23. Madrugada del miércoles al jueves #2
Agarra al primer vigilante que encuentra.
Un joven lampiño y tan espigado que el uniforme le queda ridículamente ancho.
Con una de esas miradas lánguidas y despistadas, agazapadas detrás de unas gafitas redondas de empollón.
Todo en él es puro exotismo en este ambiente festivo.
Iván ni siquiera tiene que mostrarle la placa cuando le pide, con su mejor y más ensayada voz de inspector de policía, que lo lleve ante quien esté al mando.
El pobre chaval, temblando como un cervatillo en el Polo Norte, le explica la situación a su jefe por el walkie-talkie .
Sí, señor, sí, señor, sí, señor... repite como en un conjuro.
Luego, igual de solícito, le dice al inspector que el señor Rubio se encuentra ahora mismo atendiendo un asunto urgente detrás del escenario principal, en la otra punta del recinto, pero que, si es tan amable de acompañarle, él mismo le conducirá hasta allí con sumo gusto a través de una vía de evacuación lateral transversal, gracias a la cual se van a ahorrar no solo una buena cantidad de tiempo, sino, lo más importante, tener que sortear a los miles de personas que en este momento están disfrutando de uno de los momentos álgidos de la noche, la sesión de uno de los DJ de techno más reconocidos, uno de los platos fuertes de la programación del festival.
Si le sobrase tiempo, Iván le daba un abrazo al vigilante.
Efectivamente, no tardan ni cinco minutos en atravesar el auditorio de extremo a extremo.
Para alivio de Iván, en la explanada trasera del escenario principal el volumen disminuye a un nivel aceptable para sus oídos.
Nota con alivio que, por primera vez desde hace una hora, la mandíbula se le destensa.
Suspira por volver a meterse algo. Pero no.
Ahora, no. El asunto urgente que tiene entre manos el jefe con quien ha contactado el joven sherpa por el walkie es una rubia a la que dobla la edad, de caderas firmes y afiladas, embutidas en una falda menos larga que la mayoría de las rayas que Iván se mete.
Ella está borracha. El jefe le está metiendo la lengua en la oreja.
El inspector desliza su placa entre los dos, como quien introduce una radiografía para abrir la puerta de una casa en cuyo interior se ha dejado olvidadas las llaves.
—Señor Rubio. Soy el inspector De Pablos. Necesito hablar con usted —dice—. Se trata de una emergencia.
El jefe de los vigilantes, achaparrado, bíceps hipertrofiados y bigote selvático, da un manotazo a la placa del inspector y suelta un bufido, acompañándolo de unas gotas de saliva que dibujan un arco en el aire antes de alcanzar la cara de la chica —ni se inmuta, su mente flota fuera de este mundo—.
A continuación, empuja con las manos, tan gruesas e hirsutas como su bigote, el pecho del inspector.
Pero Iván, que esperaba una reacción así, no tiene más que girar sobre sus talones y retrasar un poco el hombro izquierdo a toda velocidad para que ese bigote acabe rastrillando el suelo de albero.
—¡Déjate de gilipolleces! —exclama cuando el vigilante consigue levantarse y mientras se sacude los pantalones y la camisa.
En su cara colorada refulge más la vergüenza, la sorpresa y la rabia que el dolor de la caída.
Sus ojos se desplazan del inspector a la placa, de esta a la chica borracha (que, con el susto, ya no lo parece tanto), de ella al joven de las gafas a lo John Lennon (¿está sonriendo?) y, de vuelta, a la placa y al inspector—. ¡Te he dicho que es urgente, espabila!
Con la mano temblorosa, el señor Rubio estrecha la de Iván. Lamenta el desafortunado incidente. Le pide que, por favor, entienda que le ha cogido desprevenido, pero que, por supuesto, y como no puede ser de otro modo, está a su entera disposición.
—¿Qué puedo hacer por usted? —concluye.
—Quiero que subas ahí arriba, le pidas al DJ que pare la música y que use su micrófono para localizar a Rafa de Pablos y a Jhonatan Domínguez. Es una orden.
Si la situación fuera otra, puede que Iván comprendiese la cara que se le acaba de quedar al jefe de seguridad del festival LaRoux.
Puede que advirtiese que el señor Rubio será un gilipollas, pero lleva muchos años en este oficio como para saber qué hacer en circunstancias similares.
