Manual para construir un infierno 23. Madrugada del miércoles al jueves
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23. Madrugada del miércoles al jueves

Madrugada del miércoles al jueves

La charla con Pilar le ha puesto de buen humor.

Se encuentra tan bien que podría cenar algo rico y tirarse en el sofá para esperar a Rafa despierto y arreglar las cosas con él.

Mientras llega, ver una serie o una película, la que sea, pero algo ligero, eso seguro.

Los pequeños acontecimientos le confirman que está en racha: el mando del aire acondicionado vuelve a funcionar como por arte de magia y así, sin más, el apartamento se convierte en un oasis de frescor, en un anuncio de suavizante para la ropa o de champú anticaspa.

La precariedad y la caducidad, marcas de la casa, han sido sustituidas dentro de su frigorífico por todo un festival de víveres dignos de una familia bien y numerosa.

Fruta, verduras, queso, chacinas, yogures...

hasta le espera una botella de vino blanco cubierta de brillantes gotas de placer helado.

Un festín que le lleva a pensar en voz alta: «Rafa, cuánto te quiero».

Hasta aquí el golpe de suerte. Una cena copiosa y tres copas de vino después, aparecen las ganas de postre. Solo un par de rayas, se dice, o mejor solo una, no creo que Rafa se demore mucho en llegar, y con él aquí no voy a volver a meter la pata. Pero vaya si lo hace.

Recuerda el wasap de Jhon. Yama cnd puedas . Antes de hablar con Pilar decidió que podía esperar a mañana, pero la química le ha metido la prisa en la sangre. Pasan de las doce y media. Si el niñato se molesta, que se vaya al carajo. El único culpable de haberse metido en el ojo del huracán es él.

Jhon no contesta sino al cabo de un cuarto de hora.

El tiempo que Iván ha empleado en rematar la botella de blanco, preparar un vodka cortito con tónica y otra raya.

Pequeña, lo justo para que no me quiten el sueño, de verdad que es la última.

El niñato le envía un audio de wasap. En medio de una maraña distorsionada de bajos profundos y ritmos sincopados, la voz de Jhon, apenas inteligible, va y viene: ¡Hola, Iván!

¡A que no sabes con quién estoy! Y a mí qué me importa, responde el inspector en voz alta.

Un minuto después, al audio le sigue una fotografía.

Pero ¡qué coño! En la imagen, una multitud de chicos y chicas se apelotonan entre humo y láseres de colores.

Risas sin sonido, tensas y eufóricas. En primer plano, en el centro de la imagen, Rafa, posando con dos chicos en plan colegas de toda la vida.

El de la derecha debe de serlo, porque le suena de haberlo visto antes.

Uno de los tantos que se dejan caer por su casa con frecuencia.

El de la izquierda es Jhonatan. Un brazo flácido rodea el cuello de Rafa.

En la otra mano un cigarrillo del que solo queda el último destello naranja de la colilla.

Rafa muestra al frente, en un enfático brindis con la cámara, un enorme vaso de plástico con el logo de una conocida marca sueca de vodka. La favorita de Iván.

Rafa. Jhon. Amigos. Festival. Vodka. El cerebro de Iván compone a la velocidad del rayo miles de frases que tratan de dar sentido a estos cuatro elementos de improbable conexión, pero él las borra de inmediato y casi de manera automática, se resiste a dotarlas de realidad, niega el menor atisbo de existencia.

Porque no puede ser. Cualquiera de las combinaciones y formulaciones posibles que tratan de tomar forma en su mente en contra de su voluntad son, simplemente, imposibles.

De ningún modo. No. Su hijo Rafa —aunque no lo parezca aún es menor de edad— y Jhon —el principal sospechoso del caso que tiene entre manos y con el que se ha metido en la cama hace solo unos días— no pueden ser amigos y no pueden estar juntos en un festival de música electrónica —el escenario idóneo para el alcohol y las drogas de diseño—. No y no.

Marca alternativamente los números de Jhon y de su hijo varias veces.

Apagados o fuera de cobertura. Comienza a contestar el wasap de Jhon.

Escribe c a b r. Lo borra. Si Rafa corre peligro, la fotografía dice lo contrario.

Si Jhon está tramando algo, llamarle cabrón no parece lo más sensato.

Se obliga a contar hasta diez, hasta veinte, hasta treinta...

mientras se viste para tirarse a las calles.

