Manual para construir un infierno 22. Mañana del jueves
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22. Mañana del jueves

Mañana del jueves

La sala de reuniones está tan inusualmente fría que, en treinta segundos, el sudor se ha secado sobre su piel de gallina.

Por eso Iván no sabe interpretar el significado del estornudo de Diosdado.

Desde que ha entrado en la sala, el semblante del comisario no ha mostrado ninguna emoción, no ha dejado entrever por dónde van a ir los tiros.

A Pilar, por el contrario, la nota incómoda, crispada incluso.

No le sorprende. Esta mañana puede ser la más complicada de todas las muchas mañanas complicadas en su vida como policía. De su vida a secas.

Mientras esperaba la llegada de su jefe y de su compañera, el inspector ha repasado la secuencia de los diez hechos que, desde que asaltó el escenario unas pocas horas antes, le han conducido hasta aquí y ahora:

A tener en cuenta: no se halla ninguna arma blanca (u objeto similar) en las inmediaciones.

7.- Mientras tanto, Iván, apaleado e inmovilizado, un ojo hinchado y las manos esposadas a la espalda, es trasladado a las oficinas del auditorio, junto a la salida principal, a solo unos metros de la escena del (presunto) crimen.

El inspector, preso de la rabia, al pasar junto al cadáver, forcejea para intentar ver la cara del fallecido.

El terror se ha apoderado de él. Podría ser su hijo.

El señor Rubio le insulta, le grita que tire para adelante, le da una patada en el culo. Iván jura que lo matará.

8.- 03:55 horas. En las oficinas del auditorio, Iván es recibido por otros policías. Los conoce a todos. Uno de ellos le dice que le quitará las esposas cuando se tranquilice. Iván le parte la nariz de un cabezazo. Los otros compañeros arremeten contra él. El inspector se lleva otra tanda de palos.

9.- 03:59 horas. Aún lo están neutralizando cuando un vigilante, miembro del equipo del señor Rubio, se presenta en las oficinas acompañado de un joven en visible estado de embriaguez y con signos de haber consumido algo más que alcohol.

Dice llamarse Rafael de Pablos y que su padre es el inspector Iván de Pablos.

Iván se queda petrificado. El compañero de la nariz rota, a pesar de todo, le quita las esposas.

El inspector se derrumba y busca el abrazo de su hijo.

Al oler el tufo a marihuana que trae, se separa y le da una bofetada.

Los policías vuelven a inmovilizarle. Como respuesta, el chaval sonríe y farfulla algo en torno a su madre.

10.- 04:15 horas. Iván, otra vez esposado, es trasladado a la comisaría en el asiento trasero de un coche patrulla. Por el retrovisor puede ver la vergüenza ajena reflejada en la cara del compañero que conduce. Rafa va en otro coche. Se ha quedado dormido. Están localizando a su madre.

—¿Quién ha sido, Iván? —Diosdado lanza la pregunta de un tirón, sin toser.

De hecho, suena sorprendentemente calmado.

Incluso afable. Iván ha traspasado todos los límites.

Ha cruzado todas las líneas rojas. Quizás, por eso no debería sorprenderle tanto.

Ahora, sí, como le ha advertido su jefe mil veces, se acabó.

No hay nada más que decir ni discutir. Y eso, darlo ya todo por perdido, significa para el comisario soltar un pesado fardo que lleva demasiados años cargando a sus espaldas.

Como cuando el dentista inocula la anestesia para extraer, por fin, el raigón largamente cariado.

Cuando eso sucede, uno ya no nota el pinchazo.

Mejor sacrificar una pieza que dejar que la infección pudra la boca.

—Jefe, si lo supiera no estaríamos aquí, sino buscando a ese cabrón.

—¿Alguna hipótesis?

Iván se levanta de la silla y comienza a deambular por la sala —vuelve a estar libre de las esposas—.

Nota las miradas de Diosdado y de Pilar clavadas en él.

Se imagina a sí mismo como un funambulista caminando por un alambre colgado a cien metros de altura y sobre un foso repleto de caimanes.

Su respuesta puede llevarle al otro lado, al de la salvación, al del perdón.

Pero también puede precipitarlo al vacío y a la muerte, una muerte figurada, pero más cruel que la de Segis, que la de Quino, que la de Alberto.

O que la de Jhon. Porque morir para Diosdado y para Pilar es quedarse sin las dos únicas últimas personas a las que todavía puede llamar amigos.

—Ninguna, jefe. Estoy absolutamente perdido.

Por primera vez en mi vida no soy capaz de encontrar un hilo del que tirar.

Y mira que lo he buscado. Le he dado mil vueltas al caso, te lo prometo, a pesar de lo que podáis pensar, mi cabeza lo ha centrifugado una y otra y otra vez, en un sentido y en el contrario.

—El inspector hace una pausa que sabe que va a sonar dramática—. Pero nada de nada de nada.

—Supongo que eso confirma lo que me ha contado Pilar —responde Diosdado tan de inmediato que parece estar esperando justo esa respuesta—. Que has vuelto a las andadas.

El inspector dirige una mirada larga a su compañera.

No se trata de un reproche, de una acusación, sino todo lo contrario: quiere que ella sepa que él sabe que ha hablado por su bien.

Que la entiende. Además, con esta mirada lenta le está pidiendo disculpas por arrastrarla consigo.

Su carrera está a punto de estrellarse para siempre, y la de ella derrapa muy cerca del precipicio.

Pilar no se atreve o no quiere devolvérsela. Ha enmudecido. Por eso, él responde:

—Lo cierto es que nunca me he ido —y, justo antes de que al comisario le asalte el primer ataque de tos desde que ha cruzado la puerta de la sala de reuniones, esa sala que durante años ha sido testigo mudo de los lazos de compañerismo, amistad y lealtad que los unen a los tres, Iván concluye—: Tengo que drogarme para seguir adelante.

Pensaba que lo tenía controlado, pero ya veis, me equivocaba.

No soy más que otro enganchado de mierda.

Su respuesta es la razón por la que la tos del comisario se queda en un mero conato de sus habituales huracanes. Con todo, esto no significa ni muchísimo menos que el temporal haya amainado. Iván todavía no lo sabe, pero aun en plena canícula sevillana, se avecina un huracán.