba de sacar todo su arsenal.

Pero él es más listo, porque es mayor, y porque es su padre, qué coño.

Se lo comen los demonios, pero tiene que hacerlo, le toca volver a tensar el hilo.

Sin llegar a romperlo. Como le enseñaron hace años en la academia: a veces, en un interrogatorio hay que provocar un estallido controlado para obtener la verdad.

Siempre se corre un riesgo, las consecuencias pueden ser irreversibles, pero hay que asumirlo.

Por eso se toma su tiempo antes de contestar:

—De nuevo, tienes razón. He dado por sentado que eres hetero.

Pilar puede contarte las innumerables veces que mis prejuicios me han llevado a etiquetar mal a una persona.

¿Verdad, Pilar? —Ni Iván le concede tiempo para contestar ni ella hace amago de querer hacerlo—.

Cuando llegó a Sevilla pensé que era lesbiana, ya ves si estaba equivocado.

Sin embargo, Rafa, tienes que entender que tengo cuarenta y dos años, y que tus abuelos me educaron de una manera muy diferente a como tu madre y yo lo hemos hecho contigo.

Es un tópico, pero eran otros tiempos. Todo era muy distinto.

Salir del armario no era tan fácil como ahora.

Ya ni siquiera se lleva esa expresión, salir del armario.

Pero no puedes criticarme por ser como soy.

Aunque lucho todos los días contra mí mismo, uno no puede dejar de ser quien es de la noche a la mañana.

Ni en un puñado de años. Por mucho que lo intentes con todas tus fuerzas, nunca lo vas a conseguir del todo. Yo no creo que pueda.