Pilla una moto de alquiler y, en menos de veinte minutos, aparca en la puerta del auditorio Rocío Jurado, donde se está celebrando el festival LaRoux.

El pretencioso mamotreto, todo mármol y metal, construido para la Expo del 92 en el mismo corazón de la Isla de la Cartuja, treinta años después a duras penas sobrevive gracias a un escaso número de conciertos y algún que otro evento variopinto, como un concurso de bandas procesionales o un mercadillo de ropa de segunda mano ( vintage para los modernos).

El volumen de la música, machacona, repetitiva, tribal, es demoledor.

No hay vecinos en los alrededores. Potentes relámpagos de flúor disparados al techo descubierto del recinto en mil y una direcciones alumbran la noche con la irresistible promesa de un paraíso artificial, hedonista y sin fin.

La cola para entrar es kilométrica. Cientos de jóvenes vestidos para la ocasión, maquillados para la ocasión y drogados para la ocasión aguardan su turno entre conversaciones chilladas a los oídos de otros miembros de sus tribus.

Vuelven sus caras al paso de Iván con una mezcla de incredulidad y de ira.

Uno de ellos va más allá y amaga con placarle, eh, tú, quién te crees que eres, le pregunta.

El inspector lo para en seco, clava sus ojos en el porro que está fumando y le responde que es poli y que más le vale no tocarle los cojones, a no ser que quiera que lo enchirone, porque ese canuto no es lo único ilegal que traes, ¿verdad, gilipollas?

A continuación, esgrime su placa ante los cuatro gorilas que custodian el acceso.

Cachean sin mucho afán a los asistentes al festival, registran sus bolsos y sus mochilas.

El inspector no recuerda en qué artículo de qué reglamento se establecen las circunstancias especiales que autorizan a un vigilante de seguridad a registrar un bolso, pero sí que un concierto no es en absoluto una actividad especial en un auditorio. Claro que eso nadie lo sabe allí.

Más de cinco mil personas. ¿Y ahora, qué?

¿Cómo va a encontrar a Rafa? ¿Por dónde empezar a buscar?

A lo mejor con un poco de suerte... pero, qué cojones, si suerte es, precisamente, lo que menos está teniendo en las últimas semanas.

Tampoco ayuda que, a pesar de los grandes cañones de luz, la oscuridad aquí es mucho mayor de lo que ha imaginado fuera. Piensa, joder, piensa...

Piensa que necesita ir al baño. No solo a mear.

Hay una hilera de váteres químicos cerca.

Más gente y más colas, otra vez la placa al aire.

Aquí tampoco se atreve nadie a increparle.

Cómo lo van a hacer, si la mayoría sale en pareja o en grupo, las caras desencajadas por lo que sea que se hayan metido o por el miedo al poli.

Al menos, dentro del que él ocupa, el sonido exterior llega atenuado, como acolchado.

Dos rayas apuradas sobre la tapa del váter.

Se toma unos segundos para redactar un wasap antes de salir: Estoy aquí.

Quiero ver a mi hijo. ¿Te ha dicho que es menor de edad?

Lo relee varias veces para asegurarse de que es autoritario sin llegar a sonar agresivo ni amenazador, aunque luego piensa que total, uno lee los wasaps con el tono que quiere leerlos.

Se lo envía a Jhon. Quiere lavarse las manos, pero han cerrado las llaves de paso de todos los lavabos.

Los organizadores del festival saben que las drogas llenan la boca de tierra y deben de estar cobrando las botellas de agua de marca blanca como si hubieran ido a llenarlas a un glaciar del Everest. Llega la respuesta de Jhon: tu ijo tiene más calle k tú y yo juntos.

Y dicen que s tn bueno n la cama como su padre. El padre s muy bueno...

No puede estar pasándole esto. No, joder.

No, por favor. Durante unos segundos eternos el pecho le va a estallar.

Como un fogonazo, en su mente se dibuja la imagen de Jhon acariciando, besando...

¡follando con su hijo Rafa! Esto, junto a las rayas de coca que se acaba de meter y la música percutiendo en sus tímpanos, aceleran su corazón hasta hacerle sentir mareado.

Se toma un tiempo para recuperarse. Si ahora mismo lo tuviera delante, mataba al miserable de Jhon.

Pero tiene que ser más listo que él. Y más rápido también. Piensa, piensa, piensa...