Puede que, si el inspector no estuviera tan alterado, podría leer en el fondo de sus ojos que el cerebro del jefe de seguridad está trabajando a pleno motor para despejar la X, la Y, la Z de una ecuación muy fácil hasta para él.
¿Qué debo hacer? ¿Qué consecuencias me va a acarrear hacer o no hacer lo que me está pidiendo el madero?
¿Por qué son tan importantes esos dos? Y quizás a Iván no le sorprendiese tanto lo que este le va a contestar:
—Verás, inspector... De Pablos me has dicho que te llamas, ¿cierto? Sí, eso es, Iván de Pablos... Verás, Iván, no puedo hacer eso que me pides.
—¡No te lo estoy pidiendo! —responde Iván fuera de sí—. ¡Es una orden!
Pausa. Música a volumen máximo. Subidón. Luces estroboscópicas. La fiesta en su apogeo máximo.
—Entonces me temo, inspector —aquí vienen las tres incógnitas despejadas, acompañadas de una sonrisa de satisfacción que abarca toda la cara del señor Rubio—, que esa orden me la vas a tener que traer por escrito y firmada por un juez.
Porque, si me das un minuto, te puedo mostrar todos los papeles y todas las firmas que han autorizado este festival: contratos, permisos, tasas, licencias, seguros, etcétera, etcétera, etcétera.
Y, después de que tú mismo hayas comprobado que todo está en regla, ¿estás seguro de que vas a seguir pretendiendo que yo suba ahí arriba, pare el espectáculo y enfurezca a las más de cinco mil personas que han pagado su entrada para que tú, Iván de Pablos, puedas localizar a tu hijo y a su amigo, ese tal Jhonny?
Porque eso son los dos chavales, ¿no? El hijo del inspector y su amiguito...
Pero Iván ya no escucha. Aunque la letra de la canción es así, tal y como el jefe de seguridad la está cantando, la música suena distorsionada en sus oídos, arrítmica y sucia.
Su hijo corre peligro, él es el responsable y él tiene que solucionarlo.
Por eso ya no escucha al señor Rubio. Por eso se abre paso hasta el escenario a empujones, codazos y patadas como un loco, dejando varios heridos en el camino —entre otros, el jefe de seguridad, a quien propina un puñetazo que convierte su boca en un caño de sangre, o Jhon Lennon, sus gafas redondas rodando por el suelo, o la rubia borracha que del susto ha empezado a vomitar—.
Por eso sube las escaleras metálicas ante la mirada atónita del numeroso personal técnico.
Por eso atraviesa como una exhalación el escenario hasta plantarse frente al DJ que, enfrascado en sus controles, en sus decks y en sus pitchs, tarda unos segundos en darse cuenta de que hay un tipo que lo mira con la cara desencajada y un arma en la mano, pero no de que con la otra le muestra una placa de policía.
Por eso, cuando el DJ se tira al suelo para ponerse a cubierto detrás de la mesa de mezclas, y los cables de sus auriculares se enredan con otros cables de otros dispositivos electrónicos, Iván se abalanza sobre la mesa con los brazos abiertos, temiendo que esta pierda su estabilidad.
Por eso, es el inspector quien termina con los pies entre el manojo de cables y quien, finalmente, tira todo el equipo sobre la cabeza del DJ .
La música deja de sonar. Las luces que, hasta hace unos instantes, derramaban filigranas y arcoíris sobre el escenario, se apagan al tiempo que las de emergencia del recinto, blancas, frías, tristes, se encienden.
Las imágenes proyectadas se congelan en las pantallas gigantes.
Durante una milésima de segundo, los más de cinco mil espectadores se quedan también de hielo en la mitad de sus bailes, de sus conversaciones, de las caladas a sus cigarrillos, de los tragos a sus bebidas, de sus aplausos y de sus besos.
Muchos, porque creen que esto forma parte del show .
Otros, los menos, porque durante un momento fugaz han vislumbrado el brillo metálico de la pistola en la mano del inspector.
Tan solo diez segundos después de que estalle el caos, un cuchillo secciona la yugular de Jhonatan Domínguez Roldán. Un minuto y medio más tarde, un último chorro de sangre sale a borbotones por su boca, como una solitaria erupción de lava caliente, espesa y roja.